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Napoleón, el dictador imperial -- Pedro Pierre

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Este 5 de mayo se conmemora en Francia los 200 años de la muerte de Napoleón, personaje universalmente conocido tanto por detener la revolución francesa como por encarrilar a Europa hacia la modernidad capitalista, después de mucha destrucción. Fue en 1799 cuando dio un golpe de estado. La revolución tenía 10 años con su lema ‘Libertad, igualdad y fraternidad’ y la puesta en marcha de administraciones legales correspondientes. En esa época Napoleón era el comandante en jefe del ejército. Se hizo nombrar jefe de Estado por un consejo de unas 500 personalidades.

Luis Napoleón Bonaparte había nacido hace 30 en la isla francesa del Mediterráneo llamada Córcega. En 1804 se autonombró ‘Emperador de Europa’ y emprendió sus guerras de conquista en Europa Central llegando a tomar Moscú, invadir Italia e España poniendo allí cono reyes a miembros de su familia. Estas guerras constantes durante 10 años enfrentaban una coalición de ejércitos liderados por Inglaterra que buscaba controlar el comercio mundial. En ellas murieron millones de combatientes.

Con relación a las colonias francesas de las Américas, volvió a restablecer la esclavitud. Para quitar comercio a los ingleses, vendió al tercer presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson, unos 2 millones de km2 en el centro del país, lo que representa casi la cuarta parte del territorio actual.

En 1814 perdió varias batallas y terminó preso de los ingleses que los encerraron en la cárcel de una isla del Mediterráneo. Logró escapar de dicha isla, regresar Francia y destituir al rey Luis 18 que le había sucedido. Se mantuvo en el poder durante unos 100 días. Pero nuevamente cayó preso de los ingleses que lo llevaron a la isla del Atlántico de Santa Elena, distante de casi 2,000 km de las costas de África central.

Allí murió, tal vez envenenado, unos 6 años más tarde cuando tenía 52 años. En 1840 el rey Luis Felipe logró que su cuerpo fuera trasladado a Francia y enterrado en París.
Napoleón es famoso por grandes monumentos de la capital francesa, en particular el ‘Arco de Triunfo’ que no logró terminar. Se reconoce su gran capacidad de administrador por la redacción del ‘código legal’ que lleva su nombre. Se inspiró de las propuestas de la Revolución francesa para organizar los países que conquistó. Se abolió el sistema feudal de los propietarios con esclavos; se estableció la libertad de culto (salvo en España). Cada Estado tenía su Constitución que otorgaba el sufragio universal masculino, una declaración de derechos y la creación de un parlamento.

Se abría un instituto destinado a la ciencia y al arte. Globalmente los logros fueron reales por insertar los ideales de ‘libertad, igualdad y fraternidad’; pero la creación de gobiernos constitucionales siguió siendo solo una promesa. En Francia se instauró al nivel nacional un sistema provincial para la administración y la justicia; las escuelas quedaron dependientes de un ministerio de educación y se amplió el sistema educativo libre de manera que cualquier ciudadano pudiera acceder a la enseñanza secundaria.

Con el paso de los años, la llegada de Napoleón detuvo el proceso revolucionario y permitió al capitalismo naciente fortalecerse, a pesar 2 intentos revolucionarios de los siglos 18 y 19. La organización administrativa de Francia conserva la marca napoleónica a partir de las orientaciones nacidas de la revolución, pero la realidad contra revolucionaria de la derecha empresarial capitalista se fue imponiendo cada vez más. La gente sencilla recuerda los millones de muertes de entre sus filas, porque la esclavitud y la pobreza empujaban a mucha gente a integrarse en los ejércitos napoleónicos. El presidente norteamericano Thomas Jefferson se mostró particularmente duro con Napoleón: “[Un] miserable que (…) provocó más dolor y sufrimiento en el mundo que cualquier otro ser que hubiera vivido anteriormente.

Después de destruir las libertades de su patria, ha agotado todos sus recursos, físicos y morales, para regodearse en su maniática ambición, su espíritu tiránico y arrollador (…) El Atila de nuestro tiempo (…) ha causado la muerte de cinco o diez millones de seres humanos, la devastación de otros países, la despoblación del mío, el agotamiento de todos sus recursos, la destrucción de sus libertades (…) Ha hecho todo esto para hacer más ilustres las atrocidades perpetradas, para engalanarse a sí mismo y a su familia con diademas y cetros robados…”

Por todos estos motivos las opiniones sobre Napoleón son encontradas según la realidad de donde uno mira la época napoleónica. La revolución francesa y las demás revoluciones, la de Cuba en particular, quedan como un horizonte a conquistar en muchos países latinoamericanos y un sueño todavía lejos para Ecuador. El lema ‘Libertad, igualdad y fraternidad’ sigue siendo un proyecto a implantar desde nuevas luchas y cosmovisiones.

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