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Mi mundo en evolución. Una mirada sobre la propia experiencia creyente -- Mariana Núñez (Buenos Aires- Argentina

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Quiero contarles otra cosita más de este, mi tiempo …
Jueves santo. Es cierto, las cosas se me complicaron esta tarde y decidí no ir a la celebración en la parroquia. Tenía la ilusión de ver a las Mujeres de la Tierra que estuvieran, darnos un abrazo, contarles de estos días con Pablo recuperándose en casa de una cirugía menor…

Toda esta ilusión -lo reconozco- muy muy por delante de «la cuestión del jueves santo» y la dinámica a desarrollar durante una celebración -en la que tomaba parte como catequista- que me había convocado tantísimas veces en el pasado. Subí a nuestra habitación para ver cómo estaba Pablo -esta tarde un poco dolorido- y ni bien me vio aparecer me preguntó: «¿No te ibas…?» Le contesté que no, le expliqué los motivos y agregué: «¡Pensar que hace menos de dos años largaba todo por ir a la parroquia!» Llegada «la hora», todo se suspendía o cristalizaba o no me importaba: yo me iba al encuentro comunitario que me convocaba así diluviara.

Esta tarde decidí quedarme para estar cerca de Pablo y también de Luciano -nuestro hijo menor- y sus amigas. Llegaron las tres a media tarde para realizar en grupo una experiencia de ciencias naturales. Muy serias y correctas al principio. Después, la plastilina y los recuerdos de infancia nos llevaron por caminos distendidos y disfrutables. Para colmo el yeso demoraba en fraguar y al segundo teníamos que apurarnos para volcarlo apenas líquido. Jugábamos y nos reíamos y volvíamos al orden imitando a las maestras. «Ya vayan terminando» decía muy circunspecta una de las chicas parodiando a la seño Magdalena. El tiempo se pasó volando. En el medio me aprendí sus nombres, ellas el mío y compartimos todos una riquísima merienda de leche chocolatada con tostadas de manteca y azúcar.

Ya vivo otro tiempo, es lo que quiero contarles. Mi fe en el maestro Jesús no es la misma. Pero al cambiar yo ciertos presupuestos que consideraba fundantes e inmutables, nada se ha derrumbado en mí. Por el contrario: me siento todavía más libre, más confiada y animada. Y sigo descansando mi humanidad en horizontes que me inspiran, que me hacen sentir parte y arte de la humanidad que empuja por un nuevo modo de vivir. No ha sido fácil desembarazarme de tanta carga; ha sido un tiempo de fuertes tensiones entre las razones del pensamiento y las del corazón. Razones y emociones pujando por estacionarme en un nuevo estadío de mi ciclo vital. Y al cabo, no se trata de la derrota de unos ni la victoria de otros, tampoco de un equilibrio inestable. En este nuevo tiempo que se abre ante mis ojos he logrado una nueva síntesis como hilo conductor, tan potente como la que me sostuvo en buena parte de mi vida. Paso a contarles.

Tengo la certeza de que Jesús fue un hombre íntegro. Como tantos y tantas, antes y después. Que pasó por la vida haciendo el bien, buscando la verdad, agradeciendo la belleza, apasionándose por la vida y conmoviéndose intensamente ante el dolor. Especialmente indignado por «la cruz» que cargan cientos de seres humanos injustamente. Libre de «poder», libre de «dinero», libre de «vanidad». Libertades alcanzadas no sin intensas luchas de liberación interior -tan fáciles son la manipulación de los otros, la auto-complacencia y la soberbia. Con una espiritualidad que hundía las raíces en la historia de su pueblo; en su esforzada historia de liberación, porque ¡hay tantas otras historias que se viven y se cuentan en las horas largas de los pueblos!

Asimismo Jesús se animaba a dialogar con un dios-abá que le sonaba a abrigo, a ternura, a la esperanza de un horizonte muy distinto para la gente común, para los empobrecidos por los engranajes económicos y sociales impuestos por los poderosos de esa época. No sé si Jesús fue consciente del riesgo absoluto que corría su vida. Quiero decir: sabía que lo que denunciaba y anunciaba se estaba volviendo insoportable para los de arriba -particularmente para los sagrados «consagrados» que simpre creen estar «más allá» con los privilegios que eso otorga-. Sabía que su obstinación por la verdad lo llevaba a un final de «aprietes», por lo menos. Pero ¿confiaría en que su dios padre iba a salvarlo? Después de todo, los suyos todavía eran tiempos de creación en siete días, diluvios y torres de Babel, de abrirse las aguas del Jordán, de caer maná del cielo. Y él era un varón de su tiempo. Respetuoso de las tradiciones pero decidido a ignorar o quebrar aquellas que lo entorpecían al andar.

