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Mis razones para publicar el libro: “Al final del camino. Andrés, un jesuita fuera de ley” -- Benjamín Forcano

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Benjamín Forcano1Hace apenas unos meses que conozco a Andrés. Ni de lejos pensé, cuando lo conocí, que iba a editar un libro sobre él y menos que fuera para mí motivo de estímulo y encendido elogio. Y lo afirmo ahora, después de haberlo pausadamente leído y analizado en sus punto esenciales.
Quien lo lea, verá que el Autor no es amigo de ir ilustrando lo que dice con citas de renombrados autores, quizás por aquello mismo que dice Cervantes de su Don Quijote : “Naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que me digan lo que yo me sé sin ellos” (Don Quijote de la Mancha, Ed.Nauta, 1989, p. 41).

Cada libro tiene su momento, nace en un particular contexto y es trasmisor de la vida y pensamiento del autor que lo crea. En este sentido, el libro de Andrés me sabe a confesión individual y colectiva, donde se airean vicisitudes, propósitos y secretos que no suelen salir a plaza pública.
Y en ese salir a plaza pública, seguro que unos lo aplaudirán y otros lo reprobarán. Personalmente pienso que temas tan humanos como los que él trata interesan a muchos y son decisivos para la esclavitud o la libertad, la desdicha o la felicidad y deben ser aireados porque al menos pueden inducir a una convivencia más humilde, tolerante y dialogal. Pues no deja de ser verdad que, como Andrés repite citando palabras de Ortega y Gasset: “Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros límites, nuestra prisión”.

Me complace lógicamente exponer algunas de las razones por las que considero el libro oportuno y muy necesario.
La primera, porque no es costumbre en una Iglesia clerical patrocinar estas publicaciones que divulgan íntimas contradicciones entre lo que debería ser la Iglesia y lo que es de hecho, entre un sacerdocio profético al estilo de Jesús y un sacerdocio burocratizado, meramente funcional. Además de perniciosas, la autoridad considera estas publicaciones del todo desaconsejables.

La segunda, porque son ya demasiados siglos en los que la Iglesia clerical se ha constituido como categoría de poder, superior y al margen del conjunto de los fieles, manteniéndose así hasta el Vaticano II. Dice por ejemplo Pio IX: “La Iglesia es, por la fuerza misma de su naturaleza, una sociedad desigual. Comprende una doble categoría de personas: los pastores y el rebaño, los que están colocados en los distintos grados de la jerarquía y la multitud de los fieles. Y estas categorías, hasta tal punto son distintas, que sólo en la jerarquía residen el derecho y la autoridad necesarias para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fín de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores” ( Encíclica Vehementer).

El Vaticano II corrigió en parte este planteamiento, pero el posconcilio lo desatendió completamente.
La tercera, porque son pocos los que, con su testimonio han cuestionado esta sociedad desigual y pocos los que han levantado su voz y su pluma sumándose a las tarea de crear una nueva conciencia y una nueva praxis. Y los que lo han hecho ha sido a costa de arrostrar un camino martirial. Caso de nuestro autor.
Y cuarta, porque la fidelidad al Evangelio, a la historia, a la modernidad y al Vaticano II, exige una postura coherente de reforma, a pesar de la incomprensión y de la represión. Y a esta reforma contribuyen libros como éste, devolviendo credibilidad a la Iglesia. Tenemos ahora la oportunidad de mostrar que la menospreciada y descartada renovación, no era arbitrariedad ni indisciplina sino fidelidad y amor a la Iglesia de Jesús. Ya es sintomático que los artífices de esta renovación en el concilio, los teólogos, hayan sido muchos de ellos censurados y marginados, más de 150.

El tiempo actual, el del Francisco de Roma, demanda lo perdido, cerrar el atraso imperdonable y acelerar la renovación. Es hora de Evangelio.
Por las dichas, y otras razones, estoy seguro de que, al igual que Cervantes de su Quijote, de esta “Puedes decir todo lo que te pareciere , sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por lo que digas della” (Idem, Pg. 41).

