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Manifiesto contra un cristianismo espiritualista

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Cristianismo y justicia

En diciembre del año 1986 CJ publicaba su cuaderno número 21: “Manifiesto contra un cristianismo espiritualista”. Ponía en alerta de que un cristianismo demasiado preocupado por la relación vertical con Dios y que rehúye la responsabilidad ante el hermano, está negando su esencia.

Hoy en día no sólo el cristianismo tiene este peligro sino también muchas otras ofertas que ofrecen espiritualidades de evasión. El próximo miércoles 18 de enero a las 19.30h tendremos la oportunidad de hablar con J.I. González Faus sobre este cuaderno. Os dejamos con las conclusiones del cuaderno que creemos, no han perdido vigencia y que podéis descargar aquí.

«La identidad cristiana se ve seriamente amenazada si, ante el desafío de la secularidad moderna, se reacciona sólo con intentos de «retorno a lo sagrado». Lo primero que deberíamos preguntarnos es qué es lo realmente sagrado en una óptica cristiana. Y la respuesta no ofrece demasiadas dudas: para el Dios que nos ha manifestado Su solidaridad con los hombres -singularmente con los débiles y marginados- hasta dar su Vida por ellos, son más sagrados esos hombres que todos los actos religiosos, y que todos los tiempos de oración o los lugares, ceremonias y utensilios de culto.

No insinuamos con esto que la oración y adoración, el culto y la celebración no hayan de tener su lugar, necesario e imprescindible, en la vida de fe individual y comunitaria: los hombres hemos de vivir nuestra fe con formas exteriores, alimentarla, expresarla, comunicarla y celebrarla con gozo y devoción ante Dios y en comunión con los hermanos. Pero ha de ser una fe en el único Dios auténtico, que le reconozca como lo que es y le honre como El quiere ser honrado: como Señor de todo y Padre de todos, en la vivencia práctica de la filiación en la fraternidad.

Los cristianos, por tanto, sólo creemos efectivamente en el único Dios, Padre de Jesucristo y Padre nuestro, en la medida en que nos comportemos como hermanos. Este es el criterio único para discernir si nuestros actos de adoración y culto nos «religan» realmente al Dios verdadero, o no son más que evasión alienante, opio religioso de dioses ilusorios con el que nos drogamos autosatisfechos.. Creer es asumir la responsabilidad que Dios nos ha confiado, de hacer de este mundo nuestro concreto un mundo en el que Dios sea efectivamente reconocido como Padre de todos, en nuestro comportamiento de hermanos.

Aquí se puede percibir la parte de verdad que hay en la afirmación de la secularidad, y que es cristianamente irrenunciable: que nuestra relación de hombres libres y responsables para con Dios, se juega en el terreno de este mundo, en la tarea de dar a nuestra existencia mundana el sentido que Dios-Padre quiere que tenga, en el esfuerzo para que venga su Reino y se cumpla Su Voluntad en la tierra como en el cielo. De otra suerte, olvidaríamos la decisiva afirmación paulina de que la fe se hace efectiva en la caridad (15), y podría sucedernos que oyéramos de Dios lo mismo que reprochaba por el profeta: «No sigáis trayéndome oblaciones vanas, que el humo de vuestro incienso me resulta detestable… Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, dad sus derechos al oprimido”.

Pero, aunque la autenticidad de nuestra fe se juega en el terreno mundano, temporal y secular de la construcción de una convivencia fraterna, ello tampoco implica la reducción del Reino de Dios a las meras dimensiones mundanas y sociotemporales. Aquí se puede percibir la parte de verdad que hay en las reacciones contra un secularismo extremo: el cristianismo no es una estrategia sociopolítica. Nos descubre que el hombre -todo hombre, toda vida humana- tiene un valor absoluto porque es objeto de amor incondicional de Dios Padre. Por eso, lo que se obra en la temporalidad y en la humanidad, está «cargado de un peso inmenso de gloria eterna».

Y por eso también dejó escrito S. Agustín: «que nadie venga diciendo que si no ama a su hermano ofende sólo a un hombre… pero que contra Dios no quiere pecar. Pues ¿cómo no vas a pecar contra Dios cuando pecas contra el amor» (lu Jo 7,5). Esa densidad trascendente del amor es el mismo «peso inmenso de gloria eterna» al que aludía S. Pablo.

En conclusión pues debemos afirmar que, si el cristianismo no es compatible con el reduccionismo temporalista de un secularismo a ultranza, tampoco lo es -y menos aún- con la evasión espiritualista que busca refugio en un «”sagrado” trascendente. Menos que nadie puede un cristiano ignorar aquellas palabras de un antiguo profeta de Israel: «”Lo que debes hacer, oh hombre, y lo que el Señor reclama de ti, es tan sólo que practiques la justicia, que ames de verdad y con ternura, y que camines humilde con tu Dios».

No se puede caminar debidamente con Dios si no es practicando la justicia y amando de verdad y con ternura. Mientras que si alguien, por la Gracia de Dios, logra practicar la justicia y amar de verdad, con misericordia, ése tal ya está caminando con Dios, incluso aunque quizás no lo sepa: Porque ««todo el que ama conoce a Dios y es de Dios».

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