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México: Reflexiones en el II Aniversario del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad

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México, D.F., 29 de marzo de 2013
Para la mayoría de los mexicanos, estos días últimos de marzo son de gran importancia y profundo significado existencial, pues rememoran la pasion y muerte de Jesús, judío marginal y revolucionario del siglo I de nuestra era, traicionado, encarcelado, torturado y finalmente crucificado por las autoridades militares y religiosas de su tiempo.

Vivió haciendo el bien, al lado de los marginados y explotados por un sistema político opresor, imperialista, militar, con la colusión de las autoridades religiosas y la pasividad de la sociedad. Su muerte repentina, por ello, trajo profunda desesperanza en quienes le seguían y esperaban ver cumplida sus expectativas de liberación y justicia. Pero no fue así, él fue asesinado como un criminal, y sus seguidores huyeron en desbandada empezando por los más cercanos… sólo quedaron las mujeres, que enfrentándose a las autoridades rescataron su cuerpo, lo limpiaron de sus heridas, le dieron judía sepultura y esperaron… la resurrección.

Dos mil años después, este misterioso acontecimiento sigue conmemorándose, pero ha perdido mucho de su sentido original. La historia ha sido hecho mito, y el mito se ha convertido en dogma. De dicho dogma se han elaborado frías liturgias ajenas a la vida cotidiana, y en lo general afectas a exaltar de manera mórbida el sufrimiento de Jesús (como propio) como una deuda perpetua por los pecados (también perpetuos) de la humanidad. Pero pocas veces nace de esta experiencia una verdadera esperanza de liberación. Es más bien una esperanza de consolación y resignación que ayuda a aceptar el sufrimiento como algo profundamente real y la resurrección como algo simbólico, como una esperanza escatológica e incierta que nada tiene que ver con nuestras fuerzas, sino sólo con la insondable voluntad divina. De este modo, y creo sinceramente que sin darnos cuenta, volvemos a crucificar año tras años a ese judío que las mujeres valientemente bajaron de la cruz, haciendo de ella un símbolo de adoración, cuando en realidad fue un símbolo de escándalo: la muerte injusta del inocente.

Y hoy, también sin darnos cuenta, al celebrar así estos acontecimientos de la llamada semana santa, desviamos la atención de un hecho tan innegable como negado: que en nuestro país miles de personas viven día a día la suerte de Jesús de Nazareth, mueren injustamente, desaparecen, perecen… por causa de una política criminal y militar que hace de la guerra su mejor negocio, multiplica sus ganancias con el silencio o colusión de las iglesias y se perpetúa con el miedo y la indiferencia de la sociedad. Hemos padecido las consecuencias de un régimen de terror, de ignominia, de avasallamiento, de avaricia, de cinismo… el saldo son cien mil personas muertas, miles de desaparecidas y cientos de miles desplazadas. Así lo consentimos, por acción u omisión, dado que al parecer este terrible drama no alcanza nuestra vida cotidiana que puede seguir desarrollándose como si nada pasara. Y encontramos mil y un pretextos para que eso no cambie: eran criminales, se lo merecían, es mejor que ellos mueran y no nosotros… Es curioso, lo mismo dijeron de Jesús quienes conspiraron para matarlo.

¡Qué panorama tan desolador! ¿Será sólo la percepción de un alma atormentada y deprimida? ¿Invención de pesimistas resentidos con el sistema? ¿Casos aislados? Eso quisiéramos todos y todas, pero basta un poco de sinceridad para reconocer que esto nos esta pasando a todas y todos, y lo que es peor, nos seguirá pasando de manera cada vez más grave si no hacemos algo al respecto, como por ejemplo, contravenir la impotencia, esa desesperanza convertida en desesperación y que lleva al desánimo por no poder hacer nada, y nos acostumbra a vivir sin darnos cuenta. Pero, ¿cómo luchar contra un gigante que se cierne sobre nuestra debilidad? ¿Hay esperanzas reales de salir de este abismo sin fondo en que nos encontramos? ¿Hay forma de que nuestra paz, no sea la de los sepulcros, que cada viernes santo se encarga de afirmar y reafirmar en nuestro subconsciente? ¿Podemos esperar la resurreción aquí y ahora, como algo por suceder de un momento a otro, como lo hicieron las mujeres el día que encontraron el sepulcro vacío?