La clave que nos abre las puertas de una vida
Son más de 400 las páginas del libro. Abarcan un gran tiempo, plantean preguntas, abordan conflictos y se ocupan de mil problemas y acontecimientos. Pero, inmerso en la fronda de ese bosque, se descubre un hilo conductor, una senda que nunca se pierde, una meta que aparece clara en el horizonte.
No de otra manera, podría si no Andrés decir : ” Sigo convencido de que he optado por lo mejor. Para todo siento “fuerzas en aquel que me conforta” (Idem, p. 389). “Deseo ser libre frente al presente y frente al futuro. A nada quiero atarme. Repito: nada tengo y, esto es peor, nada deseo poseer. Mis ambiciones se reducen a vivir conscientemente, penetrar en los secretos de la vida, contribuir al bien de los demás y acercarme a la trascendencia en el libre y cansado caminar de mis días” (Pg. 282).

No sé por qué, Andrés, burgalés, nacido en el 36, que acabó el bachillerato a los 18 años en Durango con los jesuitas y que fue ordenado sacerdote a los 32 años, comienza el relato de su vida, cuando ya ha cumplido estos años, y precisamente cuando llega a Madrid para estudiar y comenzar su actividad entre los jóvenes.
1.Yo soy yo y no puedo dejar de serlo
Sospecho que es porque Andrés comienza a respirar nuevos aires, a compartir ideas y experiencias con compañeros críticos y comprometidos, a experimentar la carga fastidiosa y enajenante de una formación anterior, a sentir que se libera, que se encuentra consigo mismo y que dispone de elementos para afrontar la vida con criterio y libertad personales. Es aquí donde, creo, decide reafirmar la confianza en la vida y en sí mismo y en no renunciar a la verdad y la libertad, por más que vislumbre agazapados en zaguanes del sistema a los inquisidores.

Como dice, llegó a Madrid “alicorto y casi traumatizado” y al poco tiempo ya el Provincial le comunica:
– Me han dicho que usted se dedica a introducir ideas peligrosas.
En realidad, se trataba de la traducción, hecha por Andrés, de una entrevista de Schönnenberg, que alguien le había pedido. El Provincial le dice que la entrevista no puede publicarse porque España no estaba preparada para esas lecturas.
Y Andrés le replica: “Pues tendrá que irse preparando. Suenan aires nuevos. O renovarse o morir…El mismo Ignacio de Loyola fue un militar convertido, cortesano. Vivió ideologías contrarias a Roma. El mismo se proclamó rebelde muchas veces. Incluso apeló a influencias para llevar su idea adelante. ¿Por qué impuso la obediencia ciega sin haberla él practicado? Opino que ningún acto humano puede ni debe ser ciego. Resulta imposible y desastroso ir contra la propia individuación. Yo soy yo y no puedo dejar de serlo” (Idem, p. 18).

Sobre estas palabras, que suenan a proclama, escriben posteriormente sus alumnos en la revista Arcadia: “Se trata de Andrés. Jesuita. Habla alemán. De mentalidad lúcida, crítica y avanzada para le época. Impartía Latín y Filosofía. Motivaba, hacía pensar y reflexionar. Provocaba grandes afectos y / o profundas antipatías” (Idem, p. 69).

2. Superar la visión maniquea que anatematiza la sexualidad.
Estamos por los años 1970. Y Andrés narra sus seis años pasados entre los jóvenes, especialmente ellas, como una experiencia positiva, muy enriquecedora. La tocó hacer de todo: de tutor , profesor, educador, hermano, amigo, padre.
Rara vez he encontrado en el mundo de sacerdotes y religiosos una actitud educadora tan natural y desenvuelta, tan limpia y certera como la suya, al ocuparse de este tema con jóvenes primaverales y guapas, que lucían bondad y belleza. No concordaba ciertamente con la mentalidad dominante ni iba a ser bien visto por muchos, maleados por una ideología represiva y culpabilizadora. Sobresalía como una temeridad. Pero, entre las jóvenes despertó empatía y sintonía. Le escuchaban y aprendían, se fiaban y acudían libremente a consultarle y confesarse.

Un día, el amigo y padre, les dijo:
– “Niñas de mi vida…no me encontraréis en el confesionario los jueves…no quiero contribuir a la amargura y vergüenza que respiráis… Si os parece, espero en la Plaza de España a una hora convenida; podemos charlar, podéis escucharos a vosotras mismas, desahogaros… lo que no realicéis en humana plenitud, no es humano ni divino…. La confesión que practicáis constituye parte del sistema. Para dominar cuerpos y almas. Aparece muy tarde en la Iglesia, posteriormente a ser declarada Religión del Estado, con todo tipo de poderes y privilegios. Es una forma de esclavitud contra la que debemos luchar…
-Y eso que me contáis sobre la pureza, que si malos pensamientos, que si un beso, que si un abrazo,…Mirad, lo que se hace conscientemente buscando una finalidad, un sentido, expresión de uno mismo, nunca degrada ni acompleja, sino que libera. Lo que realicemos a nosotros mismos y a los demás sin contenido, vacío, sin que nada diga ni exprese, … supone un paso atrás en mi interior y en mi conquista de la libertad. El Dios Bueno, el Jesús cercano, sólo busca nuestra felicidad y nos dio la vida para que disfrutemos de ella y la trascendamos. Quien se aparta de la Vida Circundante, se aparta de la Vida Eterna” (Pgs. 23-24).

