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Medellín, rumbo hacia la liberación (I) -- Juan-José Tamayo, Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III de Madrid.

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Tamayo3A lo largo de varios artículos voy a analizar la significación histórica de efemérides tan significativa como la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrada en Medellín (Colombia) hace 50 años, que inició un nuevo paradigma teológico y eclesial, puso a la Iglesia latinoamericana rumbo a la liberación y convirtió el cristianismo liberador del continente en referente necesario e irrenunciable para las iglesias cristianas de todo el mundo, especialmente para las Iglesias del Sur Global, con importantes repercusiones en los diferentes campos del saber –ciencias sociales y políticas, antropología, teología-, y del quehacer humano -político, económico, social, cultural y religioso-. Iré dando información precisa y detallada, asimismo, de mi participación en algunos de congresos sobre Medellín en los que participaré en Quito, Medellín y Bogotá.

Medellín: cambio de paradigma eclesial

¿Acontecimiento perdido en la noche de los tiempos?

Han pasado cincuenta años de la celebración de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en Medellín (Colombia) Algunos pensarán que se trata de un acontecimiento del pasado, perdido en la noche de los tiempos, que nada tiene que aportar o decir hoy, y menos aún de cara al futuro. Y lo mejor que puede hacerse es dejarlo en manos de los historiadores para que lo incluyan en sus historias de la Iglesia latinoamericana como momentos puntuales de su itinerario, pero nada más. Quienes así opinan creen que hay que olvidarse de dicha efemérides y mirar hacia adelante intentado responder a los nuevos desafíos que nos depara el cambio de época que estamos viviendo. Así piensan algunos sectores cristianos posmodernos.

¿Pesadilla de la que hay que liberarse

Habrá quienes crean que Medellín fue una pesadilla que ha durado demasiado tiempo y de la que ya es hora de liberarse, o de una página incómoda del calendario “liberacionista” que hay que arrancar o pasar deprisa, para volver a la Iglesia de Cristiandad, donde todo estaba en su sitio: los religiosos y religiosas practicaban la obediencia; los teólogos seguían las orientaciones del magisterio eclesiástico; los cristianos acataban sumisamente las directrices de sus pastores hasta en sus más mínimos detalles; las verdades de la fe eran incontrovertibles; la Iglesia se dedicaba a cultivar su parcela religiosa, sin injerirse en la vida política y social, y menos aún en la economía, como hace ahora sin ton ni son.. Así pensarán algunos sectores cristianos que identifican –o al menos asocian- el cristianismo con el modelo de cristiandad.

¿Control de la aplicación de Medellín?

No faltarán quienes sigan recordando y citando a Medellín con profusión, pero haciendo de dicho acontecimiento una interpretación preconciliar y antiliberadora y controlando su aplicación para evitar -dicen- que se vaya más allá de donde quiso llegar aquella Conferencia. Es una posición netamente eclesiástica, que consiste en citar los documentos reformadores del magisterio papal y episcopal, pero dándoles hábilmente la vuelta y haciéndoles decir justamente lo contrario a lo que dicen. Así opera un importante sector conservador dentro de la Iglesia hoy.

Importancia de Medellín, ¿solo para América Latina?

Otros reconocerán la importancia y significación especiales de Medellín, pero limitándolas a América Latina y creyendo que sus planteamientos poco o nada pueden aportar a otros continentes donde la problemática y los desafíos son diferentes. En el fondo se trata de una postura autosuficiente que no admite lecciones de nadie, porque cree que las suyas son las mejores. Y, en el caso de América Latina, con más motivo, ya que -se dice- fue un continente «descubierto» (¿?) y «evangelizado» por nosotros (¿?). Además, es pobre en todos los aspectos y poco puede enseñarnos en ninguna materia. Vuelve a repetirse la reacción de sus conciudadanos ante Jesús: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?».

Medellín, entrada en la mayoría de edad de la Iglesia latinoamericana

Mi punto de vista difiere sustancialmente de las posiciones que acabo de describir. Medellín es uno de los acontecimientos más relevantes del cristianismo latinoamericano en toda su historia. Es la entrada en “la mayoría de edad de la Iglesia latinoamericana”…, el acta de nacimiento de una Iglesia adulta. Las viejas cristiandades protectoras deberán tomar nota de este acontecimiento. América Latina se ha descubierto a sí misma, ha comprobado el vigor interno y la radical originalidad que ya intuía, y es de esperar que en adelante querrá ver respetado el gozoso descubrimiento de su propia personalidad”1.

