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Manifiesto para católicos olvidadizos(sobre todo para jerarcas olvidadizos, teniendo en cuenta que no son todos los olvidadizos) -- Benito Acosta

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Siguiendo el consejo del dicho popular: a ti te lo digo, Juan, para que me entienda Pedro, hago público este escrito que, de suyo, tendría que ser un documento interno. Pero estamos en momentos en que todo se airea y será bueno que salgan al aire voces distintas de las que pretenden ser dominantes (en el sentido más pleno de la palabra), para que veamos que no es oscuro todo lo que en el cuadro luce. Recordemos que, sobre todo desde Caravaggio, muchos pintores parecían haber entendido así aquello del prólogo de Juan: la luz resplandece en las tinieblas: las tinieblas no pudieron detenerla.

¿Por qué este manifiesto para católicos “olvidadizos”, y para alguno más que se apuntare a leerlo, como di a entender al principio? Porque en estos momentos tendemos a no recordar que la Historia es la maestra de la vida; sobre todo la gran historia en conjunto, pero sin tirar a la basura la historia de las anécdotas, al menos para no hacerla tan aburrida.

Desde que un anciano tan venerable como León, obispo de Roma, logró postrándose ante Alarico que las huestes de este caudillo bárbaro no fueran más crueles con la ciudad de lo que lo habían sido ya sus habitantes, las pocas familias de la vieja nobleza romana que quedaban en la ciudad se percataron de lo importante que era ser “papa” en aquella urbe sin gobierno. Comenzaba una lucha por el poder sin precedentes que proporcionó a la Iglesia, convertida ya en un hecho social, una colección de papas especialmente indignos desde muchos ángulos y podríamos asegurar sin temor a equivocarnos que, salvo honrosas excepciones, no es precisamente en la historia del clero, sobre todo el alto clero, el lugar donde habrá que buscar la buena noticia de Jesús, sino entre buena gente del pueblo llano, entre los sencillos.

Nuestro tiempo ha quitado a este alto clero la posibilidad de funcionar con inquisiciones, cruzadas y otras atrocidades. En una sociedad de moral más permisiva, o al menos no tan puritana, como contrapartida, no se sostiene un alto clero libertino, que ha demostrado ampliamente existir con unas historias de pederastia muy poco edificantes. Sin embargo, el sexo no lo es todo: en una situación que no calificaríamos de menos grave, flirtea con los poderosos, busca espacios de poder como sea y se apoya más en el dinero que en la fuerza de la cruz.

Nuestra fe en Jesús y nuestro amor a la Iglesia tiene que pasar por una dura crítica a quienes nos quieren dar gato por liebre. Ya se encargarán de tomar por malos cristianos a quienes no son dóciles borreguitos “de lo que ellos toman por el cayado del buen pastor”. Quienes pretenden ser “Superiores de Todo” en la Iglesia se adueñan de unos poderes que no les corresponde y se sitúan en el terreno diametralmente opuesto al de Aquél que dio la vida en servicio a todos. Por eso hace falta comenzar por ellos a la hora de hacer nuestras preguntas fundamentales:
¿Qué clase de Judaísmo farisaico de 2ª clase habéis logrado hacer de la comunidad de Jesús?
En su proyecto entraba que el espacio del Reino iba a ser tan ambiguo que en él crecerían juntos la cizaña y el trigo; pero esta ambigüedad no afecta para nada a la claridad con que puede llamarse al pan “pan” y al vino “vino”, sino a la incompetencia del hombre para arrancar lo que, en su criterio, son malas hierbas, porque esta facultad que se arrogan los dictadores es sólo de la competencia de Dios.

Por otra parte es muy luminoso que humildes creyentes que comparten con sencillez cuanto tienen y que se despojan con alegría de lo que pueden otros necesitar más que ellos son la única verdadera autoridad en la comunidad de Jesús y que los verdaderos vicarios de Cristo son los pobres.
También es muy luminoso aquello que Jesús nos dijo: que las preguntas últimas y definitivas que se harán a los hombres van a ser muy simples y desde luego no tienen mucho que ver con todo el tinglado que habéis montado.

