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MANIFIESTO POR LA TRANSPARENCIA DE LA IGLESIA. SIETE TESIS. Xavier Pikaza

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Xavier Pikaza

Había comenzado este motivo de la transparencia (en Religióndigital queriendo defender a un cardenal a quien se se acusaba de manipulador o «retocar» los Documentos de Aparecida. Después he ampliado el abanico, no para “extender la basura” y acusar a todos, sino para situar el problema en su lugar, en el sistema o forma de gobierno de la Iglesia.

Hoy quiero completarlo presentando siete tesis simples y luego siete más complejas, sobre la transparencia en la Iglesia. No quiero condenar, pero me gustaría que la copa de la iglesia fuera transparente: agua clara, vino bueno, fiesta de amor. Por eso ofrezco un manifiesto,poniendo en público estas tesis (primero siete más simples; luego siete más complejas), queriendo que sirvan como punto de partida para crear entre todos una Iglesia mejor.

Introducción

Los «ocultamientos» de Aparecida son una simple gota que rebosa de una «copa» que corre el riesgo de volverse opaca, de ocultar el evangelio… El tema se ha destapado con ocasión de los documentos del CELAM (¿queriendo manejar desde arriba una iglesia que algunos juzgan aún menos madura?),pero es mucho es mucho más hondo y está vinculado con la misma raíz del evangelio. De ese tema (de la transparencia amorosa de los amigos de Jesús depende el futuro de la Iglesia. Miren la copa, por favor. Vean si puede ser copa de Eucaristía… (la palabra de la vida compartida) o la copa de la Prostituta de Ap 17, 4 (cuyo tema no me atrevo ni siquiera a citar aquí). Por ahora basta la referencia en general. Otos días, si hay personas interesadas, podemos hablar de temas concretos de transparencia o falta de transparencia en la Iglesa:

¿Es transparente el nombramiento de cardenales?
¿Es transparente el modo de nombramiento de los obispos?
¿Es transparente la gestión del dinero de la Iglesia?
¿Es transparente la orgaización y gestión de Vaticano?
¿Es transparente la organización de diócesis?
¿Es transparente la vida del conjunto de los ministros de la Iglesia?
¿Es transparente la forma de juzgar a algunos teólogos?
¿Es tranparente la forma de promover movimientos eclesiales…?
¿Es transparente…?

Dejo la lista así. Quien quiera la puede ampliar. Yo he tratado de ella en mi libro sobre el Papa. Debo arirmar que la Iglesia tiene lugares de traspaencia asombrosa y ejemplar… Ministros oficiales, religisos y religiosas, multitud de creyentes que son ejemplo asombroso de trasparencia. Pero, quizá, la impresión de conjunto, en esos temas y en otros, no es la trasparencia. Por eso planteo el temma. Amigos, con esa copa de la imagen, sobe el mar, quiero brindar por la trasparencia de la Iglesia a la que amo:

Siete tesis más simples

1. Dios es comunicación o revelación, es decir, transparencia. Podemos llamarle amor, podemos llamarle valor, podemos llamarle dignidad y es todo eso. Pero en su realidad última, como dice el evangelio y ha puesto de relieve toda la teología, desde San Pablo hasta el Vaticano II (Dei Verbum), Dios es aquel que se ha revelado y se revela en amor, sin secretos manipuladores (Dios es auto-revelación, auto-manifestación). Creer en Dios es creer en la Palabra (en la comunicación).

2. La comunicación de Dios es amorosa, como sabe Jn 15, 14: “Sois mis amigos si hacéis lo que os mando”, es decir, que os améis unos a otros. Éste es el único mandato, la única verdad: podéis amaros, quiero que os améis. En esta línea, sigo diciendo que Dios es poder de amar o, quizá mejor, voluntad de amor: poder amarse. Quien cree en el amor que se comunica cree en Dios (aunque no le llame con ese nombre); quien dice creer en Dios, pero no cree en la comunicación amorosa se engaña (cf 1 Jn 4, 20).

3. La Iglesia es (=ha de ser) transparencia de amor. Por eso os llamo amigos, porque no os he ocultado nada, sino que lo he compartido todo con vosotros (Jn 15, 15). En otros lugares se ocultan las cosas, por presiones económicas (secretos bancarios), políticas, sociales… En contra de eso, la iglesia es transparencia. Si algo se oculta en la iglesia, ella no es Iglesia (ella no cree en Dios, aunque utilice el nombre de Dios).