Nuestro autor, educador y profesor, tenía oportunidad de reemplazar una mentalidad negadora de la sexualidad que venía de muy lejos y que había pasado sin ser colonizada culturalmente. Mentalidad que almacenaba prejuicios que tenían muy poco de cristianos. Dice: “Ejercer la sexualidad para bien de uno o dos, sin hacerse daño ni hacer daño a nadie, lo considero positivo. El morbo y la condena arrancan de doctrinas maniqueas , que dividen la realidad humana en buena y mala (buena el espíritu) y (mala el cuerpo). En el Evangelio no aparece manifestación alguna ni de condena ni de negación” (Pgs. 33 y 34).

Encuentro que Andrés, sin ser teólogo moralista “profesional”, conoce los nuevos planteamientos, argumenta con fundamento y se aparta de muchas normas, severas, pero sagradas para confesores y enseñantes. A contracorriente y con sabiduría, se atiene a su lema: “renovarse o morir”.
3.Etica del amor y de la misericordia
No deseo insistir en este tema que para entonces, y aún ahora para muchos, sigue siendo tabú. Pero, vuelvo a él por otro camino y por buenas razones. Porque en la raíz y en el hilo conductor de toda vida se encuentra algo que jamás perece, por más ideas y normas que traten de esconderlo o borrarlo, intentándolo sobre todo cuando el ser humano es pequeño y más moldeable. Me refiero al amor, que es lo propio y natural de todo ser humano, marca divina que nada lo extingue, y que es la clave para esclarecer el sentido no de la sexualidad sino de la persona.

El amor es la energía más poderosa de la vida, que no puede ser sustituida por ninguna otra. Leía yo precisamente estos días unas palabras del científico Albert Einstein, escritas a su hija Liesert, en carta última:
“Hay una fuerza extremadamente poderosa, le dice, que incluye y gobierna todas las otras, es la fuerza universal del amor. El amor es luz que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El amor es Dios, y Dios es amor. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser sintiese que en él habita, el amor es la única y última respuesta”.

Vamos cada vez más en esta dirección: el amor, energía esencial de la persona , es la que hay liberar. Revolucionar la persona y no la sexualidad. Porque la sexualidad, no es sujeto de nada, ni es educable ni se la puede liberar. Educable es la persona. Somos seres de relación, hechos para convivir fraternal y solidariamente. Y quien sustenta esa relación es la persona. Si yo educo en el amor y el amor es conocimiento, respeto, cuidado y responsabilidad por el otro, si mis actitudes crecen en esa dirección, cuando me relacione con otro sexualmente lo haré con amor. Y el amor, que conoce, respeta, cuida y se preocupa por el bien del otro también procede así al comunicarse sexualmente: el amor no impone, no engaña, no violenta, no manipula, no discrimina, no se engríe ni desprecia, sino que busca el bien del otro como si de uno mismo se tratará.

Esta es la ética del tú y del yo, del nosotros, una ética conjuntiva, mi bien y el tuyo juntos, –mi felicidad no es posible sin la felicidad del otro-, no una ética disyuntiva, o tú o yo; es una ética que no tolera que nadie socave mi dignidad, ni la del otro, cualquiera que él sea. Una ética que, a nivel social e internacional, no tolera que ningún pueblo construya su prosperidad y felicidad a base de excluir, explotar y someter a otros pueblos: “Esta es la energía, recalca Einstein, presente en cada individuo y que si aprendemos a darla y recibirla, comprobaremos que todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque es la energía del amor quinta esencia de la vida” (Carta de Einstein a su hija Liesert).

