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México: Iglesia política en acción -- Octavio Rodríguez Araujo

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Cuando pensé coordinar un libro bajo el título La Iglesia contra México (Orfila, 2010), no imaginé que la misma jerarquía eclesiástica católica se encargaría de promoverlo gracias a sus declaraciones. El primer obispo que respingó fue el de San Cristóbal de las Casas, quien no pertenece al grupo de los jerarcas más conservadores.

Este obispo, Felipe Arizmendi, publicó un artículo el 16 de diciembre pasado en El Sol de México con un título equivocado y un contenido defensivo. El encabezamiento de su artículo decía: Intelectuales contra Iglesia, cuando que el libro no es contra su Iglesia, sino sobre ésta, justamente para demostrar que está en contra del laicismo que nos hemos dado los mexicanos con muchas dificultades y de políticas que ahora la arquidiócesis de México califica, en referencia a las autoridades del Distrito Federal, de talibanes laicistas.

Lo que publicó el domingo pasado el semanario Desde la Fe es una versión más afinada y menos vulgar que la declaración del obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda, a principios de septiembre del año pasado: “El Estado laico es una jalada”. Pero las variaciones del lenguaje no cambian las cosas: la Iglesia reitera que está contra el Estado laico, es decir, a favor de un Estado religioso en el que nuestras leyes e instituciones se subordinen a las leyes de Dios o, en términos menos abstractos, a los dictados del Vaticano.

Por muchas razones no me simpatiza el mejor presidente municipal del mundo, pero hay que reconocerle que entre las muchas prohibiciones que ha impuesto a sus sufridos habitantes –sin respetar los derechos de las minorías– ha apoyado medidas progresistas y propias del siglo que vivimos como el derecho al aborto, a las píldoras anticonceptivas, al matrimonio entre personas del mismo sexo, etcétera, que van contra los valores morales de la Iglesia católica, pero que aplauden millones de católicos que han optado por no alinearse acríticamente a los dictados del alto clero.

Calificar al jefe de Gobierno del DF y a la Asamblea Legislativa (de mayoría perredista) de talibanes laicistas por ser intolerantes –según la arquidiócesis– con la Iglesia y sus proyectos es, además de descabellado, una manera de tratar de descalificarlos ante la opinión pública. En los tiempos prelectorales que vivimos, tal intento de desacreditación es una manera de apoyar a quienes resulten candidatos del PRI y del PAN y a estos partidos. Y tratándose de la arquidiócesis de México y de las diócesis afines, más al PRI que al PAN.

Bernardo Barranco –uno de los autores del libro mencionado– escribió (pp. 45-46) que “los obispos que verían con simpatía el regreso del PRI a Los Pinos, además de Berlié [Yucatán] y el cardenal Rivera, desde luego los encabeza Onésimo Cepeda el ‘daltónico’ obispo de la ‘jaladas’, conocido como El capellán del PRI; destaca otro cardenal, el de Monterrey, Francisco Robles Ortega, quien por cierto estuvo cerca de 10 años en Toluca y conoce muy bien los usos y costumbres de la clase política mexiquense, y el arzobispo de Puebla, Víctor Sánchez, entre otros.

También hay varios obispos que más que simpatizar con el PRI, ven con buenos ojos el perfil de Peña Nieto, quien se ha mostrado magnánimo tratando a cada obispo del estado mexiquense; además de haber sabido tejer vínculos tanto con el Opus Dei como con los Legionarios de Cristo”.

Juan Luis Hernández Avendaño –otro autor del libro y que puede ser ubicado en la perspectiva de las comunidades eclesiales de base– ha señalado (pp. 191-192) que “la iglesia política tiene un proyecto para el mundo contemporáneo [y obviamente para México]: reinstalar la cristiandad (en cursivas en el original). Y añade: Se entiende por cristiandad al régimen político y social que tiene como centro a la religión católica y a su iglesia como el principal actor que administra, dirime y arbitra todo aquello relacionado con la vida cotidiana de las personas, sus valores y decisiones públicas.

Al igual que Barranco, considera a Onésimo Cepeda como un fiel representante de la iglesia política de la que trata su artículo y agrega que esta iglesia política “hace todo lo posible para evitar que el Estado laico funcione no sólo constitucionalmente, sino que opere en la vida cotidiana desde el gobierno hasta las instituciones públicas que llegan a la población. El Estado laico quita privilegios, áreas de influencia y recursos de todo tipo a la iglesia política.

Por otro lado, la iglesia política necesita del proyecto de cristiandad para conservar y aumentar sus privilegios, que en todo momento son políticos, sociales, culturales, simbólicos, y por ello, económicos. Por eso, los representantes de esta clase eclesiástica viven y actúan como políticos profesionales…” Y así es, aunque no quieran aceptarlo.

Como políticos, los altos jerarcas de la Iglesia católica, más que los de otras iglesias, quieren incidir en las elecciones y, sobre todo, en la sucesión presidencial cuyos motores ya se están calentando. Ya saben que pueden contar con los priístas, como se vio en los congresos locales de la mitad de los estados de la República en relación con la despenalización del aborto; ya saben que también podrán contar con los panistas. Priístas y panistas, en su perspectiva, son dos caras de la misma moneda, es decir, del conservadurismo en México y del neoliberalismo desnacionalizador en lo económico.

El PRI fue partidario del laicismo por varias décadas. Algunos priístas han reafirmado esa antigua posición. Pero el tricolor de los años recientes, particularmente desde el gobierno de Salinas, no se diferencia mucho del PAN en esta y otras orientaciones. Si los perredistas y aliados son, como ha dicho la arquidiócesis, los talibanes del laicismo, pues ya tenemos una diferencia que tomaremos en cuenta para 2012, aunque bajo sus direcciones actuales dejan mucho que desear en otros aspectos no menos importantes.

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