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Meditación sobre Irak -- José M. Castillo, teólogo

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josemariacastillo

Es evidente que la guerra de Irak no ha sido, primordialmente, una guerra de religión. Pero nadie duda, a estas alturas, de que la religión ha jugado un papel importante en esta guerra. En ella ha sido determinante la “razón de estado” (M. Weber). Pero, como bien dijo el mismo Weber: todo esto, “desde el punto de vista religioso, aparece casi irremediablemente sin sentido”.

Y no sólo sin sentido, sino sobre todo la mayor aberración que se puede cometer. La fe religiosa no se defiende a cañonazos. Ni las herejías se destruyen con bombas y misiles. Todo lo contrario: cuando las creencias religiosas se sienten amenazadas, por eso mismo se hacen más fuertes y se radicalizan hasta el fanatismo de quienes dan su vida por la fe.

Los talibanes son hoy más radicales y fanáticos que antes de empezar la guerra. Se puede discutir quién ha perdido esta guerra, si la cosa se mira desde el punto de vista de la “razón de estado”. Pero si todo esto se piensa desde el punto de vista de la “razón religiosa”, sin duda alguna, quien ha perdido la guerra ha sido el poderoso invasor cristiano. Para nadie es un secreto que, como religión, el islam está hoy más fuerte y tiene más fuerza de expansión que el cristianismo.

Y aquí empieza mi meditación. Es un dolor indecible, un horror, una vergüenza, que hayan muerto más de cien mil criaturas inocentes, ¿para qué? A eso hay que sumar los mutilados, los desplazados, los huérfanos, las gentes sin casa, sin familia y sin futuro de los que nadie se acuerda y en los que nadie piensa, ¿para qué? Más de cinco mil soldados muertos, que son otras tantas familias destrozadas, ¿para qué? ¡Y todo esto se ha hecho, de una y otra parte, en nombre de Dios! Sadam Husein era una tirano.

Pero, para acabar con una tiranía, ¿ha sido necesaria tanta brutalidad y tanta sangre? ¿Y nos quejamos de que haya cada día más gente que no quiere saber nada de Dios y menos aún de la religión, de sus teólogos y sacerdotes? Siento en mi piel un frío de muerte cuando leo y releo la plegaria que miles de “Círculos presidenciales de oración” han rezado, día y noche, durante la guerra, en Estados Unidos, : “Señor, ten nuestras tropas en tus manos amorosas. Protégelas como ellas nos protegen. Bendícelas a ellos y a sus familias, por las acciones altruistas que realizan, por nosotros en nuestro tiempo de necesidad. Esto te pido en el nombre de Jesús, nuestro Señor y Salvador. Amén”.

Estoy seguro de que quienes rezaban esta oración, ponían en ella lo mejor de su buena voluntad. Y así expresaban su fe y sus convicciones religiosas. Pero, por eso mismo, todo este penoso asunto me da mucho que pensar. Pienso que la religión es un excelente instrumento de engaño, que, hábilmente utilizado por los mentirosos que tienen poder, puede resultar letal para los débiles. Me da miedo pensar que yo también puedo estar utilizado este patético instrumento de engaño.

Y pienso, sobre todo, que todos necesitamos purificar nuestras propias ideas religiosas. Es muy fácil ahora culpar a Sadam o culpar a Bush. ¿Qué conseguimos con eso? ¿No es más sensato ponernos todos a purificar nuestras creencias religiosas, nuestras xenofobias y el racismo visceral que muchos de nosotros llevamos inoculado en la sangre de nuestras ideas?

Karen Armstrong termina así su excelente libro “La Gran Transformación”: “El sufrimiento resquebraja un tipo de teología racionalista y limpia. La visión terrorífica y confusa de Ezequiel era muy distinta de la ideología más racionalista de los deuteronomistas. Auschwitz, Bosnia y la destrucción del World Trade Center revelan la oscuridad del corazón humano.

Hoy en día vivimos en un mundo trágico donde, como sabían los griegos, no hay respuestas sencillas; el género de la tragedia exige que aprendamos a ver las cosas desde el punto de vista de otras personas. Si la religión trae algo de luz a nuestro mundo roto, necesitamos, como sugería Mencio (el gran místico de las Upanishadas, en el mundo de los Vedas), ir en busca del corazón perdido, del espíritu de compasión que se halla en el núcleo de todas nuestras tradiciones”.

Artículo publicado el 22-08-10 en El Ideal

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