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Mujeres -- Gabriel Mª Otalora

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Este miércoles se recuerda -porque para celebrar, todavía queda un gran trecho-  el Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres. Es una realidad tan recurrente, que hasta una de las perspectivas del feminismo sostiene que la violencia es masculina. En esto no estoy de acuerdo, porque lo tajante de la afirmación deja fuera muchas consideraciones que me parecen trascendentes hasta el punto de que semejante rotundidad supondría una nueva desigualdad de género: la conclusión inapelable de que las mujeres son pacíficas y los hombres, no.

Otra cosa diferente es el convencimiento de que hay que feminizar el mundo, porque ayudaría significativamente a moderar la violencia en todas sus prácticas y manifestaciones. Estoy de acuerdo con la propuesta de empoderar a la mujer porque el mundo está escorado excesivamente hacia lo masculino, y para mal, como revelan las estadísticas mundiales respecto a las múltiples posiciones desiguales de poder que ocupan mujeres y hombres. De esta evidencia se deriva una violencia cultural y estructural evidente de género, que llega más lejos que la del maltrato físico.

Feminizar el mundo supondría acercarnos a la igualdad de derechos humanos y enriquecernos con las diferencias complementarias entre ser mujer y varón, como nos enriquecen las diferencias entre personas por el hecho de que cada una somos un ser diferente, por lo que tienen de complementarias y destinadas al apoyo y el crecimiento recíproco.

Aunque a lo mejor eso de “feminizar el mundo” esté mal dicho, y lo que hay que decir es que los valores considerados como específicamente femeninos, en realidad son carencias o amputaciones afectivas culturales en los varones: valores que giran en torno al amor como donación y a todo aquello que lo hace posible; al encanto de los detalles cotidianos, a la sensibilidad ante los matices de la vida, la generosidad silenciosa, la actitud de la delicadeza y la empatía, cosas propias de una inteligencia emocional desarrollada y de la sensibilidad de un espíritu cultivado. Son actitudes profundamente humanas que lejos de cualquier atisbo de enfrentamiento entre lo masculino y lo femenino, están llamados a complementarse dinámica y creativamente como así lo quiere Dios. Por lo mismo, cualquier varón por serlo, no es un ser simplemente preocupado por el poder, la violencia y la competencia. Ejemplos no faltan, afortunadamente.

La mujer ha sufrido y sufre una clara discriminación, modulada de maneras y con intensidades distintas en las diversas esferas de la vida, incluida la religiosa, que pide a gritos ser subsanada hasta sus últimas consecuencias. Pero en medio las turbulencias adversas, han existido siempre mujeres que han logrado un sereno y lúcido equilibrio con resultados deslumbrantes. Algunas en su día a día, otras siendo muy conscientes de su papel como persona que sin renunciar a ser mujer, creían que era imprescindible ejercitar sus derechos para humanizar el mundo en que se movieron. Y que esa elevación ejemplar, la podrían ejercerla solo en todos sus derechos sin dejación de su feminidad frente al sistema patriarcal que acepta a la mujer limitadamente.

Los varones no les hemos permitido la creación de relaciones libres y recíprocas, sin sumisión ni posiciones legales y socioculturales de poder. Esta realidad es la que ha ayudado a palidecer la responsabilidad de los abusos cometidos contra las mujeres, convertidos en una forma de violencia estructural. Y de ahí, lo fácil que ha resultado no tener en cuenta y muchos menos preservar las aportaciones intelectuales de las mujeres. Es el día para reconocerles a todas. Y en su nombre, cito a dos que fueron luz en un tiempo muy difícil para ellas cuando la historia casi ha borrado el recuerdo de al menos dos de ellas.
Me refiero a Teresa de Jesús, mística y doctora de la Iglesia que tuvo el valor de dirigir la reforma carmelitana, refundando y fundando conventos frente al poder de la Inquisición, consciente ella del problema injusto que le suponía ser mujer. Las monjas continúan ahora siendo marginales en la Iglesia. Ana María van Shurman, considerada una de las personas más cultas del siglo XVII, apenas se le recuerda en una historia escrita por hombres: dominaba varios idiomas y las principales ciencias técnicas (aritmética, álgebra, astronomía…) además de ser una gran teóloga laica.

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