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¡Menudo cisco, Francisco! -- Pepe Mallo

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Perdón por el ripio. Pero es que son muchas las contrariedades y poco sosegada la tormenta que han acompañado a la resolución de Francisco sobre las misas según el “vetus ordo” – yo diría el “atapuerquinus ordo” – de la celebración. Hace ya un tiempo publiqué en este mismo foro dos artículos (“El erotismo de la ritorrea” y “En esto no os puedo alabar”). En ambos desvelaba y denunciaba cómo se habían infiltrado en las parroquias de mi entorno ritos y gestos propios de la misa tridentina, poco acordes con la celebración comunitaria de la liturgia emanada del Vaticano II.

Tras la sentencia papal se han visto y leído tomas de posición que reflejan una alarmante ignorancia respecto al significado de la misa. Posiciones que solo se explicarían como producto de elucubraciones doctrinales más propias de debates teológicos que de cuestiones pastorales

A decir verdad, al menos con los restringidos datos que poseo, la polémica ha tenido escaso eco entre los cristianos de a pie, de a coche o de transporte público. Solo han reaccionado los aludidos ultras, los implicados en el asunto, quienes de hecho y de derecho debían enterarse y que han clamado al cielo. Imagino yo que habrán lanzado ese estentóreo clamor en latín para que Dios mejor los entienda, pues, como dicen algunos de ellos, “el latín es el insuperable, verdadero y único lenguaje con que la Iglesia se comunica con el Altísimo”.

Qué lejos me queda aquel niño que acudía asiduamente a “oír misa”, sin “entender de la misa la media”. Qué distante me resulta el rezo colectivo del “santo rosario”, como obligado pasatiempo, mientras el sacerdote, de espaldas a los lánguidos asistentes, murmuraba arcanas palabras y ejecutaba gestos ininteligibles. Qué tan lejos siento a aquel monaguillo que respondía atónito y vacilante al rutinario “introibo ad altare Dei” que reiteraba el cura al comienzo de cada misa.

Qué lejano me queda aquel entusiasta joven estudiante de “Sagrada Teología” en la unamuniana Salamanca, durante los sugestivos y prometedores años del Concilio Vaticano II. Hoy aquel niño es un abuelo longevo (¡¡cómo ha disfrutado con los nietos en el día de los abuelos!!), anciano que no se explica por qué se ha convertido en un viejo reaccionario. En síntesis, ¡cuán lejos han quedado tan arrinconados recuerdos y las incomprensibles y sombrías misas en latín y de espaldas! Agua pasada que ya no mueve molino.

Me pregunto qué horrendo atropello ha podido cometer Francisco, un papa tan atrevido como involucrado en la reforma de la Iglesia, al arremeter contra el suplantador rito. De hecho, el “Motu Proprio” no anula la celebración del rito tridentino. Francisco no está en contra de esta forma celebrativa. Lo que Francisco pide y busca con este documento es la sincera comunión y la verdadera unidad de la Iglesia para frenar la fragmentación que se ha acrecentado bajo un planteamiento, conducta y rigorismo seudo-ortodoxos. Se enarbola obstinadamente el argumento de la “sagrada Tradición”.

Pero, ¿cuándo empieza la “tradición eclesial”?, ¿en el Concilio de Trento? ¿Se trata de una “tradición” de la Iglesia o de una “traición” (sin la D de Dios) a la Iglesia? San Pío V no hizo ni más ni menos que organizar y armonizar los diversos ritos de la misa existentes hasta entonces en la Iglesia. Labor que ya habían llevado a cabo otros papas anteriores y que continuaron pontífices posteriores.

Cometido que abordó el Concilio Vaticano II, adaptando la liturgia eucarística al verdadero sentido comunitario de la “Cena del Señor”. El mismo Benedicto XVI asumió esta reforma litúrgica del Concilio Vaticano II y confirmó que el Misal Romano promulgado por Pablo VI es “la expresión ordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino”. Rito rechazado por mons. Lefebvre y sus fanáticos adeptos, como si el rito tridentino hubiera sido objeto directo de Revelación. (Me suena que san Juan Pablo II separó de la comunión eclesial a dicho reacio y rebelde monseñor). Algunos parecen situarse aún en una Iglesia imperial o de la “cristiandad”. El fondo no parece ser otro que el pretender desautorizar a Francisco y su voluntad de reforma.

No me resisto a airear el razonamiento de un comentarista, por lo que se palpa, acérrimo defensor del “vetus ordo”: “En el antiguo rito se expresan otros lenguajes con el color, el sonido, el gesto y el silencio. Color y signos de las vestiduras sagradas, el andar pausado y solemne, las genuflexiones, los golpes de pecho, la campanilla, la señal de la cruz, el incienso, las velas, las inclinaciones, las distintas posturas, que también ayudan a mantener la forma física, así como la mental de los que recitan las oraciones de memoria. Buena salud física y mental que tienen los asiduos de estas misas. En contraste con los pasmarotes de ahora. Muchas misas actuales se asemejan a reuniones, mítines, asambleas y actividades profanas.”

¡¡Profundas reflexiones teológicas las de este comentarista, orgulloso de su “salud mental”!! Omito su nombre por respetar su privacidad, aunque opino que sus justificaciones no merecen ningún respeto por ingenuas e infantiles. Según este testimonio, ¿qué nos queda de la Eucaristía como “Cena del Señor” o como “Banquete del Reino”, genuinas expresiones bíblicas? Así, la liturgia no pasaría de ser una exhibición de rutinarios gestos o burdos aspavientos incoherentes. A esto se le llama ritualismo, “funcionarios del rito”. ¿Qué sentido tiene esta alharaca? No se trata de una serie de ceremonias, ritos, palabras y gestos, sino de la expresión de las vivencias de la comunidad. A las «funciones” litúrgicas (entrecomillo “funciones” porque considero que estos gestos están más cerca del espectáculo teatral que de la celebración litúrgica) les sobran gestos y ceremonias. Se trata de una “puesta en escena”, lo que significa que “no es cena”.

¿Puede alguien imaginar a Jesús, al partir y repartir el pan en la Cena de despedida, acodarse sobre la mesa y, engolando la voz, pronunciar lentamente, como enigmáticas, arcanas o sibilinas, las palabras “Tomad y comed… tomad y bebed…”? ¿Puede alguien pensar que Jesús, en ese momento, ordenó arrodillarse a los presentes para adorar las “sagradas especies sacramentales”? ¿En qué cabeza cabe que Jesús ordenara a los sirvientes de la casa (léase monaguillos) que repicaran cascabeleras campanillas en ese momento tan “solemne”? Y es que algunos tienen tan poca cabeza que “no les cabe la menor duda”… No vamos a “oír misa”, ni el cura “dice la misa”. Vamos a “celebrar” la Cena del Señor. Celebración significa alegría, no “severidad”; participación, no “pasividad”.

En esta tormenta de verano descargada por estos cavernícolas empecinados, no se trata de salvaguardar tradiciones sino de la pura y dura supervivencia de la “especie”.

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