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Mira la Pascua -- José Arregui, teólogo

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El Blog de José Arregui

Cuentan que fueron a anunciarle a un rabino que había llegado el Reino de Dios. El rabino abrió la ventana, se asomó fuera y dijo: “No es verdad, porque no veo que haya cambiado nada”. Lo que veía contradecía la presencia del Reino, y es difícil rebatir lo que ven los ojos. Pero ¿acaso el rabino veía todo? Otro rabino, abriendo la ventana y asomándose fuera, podría haber dicho: “Es verdad, ya ha llegado. He aquí el Reino. Los campos reverdecen, los pájaros crían, los niños juegan, el corazón se compadece, los pobres se levantan, las heridas sanan, los enemigos se perdonan. Ha llegado el Reino de Dios. Mis propios ojos lo ven”.

Nos gustaría que el segundo rabino tuviera razón, y que el pesimismo del primero no fuera más que un defecto de visión. Sin embargo, y a nuestro pesar, comprendemos de sobra el escepticismo del primero, porque está escrito que, cuando llegue el Reino, desaparecerán las lágrimas. Pero las lágrimas no han desaparecido, y a veces tiene uno la impresión de que, por el contrario, el océano del llanto y de la amargura no hace más que crecer. Hay demasiado miedo y error, demasiado engaño y robo, demasiada violencia y hambre –la peor guerra es el hambre– para confesar jubilosamente que Dios ES y decir Amén y celebrar la Pascua, celebrar la Vida.

Dadas las dimensiones de la pasión del mundo, la fe del creyente no puede menos de tomarse un tiempo para el duelo, todo el tiempo que haga falta, antes de exclamar al tercer día, como María de Magdala: “¡Rabbuni, Maestro!”. Al tercer día: no después de cuarenta y ocho horas, sino en cualquier instante –el instante crucial– en que los ojos se abren. En la Biblia hay decenas de hechos que suceden “al tercer día”: es el instante, más allá del tiempo y más acá, en que vemos y palpamos que Dios es el corazón latiente del mundo y que todo es ya distinto de lo que vemos, que el Reino ya se hace presente, que la Pascua amanece, que la vida resucita cada vez que se entrega.

Eso es “el tercer día”, que es cualquier día, pero solo si se ve. La Pascua no ocurrió una vez, hace dos mil años. Ocurre cada vez que renace la vida, y la vida no cesa de renacer ante nuestros ojos. No hay más que mirar la primavera. Justamente, la Pascua fue en su origen una doble fiesta de primavera: una fiesta de agricultores que celebraban la nueva cosecha, la nueva levadura, el nuevo pan, y otra fiesta de pastores que celebraban la multiplicación de los rebaños y los corderos jugando en las praderas. Luego unieron ambas fiestas, y la fiesta de la naturaleza se convirtió en fiesta de la historia, en sacramento de todas las liberaciones pasadas y futuras. Cada luna llena de primavera anuncia que la luz ilumina ya la noche, que la liberación se abre paso, se hace pascua a través de la muerte y de sus duelos. La luna nos abre los ojos.

Pero los ojos no siempre ven. Y aun cuando vean, la duda y el duelo nunca pueden desaparecer hasta que se enjugue la última lágrima; la duda y el duelo no solamente preceden, sino que también acompañan y siguen a la confesión del creyente, por más creyente y vidente que sea, o precisamente porque lo es. La fe verdadera del discípulo, como la de la discípula María, es humilde, y sobria, contenida. “No me retengas. No te quieras adueñar. Atraviesa, camina, sigue. Mira también las lágrimas y acompaña a tus hermanos”. Sigue mirando las llagas y palpando las heridas, y en el fondo del sepulcro, en el fondo de las heridas… deja que tus ojos miren otros dulces ojos llenos de consuelo que te miran desde más allá del fondo, y deja que el corazón se rinda y descanse y que los labios, inseguros y confiados, digan simplemente: “Señor mío y Dios mío”. Y cree sin ver, o ve precisamente por creer.