4. La Iglesia es (=ha de ser) amor hecho palabra, amor que se dice y comparte siguiendo el modelo de Jesús (cf. Mc 4; Jn 1), como ha dicho la carta a los efesios: “haciendo la verdad en el amor” (Ef 4, 15). Por eso, allí donde alguno retiene la palabra y la maneja para servicio propio deja de ser Iglesia. Allí donde alguna domina sobre los demás utilizando palabras ocultas, “secretos” a su servicio, deja de ser iglesia. En ese sentido, la única “política” (entendida como manejo de informaciones secretas) es no tener política. Los posibles “secretos” de algunas posibles “Congregaciones Sagradas” del Vaticano o de otras Iglesia… son secretos anticristianos. Sólo puede haber reforma de la Iglesia si se dice y se conoce todo, en amor…

5. La Iglesia es (=ha de ser) Palabra y amor Católico, es decir, universal. Su amor-palabra es de todos, para todos. Por eso, allí donde algunos dicen estar al servicio de la palabra, pero manejándola desde arriba, como si tuvieran autoridad sobre ella, sabiendo cosas que otros no saben o manejando informaciones que otros no tienen, ellos dejan de ser Iglesia. Allí donde algunos se hacen “jerarquía superior” que maneja y distribuye desde arriba la Palabra, como si fuera un coto de dominio propio, ellos dejan de ser Iglesia de Jesús. Los que dicen que saben más… y desde ese “saber más” mandan sobre los otros, en realidad saben menos, pues ignoran el principio del amor.

6. La Iglesia es amor que no juzga, conforme a la palabra de Jesús (Mt 7, 1 par). Por eso, no pueden juzgar los que parecen estar arriba, es decir, los que parecen mandar, conforme a la imagen de la iglesia zebedea (cf. 10, 42). Pero tampoco pueden juzgar los que están abajo (o parecen estar abajo). Por eso, en cristiano, no podemos juzgar a las personas, a ninguna (ni en este caso de las posibles manipulaciones de Aparecida); pero debemos destruir un sistema que parece fundado en el secreto de algunos y que impide el amor de todos (como hizo Jesús con el sistema del Templo de Jerusalén).

7. La iglesia es la palabra de amor que se extiende y propaga desde los creyentes, que escuchan la palabra y la ponen en práctica, desde la base, desde la humanidad (cf. Mc 4, 1-9)… Iglesia son los que acogen la Palabra y aman, ellos mismos, desde abajo, desde el nivel de la tierra, sin pedir permiso a nadie, porque Dios mismo les da no sólo rl “permiso”, sino la riqueza de la Palabra. Nadie en este mundo tiene que “darles” la palabra, pues la tienen por sí mismo, por Jesús, en comunión de amor. Por eso quiero que “toman” la palabra y la expandan y comuniquen, desde abajo, con amor, todos los cristianos. Que se haga un nuevo Aparecida, desde los mismos fieles, en la vida concreta. Que se construya iglesia, desde los creyentes, desde abajo, creando redes de amor. En esas redes sigue teniendo sentido y es necesaria una función de coordinación amorosa, como la que Jesús encargó a Pedro en Jn 21.

Siete tesis más complejas

En las tesis anteriores he querido expresar el sentido y despliegue la autoridad de la verdad (Jn 8, 32), en línea de comunicación y transparencia compartida. Desde ese fondo, quiero ofrecer otras tesis ya más complejas sobre los dos modelos de poder, vinculados a la Palabra: uno es propio del esquema señor-siervo (donde se oculta la Palabra y se maneja el secreto; otro es el modelo del amor mutuo (en libertad y comunicación transparente). Vuelvo así a decir lo mismo que ya he dicho, pero en un contexto de reflexión más complejo. El que ha leído lo anterior y lo ha tomado como punto de partida para su posible reflexión puede dejar aquí el post.

1. Hay un Poder del secreto y se expresa en la dictadura religiosa y social. El esquema señor-siervo, que ha sido analizado desde una perspectiva social, política y económica desde Hegel (Fenomenología del Espíritu, cap. 4º) y Marx., es poder de imposición. Señores son aquellos que mandan porque saben más, sin que tener razonar, ni compartir su «secreto» con los subordinados, que son siervos. Pueden actuar con apariencia bondadosa (como los sabios de la República de Platón o de la Jerarquía Eclesiástica de Dionisio Areopagita), pero es en el fondo una dictadora, pues los que mandan emplean su mayor conocimiento para imponerse a los demás; interpretan el poder como saber superior, que sólo ellos poseen, y lo ejercen manejando el secreto, sin ser trasparentes o decir la verdad de lo que hacen.

