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México: Marcha por la vida, y la dignidad -- Salvador González Briceño

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Alainet

Defender la paz, pero sobre todo ladignidad como uno de los principales valores de la vida en sociedad [porque el hombre es un “animal social”, el zóon politikon de Aristóteles]; también, porque no hay paz ni democracia con violencia, menos con violencia institucionalizada donde parece desarrollarse el México de hoy.

El manoseo generalizado en el que los sectores más reaccionarios y perversos —la derecha en todas sus manifestaciones— del Estado moderno, han convertido aquellos valores pilares de la sociedad actual como la democracia, la libertad y la igualdad en artilugios de oropel, deriva en la urgencia de, por un lado, replantearlos junto a otros que devienen del respeto a los derechos humanos elementales de todas las personas. Y eso incluye, por supuesto, a la vida misma.

En el caso de México, luchar por defender la vida, el cese de la violencia y del reino de la impunidad se convierte en una prioridad. La urgencia la impone el hecho de que, si bien a estas alturas el sistema político mexicano —y con él todos los sectores que la dan soporte; los partidos políticos, los sindicatos, los poderes establecidos y los fácticos, los medios de comunicación, especialmente la televisión, los poderes legislativos, etcétera—, todavía aguanta sus engendros que lo caracterizan, como la corrupción, el compadrazgo, el corporativismo, el clientelismo, el despotismo, la intolerancia, el caciquismo, etcétera, la sociedad no aguanta más a su actual síndrome; el tráfico de drogas y la violencia derivada.

Porque conducir al paíspor la senda de la violencia como la única opción para contener el flagelo del crimen organizado y el tráfico de drogas [el negocio no fructificaría sin la participación de los actores del sistema; ello tanto en México como en cualquier parte del mundo], sólo ofrece como saldo una estadística de muerte: los más de 40 mil caídos en el actual sexenio. Y todo lo que de ello se deriva; miedo e inseguridad, zozobra e inestabilidad, ingobernabilidad y quiebre de toda institucionalidad, entre otras deleznables amenazas.

La descomposición es culpa de los involucrados; cierto. Pero también es responsabilidad de las víctimas, en nuestro caso de todos los mexicanos el no admitir el uso de la violencia como única herramienta para contener la violencia [no se usan otros mecanismos que han mostrado su eficacia en otros países que igualmente padecen el problema]; por lo menos mantener la denuncia continua. Pero no sólo eso, sino el erigir propuestas viables. No importa que el poder establecido ponga oídos sordos.

No obstante avanzaría el enjuiciar a los culpables, como una primera parte rumbo a la búsqueda de la paz y la concordia entre mexicanos [por eso he planteado en este espacio el “juicio político a Felipe Calderón”], ello resulta insuficiente tratándose de avanzar. No obstante Calderón es el principal responsable de sostener una estrategia de mera confrontación y desoír otras opciones para el combate a las bandas del crimen organizado. Tan sólo véase cómo a estas alturas no atina en modificar la fallida estrategia. Cada vez resulta más evidente, que se trata de mantener la exigencia del error. Como si ese fuera el rol que le toca a México, conforme a los intereses y preceptos del intervencionismo de los estadounidenses en otros países. El problema es que México pone los muertos, y Estados Unidos las armas y se lleva las ganancias del fructífero y sucio negocio.

Ciertamente que el problema no le compete únicamente al presidente en turno. Pero dado el presidencialismo anquilosado todavía vigente [de ahí la urgencia de modificar los vicios del sistema; una reforma que los actores no han emprendido a pesar de la alternancia del poder: otra cosa sería bajo la exigencia de la sociedad organizada, pero ésta no atina todavía a despertar], se requiere la voluntad política de cambio. Y ese comienza por el presidente.

Pero si la presidencia no toma la batuta, entonces la única opción la tiene en sus manos la sociedad, pese a su letargo. No se mencione al resto de los poderes establecidos, porque es tiempo que no mueven un dedo. Véase cómo el principal partido opositor, el PRI, pasa por alto todos los errores cometidos por los servidores públicos del PAN. Y cómo, tanto el PRI como el resto de los partidos no hacen algo por contener por todos los medios instituidos posibles, a Felipe Calderón.

¿Coludidos todos? Así los juzga el principal promotor, el poeta y escritor, Javier Sicilia, convertido ahora por la fuerza de las circunstancias —el asesinato de su hijo— en cabeza del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que comenzó la principal marcha de protesta en Cuernavaca el pasado 5 de mayo —la otrora ciudad de la eterna primavera y el descanso— y cerró ayer en la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México, con un animado y propositivo discurso.

La Marcha encontró eco en muchas ciudades y muchos países del mundo; EU, Alemania, Francia, entre otros . La solidaridad se hizo extensiva. Los más de 200 mil marchistas en silencio [“porque nuestro dolor es tan grande y tan profundo, y el horror del que proviene tan inmenso, que ya no tienen palabras con qué decirse”] por las calles del DF, ayer desde la explanada de Ciudad Universitaria al Zócalo, no pueden estar fuera de razón frente a un hombre empecinado en seguir por la senda del error.

Sostener y llevar a cabo las propuestas es ahora el reto. No es sencillo que los actores políticos pongan oídos al cambio con urgencia que se planteó ayer por parte del movimiento ciudadano en el Zócalo capitalino; el “Pacto ciudadano” en primera instancia y la serie de exigencias “a los gobernantes, a los líderes de los partidos políticos y a los factores del poder”, en segundo lugar. Ciertamente que existen otros mecanismos que bien pueden servir como medio de presión para los políticos que ponen los oídos sordos.

Se acercan los procesos electorales de 2011 y la presidencial del 2012. Por eso el planteamiento de Sicilia con respecto a las elecciones. “Queremos afirmar aquí que no aceptamos más una elección si antes los partidos políticos no limpian sus filas de esos que, enmascarados en la legalidad, están coludidos con el crimen y tienen maniatado al Estado y cooptado al usar los instrumentos de éste para erosionar las mismas esperanzas de cambio de los ciudadanos”. Entre otros planteamientos.

De ahí el reclamo: “¡Cambio radical o boicot electoral!”. Porque la sociedad no aguanta más la parálisis e indiferencia desde la política. Por eso el llamado de Javier Sicilia encuentra eco. Porque se trata de un descontento y un sufrir general; no de la defensa de los intereses del crimen organizado en general, sino de contener la violencia por la violencia que está destruyendo el tejido social.

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