Habéis cambiado la fe por la adhesión incondicional a vuestras dictaduras, revestidas de nombres sagrados. En nombre de Dios habéis entrado en todos los recovecos de la conciencia y la conducta del hombre para fisgonear cada aspecto de su vida y decir la última palabra sobre él.
¿A qué hombre de Dios no habéis perseguido? ¿Qué palabra libre no habéis condenado? ¿De qué actitud evangélica no habéis recelado? Vuestra moral es de cartón piedra y sólo sirve para equilibrar los desmanes del orden establecido y que así pueda seguir manteniéndose, de ese mismo “orden establecido” que condenó a Jesús, pues sólo temporalmente dista de él. Vuestra caridad humilla, retrasa la conciencia de la justicia y es la caricatura más abominable del Ágape cristiano. Vuestras tensiones con los demás poderes mundanos son un pulso de prepotente a prepotente para que vuestros cargos sigan siendo importantes y homologados a las jerarquías civiles. La ocurrencia tiene ya siglos: fue de Constantino, ese gran dictador que, embarcado en el ambicioso proyecto de Diocleciano, dio un paso firme hacia la obra totalitaria que completaría Teodosio.
Soléis llevaros un importante disgusto cuando no sois promocionados suficientemente en vuestras carreras eclesiásticas y, en el mejor de los casos, tenéis el cinismo de ofrecer a Dios “esta humillación”.

Para vosotros es el Evangelio un libro de citas, aunque, en realidad, vuestras citas honran más a los escritos eclesiásticos que a la Palabra del Señor. Claro que no hay mal que por bien no venga; es un acierto vuestra parquedad en citas evangélicas, porque rara es la frase de Jesús que no habéis adulterado.

Al decir estas cosas no hablo como un resentido o un renegado; no soy ni me siento un observador que levanta su voz desde fuera, sino un miembro de la comunidad cristiana en comunión con las palabras de nuestro Salvador. Él encabeza el cortejo de un nutrido coro de voces, que, sobre todo desde el s. II, no ha cesado de clamar contra vuestras insolencias. Y no sólo son voces de los que, por sus opiniones extrañas al común sentir, tildasteis de herejes, sino voces de venerables “padres de la ortodoxia”. Pero tanto se ha absolutizado vuestro poder que la más leve crítica a vuestras palabras y comportamientos son tenidas por desacato a la autoridad y odio a la fe.

Sería muy importante que asumierais esto: desde hace mucho tiempo, los mejores espíritus de la cultura occidental han sido anticlericales, lo que, en la mayoría de los casos, no significa que tengan nada contra el evangelio de Jesús, sino contra la trayectoria seguida por la Iglesia que se presenta como oficial, en la que es imposible reconocer el sacramento de misericordia, y sí, en cambio, una institución retrógrada, represiva, perversa. Incluso, en algunos casos, la misma persona y proyecto de Jesús son rechazados por algunos a causa de vuestras calumniosas tergiversaciones, cumpliéndose a la letra lo que Pablo dice a su pueblo judío en Romanos: el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles a causa de vosotros.

Había parado de escribir aquí, porque un escrito como éste cuesta trabajo hacerlo de un tirón sin sentir náuseas, cuando llegó a mis manos un escrito de Maruja Torres (El País, 19-7-07) que no tiene desperdicio. Toda la ironía de ese artículo os la habéis ganado a pulso. Es muy sano leer esas cosas. Y muy serio. Vuestra actitud, globalmente considerada, muestra un enorme cinismo y es un claro exponente de la ausencia de fe en vuestras vidas. ¿Cómo desde una actitud donde la fe en el Jesús humilde y compasivo que brota del Evangelio brilla por su ausencia detentáis los primeros puestos de la Comunidad Cristiana y juzgáis y condenáis a las mejores voces que surgen del corazón de la teología?