Cambio de rumbo

En Medellín se pasó del paradigma de una Iglesia colonial a una Iglesia liberadora. A ello cabo añadir como elemento fundamental de su significación histórica que tuvo importantes repercusiones en todos los ámbitos de la vida de ese continente más allá de la esfera religiosa: social, político, económico, cultural, étnico, y en otros entornos religiosos geoculturales y políticos, más allá de América Latina.
En otras palabras, cambió el rumbo de la Iglesia latinoamericana, que venía de una larga etapa de cristiandad colonial, orientándola hacia la liberación y el diálogo interreligioso en un continente caracterizado por un amplio pluriverso étnico y religioso. La liberó de la vieja hipoteca colonial y le devolvió la faz profética de los grandes evangelizadores defensores de las comunidades indígenas: Bartolomé de Las Casas, Antonio Montesinos, Antonio Valdivieso, Vasco de Quiroga, etc. Se dejaron oír en toda su radicalidad las voces de estos profetas a través de las intervenciones de los proféticos obispos latinoamericanos reunidos en aquella memorable Asamblea, que inauguraron un nuevo magisterio social bajo la guía ético-evangélica e la opción por los pobres. .
Medellín constituye una referencia obligada para los países latinoamericanos porque defiende sin ambages los derechos humanos al tiempo que denuncia sus violaciones, propicia la democratización del continente al tiempo que critica las tendencias dictatoriales, aboga por un modelo de desarrollo solidario al tiempo que critica al capitalismo, devuelve a esos países a sus propias raíces e identidades culturales, al tiempo que los orienta hacia la nueva civilización que entonces estaba gestándose.

Vigencia de Medellín

El mensaje de Medellín no sólo no está superado, sino que en muchos aspectos se ha quedado en el papel y no se ha puesto en práctica. Peor aún, el propio Vaticano, con el apoyo de influyentes sectores de la jerarquía eclesiástica latinoamericana, e incluso del Pentágono, no cesaron de obstaculizar su proyecto liberador y de denunciar a quienes, fieles al magisterio episcopal latinoamericano y al Vaticano II, intentaron convertirlo en criterio de su reflexión teológica y de su actuación pastoral.
Yo creo que los documentos de Medellín siguen siendo, todavía hoy -y lo serán más en el futuro-, una buen programa para la renovación de las instituciones eclesiales, un aliciente para continuar la reflexión teológica de la liberación en sus diferentes y creativas tendencias y una buena guía para la regeneración de la vida política y de la actividad económica en América Latina. Conserva, por tanto, la misma actualidad o mayor que cuando se celebró. Eso sí: sus textos deben ser leídos, interpretados y actualizados mirando al futuro y atendiendo a los cambios producidos en el mundo y en las propias sociedades del continente en los cincuenta años siguientes a su celebración.
Diría más: Medellín anticipó en treinta años la entrada de la Iglesia latinoamericana en el siglo XXI. De no haber sido por aquel encuentro episcopal, aquella Iglesia se hubiera quedado no ya en el siglo XX -donde cultural y religiosamente apenas estuvo-, sino en el XIX.

Lectura del Concilio Vaticano II a luz de la realidad latinoamericana

Juan XXIII: Iglesia de los pobres

Al finalizar el Concilio Vaticano II, el obispo chileno Manuel Larraín, entonces presidente del CELAM, tuvo la feliz idea de celebrar un encuentro de obispos latinoamericanos para analizar la realidad del continente desde la perspectiva del Vaticano II. “Lo que hemos vivido –afirmaba, es impresionante, pero si en América Latina no estamos atentos a nuestros propios signos de los tiempos, el Concilio pasará al lado de nuestra Iglesia y quién sabe lo que vendrá después”.
Aquella idea se materializó en la celebración de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrada en la ciudad colombiana de Medellín en1968, que tuvo el acierto de asumir la propuesta que hiciera Juan XXIII en vísperas del Concilio: “La Iglesia se presenta para los países subdesarrollados, como es y quiere ser: como la Iglesia de todos y, particularmente, la Iglesia de los pobres”. Fue en Medellín donde cobraron sentido y tuvieron su concreción histórica la opción por los pobres y el diseño de una Iglesia de los pobres.
De hecho, la intención de la Conferencia de Medellín era aplicar la reforma conciliar de la Iglesia a la realidad latinoamericana, como estaban haciendo otras iglesias nacionales. Pero en el caso de América Latina, observa certeramente Gustavo Gutiérrez, el contacto con la realidad invirtió la orientación de la Asamblea episcopal y el resultado fue: la Iglesia del Vaticano II a la luz de la realidad latinoamericana”2.

