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MISIONEROS Y COOPERANTES: DOS FORMAS DE DAR LA VIDA POR LOS DEMÁS. Cristina Ruiz

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Alandar

No es mayoritaria, pero sí frecuente, la voluntad de entregar una parte nuestro tiempo vida a los demás. Cambiar las estructuras injustas, ponerse del lado de quienes más sufren, ir a trabajar por unos meses, años o durante toda la vida a alguno de esos países olvidados de los telediarios, a convivir con los más pobres del planeta. Son muchas las personas que toman esta decisión. Concretamente, sumando datos de unas fuentes y otras, hay unos 15.500 españoles y españolas que desempeñan distintas tareas distribuidos por África, América y Asia. En esta cifra incluyo tanto a los y las cooperantes profesionales como a los misioneros y misioneras.

Pero esta fusión de ambos, deliberada por mi parte, no es tan obvia en algunos círculos de trabajo de las organizaciones no gubernamentales. Hay diferencias entre ambos colectivos pero también muchas similitudes en este campo que, por autocensura o por miedo, no suele debatirse en los foros públicos. ¿Es lo mismo un misionero que un cooperante?

Definiciones y cifras

La figura del cooperante profesional, vinculado a una organización humanitaria, a una agencia o a una ONGD, es relativamente reciente. Hasta hace décadas, la única manera de canalizar esa voluntad trabajar por los más necesitados, era irse “de misiones”, tanto para los seglares como –con mucha más frecuencia– para los religiosos. Sin embargo, con la secularización de la sociedad y el crecimiento de las ONG de cooperación al desarrollo y acción humanitaria, ya no es necesario estar vinculado a una confesión religiosa para irse a trabajar a un proyecto en otro continente.

La Asociación Profesional de Cooperantes (APC) presentó en junio de 2005 un informe en el cual se censaba a los ciudadanos españoles que se encuentran trabajando en el exterior como cooperantes. El documento señalaba, a los efectos de dicho censo, que “se entiende por cooperante profesional a toda persona de nacionalidad española que trabaja en tareas de cooperación al desarrollo o ayuda humanitaria en Países Receptores de Ayuda”. Además, especificaban que no consideraban en el censo a “aquellos que trabajan en cooperación comercial o cultural, ni a los religiosos misioneros u otros expatriados que realizan funciones parcial o completamente diferentes de las de cooperación al desarrollo o de ayuda humanitaria”.

Una vez hecha esta diferenciación la APC daba en su informe la cifra total de 1.400 cooperantes presentes en los cinco continentes, la mayor parte de ellos en América Latina –el 58%, según datos de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo–, seguida del África Subsahariana (20%) y Extremo Oriente (11%).

Por su parte, las Obras Misionales Pontificias de España (OMP) actualizan periódicamente su estadística de misioneras y misioneros españoles que se encuentran repartidos por el mundo. El censo de las OMP señala que alrededor de 14.100 personas vinculadas a congregaciones religiosas o a obras diocesanas se encuentran trabajando en otros continentes. Excluyo aquí los datos de los misioneros que trabajan en Europa y EE.UU., por ceñirme de manera más estricta a las personas que se encuentran desempeñando distintas labores en los países empobrecidos del Sur.

De estos misioneros y misioneras, 10.872 desarrollan su labor en América, 2.292 en África y 899 en Asia. Estas cifras incluyen tanto a religiosas y religiosos como a sacerdotes y seglares.

Diferentes pero iguales

Misioneros y cooperantes reciben, en algunas ocasiones el mismo reconocimiento y consideración. Por ejemplo, se ha reclamado para ambos colectivos el derecho a figurar en la lista de beneficiarios del régimen de indemnizaciones en igualdad de condiciones con respecto a diplomáticos, militares, policías o periodistas en caso de fallecimiento en el exterior. Sin embargo, el Estatuto del Cooperante, aprobado en marzo del año pasado, señala que “a los cooperantes unidos a Iglesias, Confesiones y Comunidades religiosas les será de aplicación su propio derecho interno”, pero tampoco dice explícitamente que se encuentren excluidos de dicho Estatuto.

La ambigüedad viene dada por el doble desempeño que realizan los misioneros y misioneras: por un lado de cooperación al desarrollo y asistencia a los más necesitados y, por otro lado, de evangelización. Este hecho provoca críticas exacerbadas en algunos sectores onenegeros, que llegan a pedir la exclusión de las organizaciones religiosas de las subvenciones públicas o de los homenajes que se prestan a los y las cooperantes asesinados en el ejercicio su labor humanitaria. Críticas que denotan una gran desinformación y también un enorme recelo –e incluso rencor– ante la labor de la Iglesia católica.

Sin embargo, cualquiera que haya visitado alguna de las numerosísimas obras misioneras que existen, ha podido ver con sus propios ojos que el objetivo evangelizador ha quedado relegado a un segundo, tercer o cuarto plano, muy por debajo de la opción preferencial por los pobres y del trabajo en cooperación al desarrollo.

Dar la vida

Las personas que desarrollan su vocación misionera hoy en día son muy distintas de aquellos misioneros que fueron a las indias hace quinientos años… radicalmente distintas. Ya no prima –o ni siquiera existe– el afán de convertir indígenas ni de bautizar masivamente, sino la lucha contra la injusticia, compartida codo a codo con los más pobres, sin importar su condición religiosa. En muchas ocasiones tampoco pesan las indicaciones de moral sexual vaticana o los discursos, sino las necesidades de las personas, en el marco de su cultura y su realidad. África está demasiado lejos del Vaticano como para que las encíclicas tengan una influencia real.

Labores educativas, sanitarias e incluso de construcción de viviendas e infraestructuras. Hogares para niños de la calle, para mujeres prostituidas, para estudiantes que bajan del campo a la ciudad. Comunidades religiosas en lugares recónditos del planeta, donde a veces nadie quiere ir. Estancias prolongadas que, en muchas ocasiones duran toda una vida.

Los misioneros y misioneras, al igual que los cooperantes profesionales, dan su vida y su tiempo por los más pobres, e incluso arriesgan su vida permaneciendo en situaciones de conflicto bélico o en campos de refugiados, porque es donde son más necesarios.

Tanto un colectivo como otro son dignos de homenaje y admiración. O, en cualquier caso, las personas que desarrollan una actividad misionera no deberían de ser objeto de menoscabo o desprecio por parte corrientes secularizadoras o aconfesionalistas. Los misioneros son muchos más que los cooperantes profesionales en número y están más extendidos por el mundo.

Como en todas partes, hay de todo. Entre los cooperantes y misioneros habrá tantos casos como personas, tantas motivaciones y talantes distintos, tantos aciertos y tantos errores. El hecho es que actualmente hay 15.500 españoles trabajando en los países empobrecidos del Sur y eso es lo que importa. Muchas personas comprometidas en esta tarea, sin duda muestran que en nuestro país hay una gran voluntad de trabajo, de luchar contra la injusticia y de construir un mundo mejor.

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