Ayer jueves 28 de marzo de 2013, unas cuantas mujeres se atrevieron a decir que sí existe tal esperanza. Lejos de las iglesias y muy cerca del dolor humano, devolvieron su significado a la cena del Señor y se atrevieron a proclamar que la muerte y el dolor y la injusticia no son la última palabra en este mundo. Madres, hermanas, padres, hermanos, hijas e hijos de gente inocente desaparecida o muerta por la violencia criminal y de Estado que asola nuestra nación celebraron dos años de caminar hacia la resurrección, cuyo nombre para ellas es justicia, verdad, memoria; dos años de sacar esperanza de la ausencia, fuerza del dolor, vida de la muerte de sus seres queridos. En el marco del segundo aniversario del Movimiento por la paz con justicia y dignidad, se congregaron en la estela de luz, hasta ahora símbolo del despilfarro, la corrupción y la ignominia, para reclamarla como la estela de la verdad y la memoria, de la justicia. Ahí, en meses pasados, se había puesto una placa en memoria de Nepomuceno Moreno, miembro activo del movimiento, asesinado arteramente mientras buscaba a su hijo desaparecido.

Ahora, se ha puesto otra placa en memoria de Juan Francisco Sicilia, hijo del poeta, y de sus compañeros asesinados en este mismo día hace dos años. También se han colocado pañuelos que cuentan la memoria de otros tantos y tantas desaparecidas. Es una invitación, o más bien una provocación a las autoridades, a los criminales, a la sociedad. Es un reclamo de justicia, de aparición con vida, de memoria. Hay mucho dolor, pero no rencor. Por ello las víctimas del Movimiento por la Paz, celebraron ahí mismo la cena de la esperanza.

Después del acto en que muchas de ellas leyeron cartas a sus hijos e hijas, hermanos, desaparecidos, se sentaron en la mesa, con manteles blancos, y fueron sacando de sus bolsas la comida preparada especialmente para este acto. Había escampado ya en el cielo, un poco en sus corazones, invitaron a algunas personas presentes a sentarse con ellas, y se dejaron lugares vacíos para sus familiares desaparecidos. Los fueron evocando uno a uno, una a una, después de muchos meses de no poder compartir ya la cena con ellos, este jueves santo los trajeron presentes, como en la celebración eucarística se trae presente a Jesús en cuerpo y sangre. Hace mucho que las misas cotidianas han perdido su sentido eucarístico, pero aquí en este momento sacramental, el misterio de la salvación se hizo presente: entre las lágrimas y el amor comimos pan de vida, y tortas y dulce de membrillo entre otros manjares. Comimos con el recuerdo de quienes ya no están, y estuvieron y hubo esperanza.

También fueron convidados a esa mesa las autoridades negligentes y culpables del calvario de estas madres incansables, padres, hijas, hijos, hermanas… amigos. Y con gran valor, fueron también convidados a esta cena los criminales responsables de la muerte y desaparición de sus familiares. ¡Cuánto misterio condensado en un sencillo acto de generosidad!

Casualmente en estas mismas fechas celebramos el martirio de Oscar Arnulfo Romero (24 de marzo), obispo de El Salvador asesinado hace 33 años mientras celebraba la misa y defendía a los pobres de la dictadura militar que aterrorizaba su país. El dijo días antes de morir: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Y así ha sido por tres décadas. En su nombre y el de miles de muertos y desaparecidos, la ONU declaró el día de su asesinato como el día internacional de la verdad y la memoria. Yo no había comprendido cómo era posible que de la muerte naciera vida, no alcanzaba a comprender el misterio de la resurrección que celebramos cada año en estos días, hasta conocer la historia de Romero y las historias de las víctimas del Movimiento por la paz y de otros movimientos que van naciendo en medio del dolor y la injusticia.

Cuando sumidas en el dolor por sus desaparecidos unas cuantas mujeres son capaces de convertirse en defensoras incansables de la justicia, cuando ante la muerte del justo un pueblo no se queda callado y proclama su nombre en las calles y plazas, cuando nos negamos a aceptar que la impunidad y el olvido son la última palabra… entonces hemos comprendido el misterio del dolor que trae esperanza y de la vida que nace de la muerte.

José Guadalupe Sánchez Suárez
Centro de Estudios Ecuménicos
Movimiento por la Paz
Iglesias por la Paz

II ANIVERSARIO DEL MOVIMIENTO POR LA PAZ CON JUSTICIA Y DIGNIDAD

AUDIOS CON TESTIMONIOS DE LAS VÍCTIMAS


PALABRAS DE JAVIER SICILIA

GALERÍA FOTOGRÁFICA

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