Sentía yo necesidad de recalcar este aspecto, porque al leer el libro, es lo que percibes de la primera a la última página. Cito estas frases:
-“Entre Andrés y sus alumnas se establece una atracción indefinida pero irresistible, entre platonismo y afectividad, que adquiere forma de cariño ilimitado, disponibilidad absoluta. Todo ello fue creando relación polivalente de profesor, hermano, padre, amigo… tan intensa que ha traspasado las barreras del tiempo y permanece impoluta” ( Pg. 19). “Educar es ayudar a que cada alumno conquiste su libertad interior, libertad, sobre todo, para elegir…no somos libres porque decidimos, sino que decidimos porque somos libres…. “Ama y haz lo que quieras”, dice San Agustín. “Nadie educa a nadie, nadie se educa solo; los hombres se educan entre sí, mediatizados por lo que los rodea” (Pg. 25-26).

-“Niñas de mi vida, que os movilicen las convicciones, los motivos reales, los deseos incontenibles de hacer el bien, de mejorar vuestra vida y la de los próximos” (Pgs. 65-66). “Me voy con tristeza, les dice en carta de despedida, pero con alegría por sentir en mi conciencia seis años dedicados exclusivamente a vuestro servicio: colaborad en la conquista de la libertad, la alegría, la personalidad y la sabiduría” (Pg. 74).
En coloquio con un grupo de jóvenes,va dejando sus pensamientos:
– “El yo sin el tú carece de sentido”, “Nuestro principal deber es respetar y adorar la vida en todas sus manifestaciones”, “Lo único importante es el Reino de Dios y su justicia, la lucha por la fraternidad universal”, “En el corazón de todo hombre que busca a su hermano, siempre hay una estrella que le acerca a Dios…, nadie puede llegar al Padre si abandona a los hermanos”, “Trabajo para entregar mi personalidad histórica; juzgo que eso es lo único irrepetible en la vida, lo siempre nuevo. Ninguna otra forma existe de ayudarnos unos a otros” (pgs. 268-270).

Y en otra reunión:
-“Mirad, mi preferencias van por un antisistema que arranque de lo contrario al egoísmo: el tú da sentido al yo. La generosidad hacia el otro engrandece. La política pierde sentido si no es servicio, vocación de servicio. No recompensas, ni ganancias, ni ventajas. Utópico, ¿no? Pero llegará el día … la línea del horizonte , que se aleja cuando te acercas. Nuevos horizontes, nueva época, nuevas relaciones entre personas y grupos, nueva escala de valores” (Pg. 366-370).
Rostros modernos de la inquisición
He dejado adrede para el final este capítulo, pues sin él no se entendería el libro o la vida de Andrés hubiera sido probablemente otra. El título “Andrés, un jesuita fuera de ley” quizás se lo indujera un obispo que, ante una pareja que le solicitaba permiso para que los casara Andrés, se sintió obligado a llamarlo y comentarle: “Andrés, me cuenta esta pareja que quieres presidir su enlace. No sé qué decirte. Vives fuera de ley, sin Diócesis ni Obispo fijo. ¿Te sientes cristiano? ¿Conservas la fe? ¿Crees en el sacerdocio?”.

He leído acusaciones e interrogatorios contra teólogos que exponían una doctrina ortodoxa, pero que no coincidía con los esquemas teológicos de la Curia romana. Y he visto cómo se aplicaba la humillación y el castigo. Algunos de estos procesos han sido publicados, se refieren a teólogos tan renombrados como Congar, Háring, Girardi, Küng, Gutiérrez, Boff, Sobrino, Curran, Díez Alegría, Vidal, Castillo, etc. etc. En otros tiempos, hubieran sufrido las llamas de la hoguera; en los actuales, ha sido el destierro, la prohibición de toda enseñanza , la retractación, el silencio, la supresión de toda actividad. Teólogos que, ante la inusticia sufrida, han gozado de solidaridad pública y se han sentido acompañados.
En otros casos, no tan notorios ni publicitados, los inquisidores, guiados más por la patología del poder y del servilismo que por el celo de la verdad, han procedido con cruel impunidad.

En el caso que comentamos, Andrés tiene páginas brillantes, donde tritura acusaciones que le hacen y señala bajezas y malquerencias de quienes lo acosan. Pero él, sin apearse de su conciencia, ni de principios que le son esenciales, mantiene su dignidad. No voy a reproducir ese calvario, que fue en aumento desde 1978, pero sí dar algún botón de muestra, que ayuda a comprender.
Un jesuita llama por teléfono al Provincial y le comunica: – “Debo informarle que el Padre Andrés se dedica a propalar ideas , doctrinas, contrarias a la fe y costumbres, contrarias a las enseñanzas de San Ignacio, contrarias a las Constituciones. Y me llegan noticias de su vida libre, poco de acuerdo con la distribución comunitaria; nadie sabe lo que hace….Aconsejo que tome medidas.”(Pg.50)