Pues es verdad que lo esencial es invisible a los ojos, pero más verdad es aún que nuestros ojos están hechos para ver lo invisible y que solo lo ven cuando el corazón los ilumina desde dentro y desde fuera; sí, desde dentro y desde fuera. Lo más real es invisible, y nuestros ojos están hechos para verlo con la luz del corazón. O con la luz de la fe, o con la luz de la compasión, o con la luz de la esperanza contra toda esperanza, llámala como quieras. Con nuestros ojos vemos la vida invisible en el tallo que florece, la ternura y la pena en los ojos que nos miran, la magia y el milagro en el solo de la flauta.

Así es como vieron –¿de qué otra forma pudieron ver?– al Resucitado María en el jardín del sepulcro al amanecer, Cleofás y su compañero –o compañera – en la posada de Emaús al atardecer. Jesús resucitado no se les apareció a ellos de manera distinta a como se nos aparece a nosotros. Lo que pasa es que, en tiempo de Jesús, entre judíos y griegos, abundaban relatos de apariciones de muertos vivos, y así lo cuentan también los evangelios, pero hoy nadie puede creer a la letra tales relatos, tampoco los de los evangelios. ¿Y de qué nos serviría pensar que Jesús –por unas razones que ni siquiera están en los evangelios, sino que hemos fabricado nosotros– se apareció a ellos de una manera singular, “milagrosa”? ¿A qué llamamos “milagro”? Milagro no es lo extraordinario, menos aun un suceso que rompe las leyes de la naturaleza –que nadie conoce– por voluntad divina –que nadie debe presumir conocer–. No podemos creer en tales milagros. Pero todo ser es un milagro y, si sabemos mirar, así lo vemos: como una epifanía pascual.

Jesús no se apareció a María de Magdala y sus compañeros sino como se aparece la vida y la belleza, el dolor y la ternura, como se aparecen “los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados”. Jesús se les aparecía y se nos aparece como se nos aparecen los muertos que amamos en la Memoria y el Corazón de Dios, que son lo mismo. Como se nos aparece Dios, la ternura y la belleza invisible y real, corazón de toda realidad.

El corazón tiene deseos, que no se han de desdeñar, si no queremos que la desesperación nos invada, que todos los milagros desaparezcan y que este mundo maravilloso se vuelva sombrío y penoso. El corazón tiene razones que la razón ha de entender. El corazón tiene luces que han abrir los ojos. Es bueno que los ojos se dejen iluminar por el corazón para ver el Reino, la Pascua, al crucificado vivo, a Dios padeciendo y resucitando en la oscuridad de todas las cruces.
Un día, después de muchos días de duelo, María y sus compañeros vieron que el sepulcro estaba vacío, que todas las losas no bastaban para ahogar el Reinado liberador de Dios que Jesús había anunciado y anticipado en su vida, e incluso en su cruz. No necesitaron abrir el sepulcro, ni necesitaron que desapareciera de él el cuerpo muerto de Jesús.

¿Cómo iban a abrir un sepulcro, si era profanarlo? ¿Y de qué servía embalsamar un cadáver al tercer día, si ya se estaba corrompiendo? La fe pascual no tiene nada que ver con tales sucesos físicos. La fe pascual consiste en que el corazón ilumina los ojos hasta ver que Dios es siempre compañía de la vida, sobre todo cuando es crucificada, que la vida se transforma siempre cuando se da, que la Pascua ya es presente, aunque sea como semilla, como levadura, como primera gavilla. Y que “merece la pena morir de vida” (Mercedes Navarro).

Amiga, amigo: te deseo que cada día puedas abrir la ventana y exclamar: “¡Oh! Ya ha llegado el Reino”. Y que, si es de noche, te acuestes tranquilo porque ya ha llegado, y que, si es de día, te pongas en camino para hacerlo llegar.

José Arregi

PD. En las dos próximas semanas no escribiré (por “razones de agenda”, como se dice). Que tengáis la santa paz de Jesús, el viviente entre los vivientes.

Para orar.

“No te rindas”
No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero

(Mario Benedetti)

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