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Memoria subversiva de las víctimas frente a memoria amnésica-Memoria de las mujeres olvidadas(I) -- Juan José Tamayo, Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”. Universidad Carlos III de Madrid

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Tamayo3Este artículo tiene dos partes, que desarrollaré en sendas entregas. En esta primera propongo, siguiendo al filósofo de la Escuela de Frankfurt Walter Benjamin y al teólogo de la Teología Política Johan Baptist Metz, la necesidad de recuperar la memoria subversiva de las víctimas frente a la memoria amnésica de los victimarios. En la segunda aplicaré esta teoría a la de la memoria subversivas de las mujeres, que han sido las grandes olvidadas de la historia.

Razón moderna, olvidadiza y selectiva

La razón moderna es olvidadiza y selectiva. Tiende a considerar la historia como un progreso hacia adelante, olvidándose de cuantos pueblos y personas se quedaron al borde del camino y no pudieron seguir adelante en la marcha triunfal de progreso. Tiene propensión a recordar sólo aquellos acontecimientos que refuerzan el poder de los vencedores a costa de los vencidos. La memoria de la razón moderna es, por decirlo con un oxímoron, una memoria amnésica.

La Ilustración ajustó las cuentas con el saber racional procedente de Atenas, pero se olvidó del saber anamnético cuya cuna fue Jerusalén. Ese olvido quizá sea una de las causas del fracaso del proyecto ilustrado, que ha desembocado en un achicamiento de la razón, hasta reducirla a razón instrumental, científico-técnica, pragmática, calculadora, contante y sonante, etc., olvidándose de la razón compasiva, sensible, utópica, simbólica, que constituyen otras tantas dimensiones fundamentales de la racionalidad.

Algo parecido ha podido sucederle al cristianismo inculturado en la modernidad, que ha heredado solo una parte de su tradición, el componente racional y argumentativo del helenismo, dejando colgada en el perchero del olvido la herencia hebrea de la memoria y la narración. Ese olvido puede estar en la base de la crisis que aqueja hoy al cristianismo.

“Pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”

Walter Benjamin, intentó superar las carencias del proyecto ilustrado en relación con el tiempo y la historia, con la memoria y el recuerdo. Para él, articular históricamente lo pasado no significa conocerlo tal y como verdaderamente ha sido o como sucedió hasta en sus detalles más escondidos, sino “adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante del peligro. Sólo puede encenderse la chispa de la esperanza en lo pasado si se repara en que tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza” (tesis 6)1.

El pasado, para Benjamin, no se actualiza más que en la medida en que se interrumpe el flujo del presente. “La voluntad de interrumpir el curso del mundo era la voluntad más profunda de Baudelaire. La voluntad de Josué”. Es precisamente la voluntad de interrupción la que lleva derechamente a Benjamin a criticar con virulencia la idea de –más aún, la fe en el- progreso constante y homogéneo, porque desvía la vista de las víctimas y degrada el presente a simple lugar de paso.

El presente surge, según el filósofo de Frankfurt, de la vuelta a la noche del pasado, que nada tiene que ver con un retorno añorante, sino con la mirada salvadora dirigida sobre la noche de los vencidos. De ahí su propuesta de “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo” (tesis 7)2. Si algo nos enseña la tradición de los oprimidos, sobre la que se tiende a echar un tupido velo de silencio, no es que la regla sea el progreso homogéneo, sino “el ‘estado de excepción’ en que vivimos” (tesis 8)3.

Razón anamnética

El teólogo alemán Johan Baptist Metz, siguiendo a Walter Benjamin, ha querido curar a la razón moderna y al cristianismo de la enfermedad de la amnesia y, bebiendo en las fuentes del pensamiento bíblico y de algunos pensadores críticos de nuestro tiempo, propone un nuevo paradigma de racionalidad: la razón anamnética, centrada en el recuerdo de las víctimas, en la narración de sus sufrimientos, en la rehabilitación de la dignidad de la que fueron despojadas y en la recuperación y activación de sus luchas por la libertad y la liberación de los seres humanos y de los pueblos. Y eso en todos los terrenos: el político, el moral, el jurídico, el simbólico, el religioso, el personal, el colectivo, etc.

Pero no el recuerdo que vuelve la vista atrás con añoranza creyendo, con el poeta Jorge Manrique, que «cualquiera tiempo pasado fue mejor». Ni el recuerdo que considera el pasado como el tiempo ideal a repetir e imitar. Tampoco el recuerdo que se refugia perezosamente en lo «ya sido» o acontecido para repetirlo miméticamente en el presente sin aportar un ápice de creatividad a lo que hicieron nuestros antepasados. No es el recuerdo del pasado como restauración, ni como contemplación pasiva de las ideas eternas al modo de la anamnesis platónica4.

Memoria peligrosa

– Es, más bien, el recuerdo subversivo contra el orden establecido de antaño, que se reproduce en el presente; el recuerdo que derriba los cánones de las evidencias dominantes, sabotea estructuras consideradas respetables y bien fundadas, evita la reconciliación precipitada con los “hechos, libera de los mecanismos de la conciencia dominante y de su ideal abstracto de emancipación, dice “no” y posee un fuerte contenido de futuro bajo el signo de “otro mundo es posible y necesario”.
– Es la memoria peligrosa, que mira al pasado en demanda de justicia para las víctimas, cuestiona los cánones de las evidencias dominantes y se muestra incompatible con la realidad «dada». Es la mirada crítica al pasado para disentir y decir «no».
– Es, en fin, el recuerdo que piensa el futuro no cansinamente como continuación del pasado, sino imaginativamente como aparición de lo nuevo, dentro de la mejor tradición bíblica: nuevo cielo y nueva tierra, nueva creación, mesianismo, esperanza, promesa, paz y justicia, reconciliación con la naturaleza, etc.

El recuerdo así entendido se convierte en fuerza liberadora. La historia entendida como historia del sufrimiento hecho recuerdo conserva la forma de “tradición peligrosa”. La destrucción del recuerdo es una medida típica de la dominación totalitaria. Cuando a los seres humanos se les quitan los recuerdos, comienza su estado de esclavitud.
Metz llama a “luchar por la memoria”, por el saber rememorativo con referencia a los sujetos, entendidos no en abstracto sino como víctimas reales, intentando extender la democracia hacia atrás , “solicitando de esa manera –en expresión de Benjamin- el voto de los muertos, como en parecidos términos ya postulara G. K. Chesterton”.

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