A mí me gusta pensar en sus últimos años recorriendo las aldeas y los caminos, charlando con sus amigos y con la gente olvidada, pensando y repensando cómo iba a ser eso del reino de los cielos con que quería contagiar a todos. Un nuevo tiempo, una nueva tierra donde la vida fuera gozo y el dolor tan solo el recuerdo de futuras sabidurías. Y obvio que lo seguían los que no tenían un lugarcito para taparse del sol: los campesinos sin tierra ni trabajo fijo, los enfermos e impuros de la ley religiosa, las mujeres y los niños, los viejos, los inmigrantes… los revolucionarios que querían dar vuelta por la fuerza el orden instalado y también los lacayos del poder humillante de Roma y del Templo, odiados por los invasores y odiados por su pueblo (como los cobradores de impuestos). No quiero olvidarme de aquellos que se habían acomodado a un buen pasar y que sin embargo se cuestionaban si vivir «no era otra cosa».

Bien, en ese entramado de corrupción humana, Jesús descubría la belleza y se jugaba subversivamente por sus convicciones más profundas: la igualdad, la solidaridad, el servicio… En lo cotidiano, en la intimidad de los encuentros, en las miradas, en el tono de su voz y las palabras y gestos elegidos, el modo de tratar a los demás como iguales, todo en él generaba vivencia de plenitud, de abundancia, de salud, de disfrute, de algarabía y de sueños… En una palabra, él sabía poner en juego lo mejor de la humanidad y estaba dispuesto a ir por todo. Era un artesano de lo humano. Un poeta.

Pienso que hasta aquí todos estamos de acuerdo, cristianos y no cristianos. Pero en este mismo punto comienzan las diferencias en todos los espacios. Y son diferencias que vienen de lejos y tienen que ver con «la divinidad» que se adjudicó al Nazareno. Comenzando por sus discípulos y discípulas y las primeras comunidades cristianas: muchísimos depositaron en él la posibilidad «supra-humana» de concretar sus deseos y expulsar «los demonios», miedos y frustraciones, personales y colectivos. Los imperios lo divinizaron para asegurar la pax -rebaños sumisos en expiación del pecado y a la espera del paraíso post-mortem. La Iglesia institucionalizada lo entronizó para asegurarse los beneficios -algo así como «los derechos de autor» heredados de generación en generación, y caramba: una buena vida sin privaciones-.

Millones y millones de seres humanos de todas las geografías creyeron exorcisar sus miedos más abrumadores por mediación del Cristo -el Dios hecho Hombre-. Y así corrieron los siglos, multiplicando -en vez de pan- dogmas, ritos, preceptos, santuarios y mediadores, y acrecentando riquezas terrenales la Iglesia, como asumida Esposa del Cordero. De vez en cuando, aquí un profeta, allí un místico, o también una pequeña comunidad de corajudos para volver a las humanizadoras fuentes escondidas en los pliegues de la Historia.

Hasta hoy, incluso hoy, cuando el dios-mercado se ha encarnado, ¡ese sí que se ha encarnado! y también: encarnizado brutalmente en mil doscientos millones de seres humanos hambreados y sobreviviendo en condiciones de miseria espantosa. Y ejércitos y para-ejércitos para avasallar los recursos precisados por las elites del imperio. Una cifra de muertos, pauperizados, desempleados y presupuestos militares jamás pensada en el mundo hiper-tecnologizado y confortable del que disfuta la minoría de la especie sapiens sapiens predadora. Y entonces: cómo no sentir la necesidad de hacer memoria verdadera y viva del maestro, de espaldas a una iglesia que me avergüenza e indigna.

Soy una mujer creyente que se atreve a limpiar su mirada de cuanto distorsiona u oscurece el mensaje de Jesús. Apuesto a su mensaje y a su estilo de vida. Apuesto a hacer memoria inspiradora de sus palabras y gestos. Pero no considero esta actitud como una «fe» en Jesucristo como salvador, como refugio; como la actitud del niño desamparado ante la falta de su madre. Más bien, es una «confianza» en mi propia humanidad, en mis amores, en mis opciones, en mis sueños y proyectos. Asumiendo mis fortalezas y fragilidades.

Mi necesidad del «otro/otra». Como también: mi apasionado amor por la Memoria de mi pueblo y sus mártires y militantes. Tanto como mi apasionado amor que abraza la gran causa de liberación de Nuestra América y en ella, a la Humanidad toda y a cada ser humano luchando para liberarse. Palpita en mi corazón la cubanía de Martí: Patria es Humanidad, y corren en mi sangre las palabras del poeta salvadoreño Roque Dalton: que la poesía es como el pan, de todos. Con ese Horizonte voy entretejiendo, con otros y otras, apasionadamente la vida, animándonos a todas las muertes ante el silencio de Dios.

Hasta la próxima, querid@s…
Mariana

(Información recibida de la Red Mundial de Comunidades Eclesiales de Base)

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