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Médicos sin Fronteras denuncia en Cádiz las injerencias en su trabajo -- Pedro Ingelmo

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Diario de Cádiz

El presidente español de la organización acusa a las intervenciones internacionales en los lugares en conflicto de abandonar a su suerte a grandes bolsas de población civil por motivos políticos

«Médicos sin Fronteras no es una organización pacifista. Aceptamos que las guerras existen y vamos allí, nos agachamos y trabajamos. No estamos en contra de la fuerza si se utiliza para proteger a la población civil». José Antonio Bastos, presidente en España de una de las ONG’s más admiradas del mundo, Médicos sin Fronteras, no estuvo anoche en el Foro Cádiz, organizado por Cajasol, Casino Gaditano y Diario de Cádiz, para hacer una cuestación ni para contar batallitas. Bastos estuvo en Cádiz para realizar una denuncia dramática y nada complaciente, para contar la verdad. Bastos estuvo en Cádiz para decir que cientos de miles de personas que no deberían morir mueren de guerras, hambrunas y enfermedades porque los países de Occidente enfocan lo que ellos llaman ayuda desde sus intereses políticos y económicos. Así de sencillo. El es testigo desde hace más de veinte años trabajando en los peores lugares del mundo, él lo ha visto.

Pero Bastos, un médico de voz pausada que se estrenó en el éxodo kurdo entre Turquía e Irak en 1991, no es objetivo. «Yo tengo una visión sesgada del mundo: sólo conozco lo peor. Médicos sin Fronteras nació hace 40 años en la Guerra Fría independiente de la manipulación política. El compromiso era no callar. No sólo somos profesionales de la salud, somos testigos. Y nuestro 40 aniversario no es motivo de orgullo. Somos el molde negativo de la Humanidad. Que crezcamos, y no paramos de crecer, no es una buena noticia para el mundo».

Con este enfoque novedoso de lo que es la tarea de estos más de 25.000 profesionales en el mundo en el que no hay lugar para el autobombo, sino sólo para la desolación, no era extraño que Bastos iniciara su conferencia en el Casino Gaditano con un reconocimiento humilde de sus limitaciones: «El mundo está lleno de situaciones malas, tremendamente malas, peores y tremendamente peores. Nosotros hacemos una selección gradual de dónde es más necesario intervenir con nuestros medios partiendo de ese panorama. No tenemos soluciones, ni modelos de gobierno, ni modelos económicos. Intentamos que unos miles de personas sobrevivan en Somalia o en Haití para que luego puedan decidir lo que hacen con sus vidas».

No es siempre posible. Hablando de lo tremendamente peor, no hubo una situación más angustiosa para Bastos que la que se produjo en Ruanda en 1994. Cientos de miles de civiles fueron asesinados a machetazos en el abril de ese infausto año ante la indiferencia internacional. «No salimos muy bien paradas las ONG’s que estábamos allí, como si nosotros pudiéramos parar un genocidio». Decidió hacerlo la comunidad internacional y puso un bonito nombre a su operación: Operación Turquesa. 2.500 soldados franceses ocuparon la frontera suroeste del país, actuando como tapones en la huida de los tutsis a manos de hutus radicales.

La Operación Turquesa sirvió a Bastos de ejemplo de lo que él llamó «proliferación de guerras humanitarias», aquellas en las que una tercera fuerza no actúa como ejército de interposición para proteger a los civiles, sino que se alía con una de las partes «oficializando un rol» benefactor con gran fanfarria propagandística. «Sucedió en la guerra de Libia y el resultado fue que Gadafi no nos dejó entrar por considerar que formábamos parte de un ejército que apoyaba a sus rivales», explicó el presidente de Médicos sin Fronteras.

Otros aspectos bienintencionados que entorpecen la tarea de Médicos sin Fronteras es el uso de los ejércitos como contingentes humanitarios. De hecho, lo expresó Colin Powell, secretario de Estado con George Bush, a la perfección: «Las ONG’s son el brazo multiplicador de nuestra acción militar». Y los talibanes no necesitan muchas provocaciones para tomarse su dinámica de guerra a la tremenda. Cinco miembros de MSF fueron asesinados en 2008 en Afganistán. «Pagamos un precio muy alto, pero sobre todo las poblaciones necesitadas de ayuda». Esto sucede cuando se confunde al Ejército con el samaritano: «Los médicos militares saben curar heridas de bala, nosotros sabemos atender a cientos de personas que huyen de una colina comidos por la malaria».

Un tercer aspecto denunciado por Bastos es «la politización de la ayuda humanitaria, que acaba siendo parte del conflicto». Un ejemplo palmario y dramático se produjo en Haití tras la devastación del terremoto, donde el presidente de Médicos Sin Fronteras también estuvo destinado. «Sólo se desembolsó el 10% de la ayuda humanitaria recibida a la espera del resultado de las elecciones, para saber si salía el candidato que deseaban los países donantes. Eso puede estar bien para pintar fachadas, pero no cuando lo que hace falta es agua potable». Lo mismo sucedió con la población civil del sur de Somalia, cuya restricción de ayuda por encontrarse en la zona equivocada los abocó a una catástrofe alimentaria muy superior a la que hubieran sufrido si se hubiera permitido la llegada de ayuda a esos territorios, o al finalizar la guerra de Angola, donde los habitantes del reducto del bando perdedor afrontaron una situación «apocalíptica».

Y la guinda a este listado de despropósitos lo protagoniza Estados Unidos, que ha criminalizado la ayuda humanitaria. En el caso de que una ONG norteamericana entregue alimentos a civiles que habiten un lugar considerado como susceptible de dar amparo a terroristas se considerará que ha cometido un crimen federal.

«Es necesario concienciar y movilizar para que estas cosas cambien. No podemos llegar a inmensas bolsas de miles de personas que sufren la hambruna no por la naturaleza de los conflictos, sino por las trabas que nuestra propia sociedad nos pone». El de Bastos fue uno de los discursos más duros que se han escuchado en el Foro Cádiz, pero con el valor de que salía de boca de un testigo, de un hombre que conoce los estragos de la malnutrición, de un hombre al que se le han muerto demasiados niños devorados por el hambre en sus brazos.

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