Hay mucho que limpiar, derribar y transformar antes de levantar la voz contra los que, con más o menos acierto, buscan soluciones desde hoy a los problemas de hoy. ¡Un poco de respeto! ¿Con qué derecho pedís lo que democráticamente creéis que os correspondería si no movéis un solo dedo para entrar limpiamente en la vida democrática?

Habláis del amor de la pareja sin haber amado nunca a una pareja; de monogenismo y monofiletismo sin haber sentido la emoción de rozar inteligentemente las palabras de los mitos de origen que aparecen en la Biblia; dais recetas a homosexuales, a matrimonios fracasados, a enfermos en situaciones desesperadas, a biólogos… desde otra galaxia, por el simple hecho de querer tener la última palabra en todo cuanto desconocéis en absoluto, y, en algunos casos, porque teméis enfrentaros con valentía a vuestros propios problemas de identidad personal. ¿No sabéis que, aunque llevaseis una dosis considerable de razón en todo esto, que ya es mucho conceder, vuestra credibilidad está terriblemente en baja, debido a vuestros silencios en otros temas mucho más importantes, con los que os habéis hecho cómplices de los delitos más horrendos: torturas, conquistas, dictadoras, guerras…

Pero vuestras medidas tienen doble rasero, porque, cuando un eclesiástico incurre en delitos civiles, confundís la piedad evangélica, que con otros no tenéis, con el empeño en salvar el prestigio eclesiástico e intentáis solucionar el tema con traslados y dinero para tapar la boca de los denunciantes.

No, amigos míos, no. Carecéis por completo de credibilidad. Y no es ningún odio anticlerical. Jerarcas como Juan XXIII, Helder Cámara, Óscar Romero o Casaldáliga son respetados en sus opciones evangélicas y reconocidos, sin que sea obstáculo su fe cristiana ni su cargo eclesiástico por los mismos que os critican duramente. Algunos dicen: “Si la Iglesia fuese así, yo estaría en ella”. Otros no piensan tal cosa, pero les da pie la presencia de hombres así para reflexionar que no es contra Jesús, sino contra sus malos discípulos contra los que tienen su inquina. Porque estos hombres hacen creíble el evangelio. Vosotros, no. Eso es todo.
No sé si este escrito ha de tener conclusión. Me temo que es mejor cortarlo por aquí mismo, porque, si reconocieseis vuestra ceguera, ésta tendría remedio, pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece…

Acabo de leer esto que escribí hace unos treinta años. Ahora ha sido nombrado obispo de Roma un creyente, que ha querido llamarse Francisco, como el Poverello de Asís. Doy gracias a Dios de todo corazón, porque lo que dice a cada instante no difiere mucho de cuanto aquí he expresado. No viene a descubrir la pólvora, sino a desempolvar el evangelio, que tiene dos mil años y goza de buena salud. Ojalá escuchemos hoy su voz y no endurezcamos nuestros corazones como el día de Meribá en el desierto. Pero ¡qué pocos obispos desde sus diócesis gritan a viva voz la misma protesta de Francisco ante la vergonzosa situación de nuestras fronteras frente los refugiados que huyen de la guerra y del hambre, que es otro tipo de terrorismo semejante! Esta situación sería absolutamente otra si no desvalijásemos tantos países ni le vendiésemos armas. Lo que ocurre ahora es el fruto de lo que hemos hecho y seguimos haciendo. Pero las preocupaciones pastorales van por otros caminos.
Todos debemos invitarnos a no ser cómplices de este grave pecado de obcecación. Hay que hablar, gritar contra toda impiedad e injusticia. Y el silencio de los que tienen más responsabilidad no debe servir para salirnos de nuestra casa, sino para invitar a que se vayan de ella cuantos no están dispuestos a considerar el evangelio de los pobres como el centro vital de su vida y su palabra.

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