Y claro que se tomaron medidas. En el libro,se puede leer la sensata y prolija repuesta a estas acusaciones.
Andrés , en carta a otro provincial, le dice: “Te voy a ser sincero. La evolución de la Compañía es muy lenta y, en mi opinión, sus estructuras no tienen futuro alguno; me ahogo en ellas… aunque lleguéis a considerarme apóstata, al que la cúpula denosta y condena. ¿Nunca ha pasado por vuestra mente la sospecha de que seáis vosotros los apostatas? ¿Nunca habéis pensado que la banda de los ex pudiera constituir el mayor y mejor activo apostólico de la Compañía?” (Pg. 55).

Proseguirán las acusaciones, absolutamente falsas y el autor las rechaza una a una y comenta: “Para mí la Compañía es un medio y no un fín. Mi fin único es Dios y su Reino , es decir, la liberación y el amor… Por encima de las Constituciones y la Compañía está el Evangelio y en el Evangelio, la caridad. Mis convicciones, las que aprendí precisamente en la Compañía, van por otros rumbos. La obediencia no es ninguna cruz. Son una cruz insoportable los Superiores ineptos, recortados y disminuidos” (Pg. 98). “Nada puedo aceptar que me amargue o vaya contra mi voluntad. La obligación primera y más importante, antes que los diez mandamientos, es ser feliz y vivir la vida en sus misterios y profundidades. Unica manera de hacer felices a los demás; nadie es bueno sin ser feliz y nadie es feliz sin ser bueno” (Pg. 101).

Posteriormente, Andrés en carta al Provincial, escribía: “Desde mi conciencia denuncio la más terrible y arbitraria injusticia que he soportado en este mundo y en mis 47 años de existencia. Y tenga presente que es Vd. el que tortura y yo el torturado, prescindiendo de quién tenga la razón objetiva… Vd.me ha negado muchas, demasiadas cosas. Y todo ello sin mediar diálogo alguno. Vino siempre con las decisiones tomadas. Pues bien, creo que el Evangelio va por otros caminos. Y no tengo más remedio que optar por ellos. No le guardo rencor, no le quiero guardar rencor, ni rebajarme a cómodas venganzas. Búsqueme si me necesita, porque tenga la absoluta seguridad de que me esforzaré por convertir en bien para Vd. el ingente e irreparable mal que Vd. me deparó” (Pgs 110-113).

El Provincial seguía empeñado en que Roma le dieran la razón, sentenciando contra Andrés. Y allí seguía enviando infamias, inventos y calumnias. Y se jactaba de decir: “Si no me dan la razón, dimito; y veremos” (Pg. 102).
Andrés viajó a Roma, y se entrevistó con un jesuita amigo, que por cargo estaba ahora en la casa central de los jesuitas. Después de responderle éste que sí, que estaba informado de su situación, le dice:
“Mira, Andrés, a primera vista, deduzco que el Provincial saca las cosas de quicio. Estoy de acuerdo, Andrés, con lo que me dices. Pero no pierdas tiempo. Nunca te darán la razón. El sistema, la Institución defenderán siempre el paraguas protector, la garantía de permanencia, la autoridad vertical…Sí, poco puedo hacer, estamos ante una segregación de siglos; lo mismo sucede dentro de la Iglesia; sólo el tiempo destruirá edificios inveterados y hará que afloren los c¡mientos de una etapa nueva”.

Andrés asiente a todo esto y reafirma: “Uno deja de ser esclavo cuando se da cuenta de que lo es. La Compañía se ha convertido en una Empresa que oprime y destruye. Es más importante la Institución que las personas. .. Hay que mantener un gigantesco edificio que se está quedando vacío, sin personal. En vez de salir a misionar por todo el mundo, caballería ligera, se dedica a pintar las oficinas, salvaguardar las leyes internas, las estructuras, las reglas…otra Inquisición” (Pg. 120).
Estoy convencido, yo, de que en nuestra Iglesia estas cosas pasan, y pasan inadvertidas, porque el sistema autoritario piramidalmente impecable, es también piramidalmente reservado, sin que la luz e indignación públicas puedan acceder a él para denunciarlos y corregirlos como se debe. Llamado yo en una ocasión a Roma por razones semejantes a las de Andrés, pregunté a un importante asesor de dicasterios romanos: “El Sínodo de los obispos del 1970, dedicado a la Justicia, afirma que el imputado tiene derecho a saber quién le acusa y de qué. Sería importante que yo lo pudiera saber. –Hombre, me dijo, si dijéramos quién acusa, ya nunca nadie acusaría.