Aplicación creadora del Vaticano II

Sucedió entonces que Medellín acogió y aplicó el Concilio no miméticamente, sino con fidelidad creadora, extraordinaria madurez y e inusitada originalidad. Siguiendo el análisis de Jon Sobrino, puede afirmarse que el Vaticano II hizo posible Medellín y este a su vez potenció a aquel, lo enriqueció e incluso lo transformó al descubrir y hacer realidad sus virtualidades, algunas de ellas previstas y otras imprevistas3.
Gracias a Medellín, el Vaticano II tuvo en América Latina una buena acogida en el pueblo creyente que vio en el Concilio una esperanza popular para la transformación eclesial y la liberación de los pueblos oprimidos. Medellín interpretó el Concilio como una llamada a la mayoría de edad eclesial y como una invitación a asumir la propia realidad, a vivir la fe en su propio entorno y momento histórico y a hacer teología contextual.

Injusticia estructural y dolorosa pobreza

En su análisis de la realidad, constata “la existencia de tremendas injusticias sociales en América Latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza cercana en muchísimos casos a la inhumana miseria” (La pobreza en la Iglesia, n. 1). Son millones los seres humanos que se encuentran marginados y excluidos de la sociedad y no son dueños de su propio destino. Se trata de un hecho colectivo de gran magnitud que Medellín califica de “injusticia que clama al cielo” (Justicia, 1), de un “sordo clamor” que “brota de millones de hombres (sic)” que esperan “una liberación que no les llega de ninguna parte” (La pobreza en la Iglesia, n. 2).

Anhelo de liberación de toda servidumbre, en el umbral de una nueva época histórica

La constatación de la injusticia estructural, empero, no impide ver los signos de esperanza. Muy al contrario. Medellín es consciente de que América Latina se encuentra “en el umbral de una nueva época histórica… llena de anhelo de una emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de madurez personal y de integración colectiva”. Si de la situación de pobreza dice proféticamente que es una injusticia que clama al cielo, de los signos de esperanza de liberación afirma que son “un evidente signo del Espíritu” y descubre en la voluntad de transformación “las huellas de la imagen de Dios en el hombre (sic) como un potente dinamismo”. Por eso sus análisis críticos de la realidad no son iconoclastas ni catastrofistas, sino abiertos a la esperanza de transformación.

Autocrítica

Los obispos reunidos en Medellín fueron sensibles a dicha situación e hicieron autocrítica reconociendo su responsabilidad no pequeña en dicha situación por el anti-testimonio de la jerarquía, el clero y los religiosos, a quienes los pobres ven como “ricos y aliados de los ricos” y “sienten que sus obispos, sus párrocos y religiosos no se identifican realmente con ellos, con sus problemas y angustia, que no siempre apoyan a los que trabajan con ellos o abogan por su suerte” (La pobreza en la iglesia, n. 3).
No puedo ocuparme aquí de los aportes de Medellín en todos los campos. En los próximos artículos me centraré en tres: las Comunidades eclesiales de base (CEB), la reflexión teológica y la crítica del colonialismo.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III de Madrid y profesor invitado en numerosas universidades europeas, africanas, latinoamericanas y estadounidenses. Sus libros más recientes son: La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso (Tirant Lo Blanch, Valéncia, 2011, 2ª ed.); Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, Barcelona, 2013); Ignacio Ellacuría. Utopía y teoría crítica (codirector con Luis Alvarenga, Tirant Lo Blanch, València, 2014); Religión, razón y esperanza. El pensamiento de Ernst Bloch (Tirant Lo Blanch, València, 2015, 2ª ed.); San Romero de América. Mártir por la justicia (Tirant lo Blanch, València, 2015); Invitación a la utopía (Trotta, Madrid, 2016, 1ª reimpresión); La utopía, motor de la historia (Fundación Areces, Madrid, 2017); Teologías del Sur. El giro descolonizador (Trotta, Madrid, 2017); ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, Madrid, 2018); Dom Paulo testimunhos e memorias sobre o Cardeal dos Pobres (editor y coautor con Agenor Brighenti), Paulinas, Sâo Paulo, 2018).

Pueden adquirirlos en la librería Meta Librería: info@metalibreria.com

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