Quienes saben así pueden, es decir, tienen poder, pues saber es poder; quienes manejan la «buena información» tienen oportunidad para imponerse a los demás. Estos «sabios» gobernantes (civiles o eclesiásticos) piensan a veces que es bueno guardar su secreto y dirigir desde arriba, por su don o magisterio (episcopal, presbiteral, abacial), la vida de los otros, pero al fin se vuelven dictadores anticristianos, pues Jesús no oculta nada a quienes quiere y habla, nunca miente.

2. El poder de la amistad. Sólo es propio de Jesús (y de la iglesia) el poder de la amistad (verdad), que se expresa en forma de comunicación y encuentro directo, de persona a persona. Esta es una autoridad y comunión contemplativa: Jesús comparte con los suyos (les dice) lo ha oído de su Padre. La misma contemplación se vuelve fuente y sentido de la comunicación, es autoridad comunitaria de amigos que se dicen lo que son y lo que saben. Este es el sentido de la autoridad cristiana, que supera los secretos del esquema amo-siervo y se despliega como encuentro de personas. La dictadura sacral se funda en la superioridad jerárquica de algunos, que se apoderan en secreto de un poder o saber y de esa forma manejan a los otros (afirmando a veces que lo hacen por su bien). En contra de eso, el evangelio ha desplegado el poder de la amistad, como transparencia comunicativa, en línea de encuentro humano.

3. La autoridad del amor no está al servicio de nada, sin que vale por sí misma… Allí donde la autoridad del amor se pone al servicio de otra cosa (poder administrativo o sistema económico-social) se pervierte. Jn sabe que ha llegado el fin de los tiempos, hemos recibido el Espíritu de Jesús, la Autoridad del amor, que es magisterio interior, testimonio personal y transparencia comunicativa: «para que todos sen Uno, como nosotros somos Uno: tú, Padre, en mí y yo en ti; para que el mundo crea que tú me has enviado» (17, 21). No hay autoridad de uno sobre otro, sino comunión de todos. Esa misma comunión es la autoridad, presencia del Espíritu Santo. Las mediaciones ministeriales son por tanto secundarias. Pueden cambiar las formas de organización eclesial, las acciones concretas de la comunidad.

Pero debe permanecer y permanece la verdad como libertad y la autoridad como amor mutuo que vincula a los creyentes. Jn 15, 14-15 ha superado el esquema señor (que sabe y mando) y siervo (que no sabe y obedece), convirtiendo a todos los creyentes en amigos (que saben, colaboran). En sí, el sistema no es un señor, sino un campo de relaciones, pero puede caer en manos de aquellos que lo manipulan para su provecho; por otra parte, no vincula a las personas en cuanto tales, sino como momentos de una estructura. Frente a eso, Jn 15 ha destacado la comunión personal de los amigos, en libertad y transparencia; en ese nivel surge la iglesia.

4. La Iglesia actual es un riesgo de dictadura social. La iglesia ha dicho casi siempre que la comunidad es lo primero y que el Espíritu de Cristo se expresa en el amor liberador y el diálogo de todos los creyentes. Pero después ha colocado a unos hombres especiales por encima de ese diálogo, dándoles palabra especial de inmunidad sagrada, como si supieran de antemano o desde arriba aquello que conviene a los demás, para dirigirles, conforme a un modelo de dictadura sagrada. Una iglesia que actúa de esa forma afirma con su vida que no acepta la Vida de un Dios que es comunión personal, ni la Verdad como gracia compartida, ni el Diálogo de amor sin imposiciones previas: ella quiere asegurarse bien, imponiendo desde sí misma (=desde sus jerarcas) una verdad previa que se expresa como dictadura social y/o sacral (¡para bien de los subordinados!).

Pues bien, en contra de eso, el evangelio ofrece una comunicación igualitaria y gratuita, donde la misma comunidad dialogal resuelve los problemas, sin instancias exteriores de tipo secreto o jerarcas que sólo deben responder ante Dios o su conciencia, por encima del diálogo comunitario.