“Andrés, un jesuita fuera de ley” pone al descubierto una cuestión primordial: qué hacer ante el dilema de actuar como persona o funcionario. Si actúas como persona procedes con autonomía y libertad; si actúas como funcionario, obedeces, pero te despreocupas de ser tú.
En la Iglesia católica, reducirse a ser funcionario, más o menos eminente, conlleva prestigio y pompa, imbuido del más alto poder. En tal Institución, se trata de un poder absolutizado como si del poder mismo de Dios se tratara, y que procede sin más límite que la arbitrariedad absoluta. Esa arbitrariedad es la antítesis de la soberanía de los discípulos de Jesús, que es el amor, y que no tiene más límites que los de la igualdad –todos vosotros sois hermanos- en el respeto, la ayuda y servicio mutuos.

La obediencia en este sentido es la de Jesús, que busca por encima de todo, la dignidad y liberación de los pobres y excluidos, a costa incluso de ser crucificado por quienes gobiernan con opresión y tiranía. Ser persona cristiana es algo inescindible. Dios nos llama a ser cristianos pero desde nuestro ser de personas, la razón no está reñida con la fe, ni la libertad con el amor. Nadie es buen cristiano, si no es buena persona. Ser persona por delante, salvaguardando la voluntad de Dios, que nos quiere racionales, solidarios, libres y responsables.
No tengo por menos que concluir citando un texto del famoso téologo y psicoanalista E. Drewermann que, a propósito de la obediencia en la Iglesia, comenta lo escrito por el Papa Inocencio III. “Todo clérigo debe obedecer al papa, aunque le ordene hacer el mal, ya que nadie puede juzgar al papa”.

“No cabe duda, continúa Drewermann. en el siglo XX, sólo tenemos una palabra para describir esta mentalidad: fascista. Un “caudillo” que es dueño de la verdad y del derecho, que exige la obediencia como medio para imponer las verdades establecidas: ¡Qué perversión de la “verdad” del cristianismo! Vaya una teología la que, en una iglesia tan estructurada, debe preocuparse de uniformar ideológicamente con su doctrina la profesión de fe de todos los verdaderos creyentes! ¡Qué lejos está la realidad imperante hoy en la Iglesia de aquellas palabras sarcásticas de Jesús en Mac 12, 42 sobre la “tiranía” que los gobernantes ejercen sobre sus súbditos, y del enérgico mandato conclusivo: “Entre vosotros no debe ser así” ( Clérigos, Trotta, pg. 414).
Mi final, amigo Andrés, quiero que sea alegre y esperanzador, como siempre ha sido tu vida. Y quiero que nos lo digan hermosas jóvenes, que te conocieron y quisieron bien, a través de las palabras que una de ellas te escribió:

“Nació en el mundo, un día, año y mes que no importa.
Desea ante todo amar; no sabría explicar por qué exactamente. Pero cuando ama se siente feliz.
Por eso no soporta el odio en él ni en los demás.

Le gusta soñar despierto, hacer realidad sus sueños y despertar a los que vitalmente están dormidos. Su vocación es el vagabundismo.

Le gusta recibir todos los golpes y caricias del mundo, carecerde intereses fijos o premeditados; por eso le gusta el nomadismo y hasta incluso se podría decir que tiene espíritu gitano.
Es libre, porque Dios lo creó libre,
y quiere conservar su don;
y aunque a veces su libertad ece limitada
es porque se somete a esa limitación.
Está a disposición de todo ser umano.

Es amigos de todos
y el que va a su casa es acogido con gozo.
Si no está ahí, no le busquéis,
porque lo mismo puede estar
con un pobre que con un rico,
en el Instituto o en el bar,
en el centro de la ciudad o en un suburbio.

Pero nunca tendrá horas de oficina,
Porque el hombre existe
Las veinticuaztro horas del día
Y no de doce a una., para las visitas.
La gusta la sencillez y la sinceridfad.
La sencillez porque es lo contrario
De lo complicado ,
Y las sinceridad es lo contrario
De la hipocresía.
Quiere lsa justicia
Y la igualdad entre los hombres.
Y lucha por conxeguirlas.
Como sabd que no existen,
Es revolucionario.
Es él….ANDRES.
Madrid, 29 de mayo de 2014-

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