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Me da pena la Iglesia -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

Me da pena esta Iglesia. Lo confieso públicamente: siento mucho dolor interior por lo que está ocurriendo en ella. Cuando más arrecian las denuncias públicas de tribunales de justicia de países muy diversos, desde Chile a Canadá, desde Estados Unidos a España; y cuando sabemos que se trata de abusos humillantes contra criaturas inocentes, abusos que vienen siendo sistemáticamente ocultados, ante la justicia y ante la opinión pública, por decisiones emanadas desde la más alta cúpula de la Iglesia católica, ayer, domingo de Pascua de Resurrección, el cardenal Angelo Sodano le dijo en público al Papa: «La Iglesia está contigo, dulce Cristo en la tierra».

Y añadió el mismo cardenal: «Contigo están cardenales, obispos, 400.000 sacerdotes y la gente que no se deja llevar por chismorreos y murmuraciones».

Esto es lo que me produce una tristeza muy honda. Porque – lo digo una vez más – la Iglesia es para mí muy importante. Y la quiero con toda mi alma. Lo que pasa es que, según viene enseñando el papado desde hace siglos, la Iglesia no es sólo el Papa, sino todo el pueblo creyente en Jesucristo. En esta Iglesia, en la que somos más de mil millones los creyentes en Jesús, muchas criaturas indefensas e inocentes han sido víctimas de abusos horribles, que son delitos muy graves.

Pero ahora vemos con estupor que, si el cardenal Sodano tiene razón, el clero está, no con quienes han sido víctimas de los citados abusos, sino con la suprema autoridad que ha impuesto silencio ante esos abusos. El Papa es el «el Santo Padre». Padre, ¿de quién? Todos los católicos le llamamos «Padre». Pero, ¿no es lo más lógico, lo más razonable, lo más humano, que un padre esté junto a sus hijos más débiles, los más humillados, los más escandalizados? ¿Qué es lo que de verdad le importa al papado y a sus obispos: la imagen pública del papa o defender a criaturas indefensas cuya dignidad y cuyos derechos han sido humillados y pisoteados?

Yo me pregunto, con ansia y estupor: ¿a dónde va esta Iglesia? ¿qué credibilidad le queda? ¿con qué autoridad moral puede hablar ahora de honradez, sinceridad y transparencia ante el mundo y ante la sociedad? Si le importa más su propia imagen y su propio prestigio que los derechos de los que han sido atropellados por sus propios dirigentes (curas, religiosos, obispos que han ocultado a los delincuentes…) ¿cómo vamos a poder ver en esta institución al «cuerpo de Cristo» y vamos a poder escuchar en su voz la palabra de Jesús?

Me cuenta mucho creer que la Iglesia es «Madre». Porque una buena madre, de lo primero que se preocupa es de sus hijos más débiles y más desprotegidos. ¡Por favor!, que no nos digan más que esta Iglesia, que habla así en público, es nuestra madre. Al decir esto, ofenden a todas las madres de esta tierra. Y que no nos repitan más que los trapos sucios se lavan en casa y no se airean en la calle. No y mil veces no.

Aquí hay en juego algo muy grave: miles de criaturas destrozadas y la autoridad de la Iglesia por los suelos. ¿No ha llegado la hora de que Benedicto XVI dimita? ¿No demuestra esto que la Iglesia entera tiene que afrontar esta situación de otra manera? ¿No está quedando patente que la Iglesia está siendo gobernada por hombres incompetentes que se aferran al infantil pretexto de «quedar bien» y no se dan cuenta del precipicio ante el que está abocados?

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