5. La iglesia ha de ser comunión de personas. La verdadera sacralidad se expresa en formas de comunión personal, conforme a la experiencia cristiana que vincula amor a Dios y amor al prójimo. La sacralidad cristiana no incluye, según eso, jerarquía, pues se identifica con el don gratuito de Dios, expresado en la vida y pascua de Jesús y expandido como perdón y transparencia interhumana. Todo es gracia de Dios en la iglesia, todo es presencia y obra del Espíritu de Cristo que se revela en la comunión personal de los creyentes, no en un orden sacral superior, en un sistema o estructura previa. La verdad de la iglesia es, según eso, la misma comunión de palabra y acción de los creyentes, a nivel de encuentro personal y transparencia humana (Cf. X. Zubiri, problema filosófico de la historia de las religiones. Edición de Antonio González. Madrid: Alianza Editorial/Fundación Xavier Zubiri, 1993 433-441).

Sólo en este contexto podemos responder a las críticas de Nietzsche, que entendía el cristianismo como platonismo para el pueblo, tanto en plano de sumisión jerárquica como de sometimiento a un Dios más alto a quien debemos obediencia. Ciertamente, Nietzsche incluye elementos que pueden ser y son anticristianos, en su forma de entender a los pequeños y excluidos del sistema y de sacralizar el eterno retorno de la vida, interpretada como voluntad de poder, a partir de los más fuertes (y no como voluntad y experiencia de amor), pero su crítica resulta en otros planos certera o, al menos, importante para entender el cristianismo:

6. El evangelio nos permite rechazar una lógica del sometimiento y sacralización del sistema, entendido en línea de espiritualismo neoplatónico. Dios no es el todo, ni el evangelio sumisión a una moral de chandalas o esclavos que deben humillarse. Al contrario, la fe en Dios infinito (sobre todo sistema y gradación jerárquica) libera al humano para la libertad y acción creadora, abriéndole al amor, por encima del sometimiento sacral y del miedo a la muerte. Dando un paso más, y en contra de la acusación de Nietzsche, Jesús no fue un idiota, un sumiso incapaz de rebelarse y decir «no», un esclavo del orden imperante (sacral o social), sino un hombre de gran libertad, que se enfrentó al sistema (altar y trono) de su tiempo, diciendo no cuando acogía a los excluidos y protestaba contra el templo. Precisamente por negarse al sistema le mataron; pero su mensaje y comunión contemplativa (liberadora) con Dios y con los hombres y mujeres de su entorno abrió un camino de vida (pascua) sobre el mundo.

7. El mismo evangelio nos lleva a superar la lógica del juicio, para descubrir el sentido de la vida, más allá del bien y el mal, no como voluntad de poder (Nietzsche), sino como gratuidad liberadora y comunión directa y gozosa entre personas. El sistema de moralidad, que distingue el bien y el mal, sirve en un plano de talión, pero ser vuelve destructor, poniéndose al servicio de un todo sacral manipulado por jerarcas dominantes. Pues bien, sobre ese esquema de talión se he revelado la gracia creadora de Dios, que libera a los humanos y les pone gratuitamente al servicio de los excluidos. Más allá del bien y el mal no está el poder, sino la gracia que perdona, la comunión que vincula en igualdad de amor a los humanos.

El platonismo ha sido mística (y mítica) del orden, con una jerarquía de valores (y valedores) desde los privilegiados del sistema (los «sabios» y soldados de la República): ha exaltado la misericordia como abajamiento y la condescendencia de los grandes que «se placen» ayudando a los menores Pues bien, en contra de ese platonismo del «buen juicio», se ha elevado Jesús, como testigo de una gracia que no juzga ni se abaja por condescendencia, ni defensa del sistema, sino que simplemente ama de manera creadora.

Según eso, los ministerios cristianos no son defensa del buen orden (mantenimiento de la estructura sacral), ni condescendencia bondadosa de los superiores (a quienes Dios concede autoridad), ni sometimiento leal de los inferiores (a quienes pide obediencia), sino expresión de gracia libertad, creatividad y comunión entre creyentes responsables, todos contemplativos, capaces de escuchar a Dios. Nadie en la iglesia es más que nadie, a no ser el más pequeño, el excluido del sistema (como sabía Jesús), ni nadie es menos: todos son hermanos, no como sistema que marca desde fuera el lugar de cada uno, sino en comunión donde todos tienen y comparten la palabra. (He desarrollado el tema en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2006.. Sobre el Jesús «idiota», cf. F. Nietzsche, El Anticristo 31-32, Alianza, Madrid 1978, 59-62. Cf. G. Goedert, Nietzsche critique des valeurs chrétiennes, Beauchesne, Paris 1977).

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