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Monseñor Romero y la Iglesia de los pobres o de Jesús -- Comité Oscar Romero de Cádiz- Pedro Castilla Madriñán

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RomeroMartirDeLaJusticiaHace unos años tuvimos que acudir al El Salvador como padrinos de boda entre un joven cooperante español, al que el Comité le había facilitado su altruista aspiración, y una periodista salvadoreña. Ambos deseaban casarse en la capilla del “Hospitalito”, donde asesinaron a Romero, pero debería autorizarlo la jerarquía salvadoreña.
El obispo Modesto López Portillo nos recibió, en mayo de 1999, en un despacho de la catedral de San Salvador. Serio y desconfiado, nos acosaba a preguntas a mi esposa y a un servidor. Pensando que la pertenencia al comité Oscar Romero pudiera representar un aval, comenzamos comunicándoselo, craso error, ya que por la expresión de su gesto (la cara no es el espejo del alma, sino el alma) y la acritud de sus preguntas demostró todo lo contrario. Priorizando el “objetivo” de la reunión, tragamos saliva, ocultamos nuestras convicciones evangélicas y aguantamos el tipo ante aquella inquisición. Tras el turno de la joven pareja, la periodista nos abrazó llorando de rabia. Nos habían pisoteado la dignidad humana y nuestra pureza cristiana.

A los dos días, la prelatura otorgó el permiso bajo ciertas condiciones. Poco más tarde, nos enteramos que Portillo era uno de los muchos enemigos que Romero tenía entre sus hermanos. Hasta el propio Juan Pablo II lo humilló tres meses antes de su asesinato negándole la audiencia, en un principio, y despreciando los documentos que demostraban la persecución y asesinato de sacerdotes salvadoreños. El Papa, desdeñando su trabajo y petición, se limitó a decirle: “Usted, señor arzobispo, debe esforzarse para lograr una mejor relación con el gobierno de su país”.

Aquel episodio con Portillo, significaría nuestro primer desencuentro con determinadas jerarquías eclesiásticas, muy desocupadas de los sufrimientos del pueblo y bastante cercanas a los intereses de poder. En connivencia, además, con un sistema que favorece las injusticias, escandalosas desigualdades y las guerras como método de apropiación de los recursos ajenos. Ósea, un sistema descaradamente antievangélico. No llega a entenderse, por ejemplo, como la jerarquía eclesiástica venezolana se alinea desvergonzadamente con una violenta, cruel y antidemocrática oposición, apoyada por la ambiciosa oligarquía venezolana e intereses de los Estados Unidos, cuando es palpable los grandes logros sociales en alimentación, salud, educación y vivienda logrados por el actual gobierno venezolano. Nunca ha existido una alternativa gubernamental en Venezuela tan cercana al Evangelio como la de Hugo Chávez y, sin embargo, esta opción se ha convertido en una maníaca persecución por parte de la curia venezolana.

Lástima la forma en como la jerarquía salvadoreña ha organizado la celebración. Muy alejada del estilo de Oscar Romero La oligarquía del país hizo negocio con su imagen e intentó distorsionar su mensaje, pero gracias a la incidencia de la gente, y organizaciones de base, se ha conseguido neutralizar el perverso “movimiento” de descafeinar la figura y mensaje de Romero por parte de ese poderoso colectivo. El colmo del cinismo fue el invitar al hijo del asesino de Oscar Romero, quien tuvo un lugar privilegiado en la celebración junto al cuerpo diplomático y personalidades relevantes. Pero la gente, al verlo entrar, expresó masivamente su descontento.

La denuncia recordaba el grito unánime de la abarrotada plaza, en aquel el 25 aniversario de Romero: “Queremos obispos cercanos a los pobres”. También las organizaciones de Derechos Humanos salvadoreñas, han conseguido que 12 mujeres y hombres que tienen hijos/as desaparecidos durante el conflicto tuvieran un lugar especial en el templete, a todas estas personas Monseñor Romero les ayudó a buscar sus familiares, les acompañó y les consoló, A estas victimas la organización eclesial del evento no les había incluido en la lista de personalidades, pero al final las organizaciones populares lograron que se incorporaran. A pesar del intento por ofrecer un nuevo Monseñor Romero, se encontraba presente el espíritu del verdadero Romero, y todo gracias a su pueblo:…”Resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

La actitud de Rouco Varela, presionando para que no acuda ningún prelado a la beatificación de Oscar Romero, denota claramente la postura de esa Iglesia antievangélica, cercana al poder y alejada del pueblo oprimido. Tampoco llega a entenderse como en esta España, campeona en desigualdad, inhumana en desahucios, con dramáticos índices de pobreza y desnutrición infantil, crecientes personas sin techo, que deambulan olvidados por nuestras calles, mal acogedora de inmigrantes, sólo de los miles de cadáveres que nos llegan anualmente, alarmante índice de desempleo y precariedad laboral, que roza la esclavitud, preocupantes recortes en sanidad, educación y derechos sociales y tantas atrocidades más, la jerarquía eclesiástica no haya alzado su disonante voz ante tanta barbarie humana y si la acentúen para no alinearse, precisamente, con un “hermano” que si la empleó, en coherencia con el Proyecto y martirio de Jesús, para denunciar esas causas de inhumanidad e injusticias.

Al Comité Oscar Romero de Cádiz, no es que le importe mucho esta beatificación, ya que el pueblo mundial lo reconoció, hace tiempo, como San Romero de América, pero si quiere reconocer el esfuerzo del papa Francisco por enaltecerlo y, con él, a toda la crucial teología y espiritualidad de la liberación, que si es muy importante exaltarla en aras a recuperar esa visión evangélica de Jesús, que tanto hace falta en el mundo actual.

Hasta hace poco, hablar de Oscar Romero, Helder Cámara, Leónidas Proaño, Gustavo Gutiérrez, Sergio Méndez, Samuel Ruiz, Leonardo Boff, Pedro Casaldáliga, Ellaquría y tantos otros teólogos y sacerdotes más, suponía un ejercicio de herejía. Y, sin embargo, entre ellos se encuentran los verdaderos padres de la Iglesia latinoamericana, que tanto aire fresco y evangelizador le está proporcionando al resto de la Iglesia mundial. Pero una parte de esa Iglesia, que a nadie llega, se resiste a reconocer sus miserias evangélicas y, utilizando las armas de su poder, atacan hasta el propio Papa Francisco, símbolo de esperanza, autenticidad evangélica y de amor.
Ya decía Romero de América: “Una iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando los privilegios y el apoyo de la burguesía no es la verdadera Iglesia de Jesucristo”.

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