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Los valores en la economía de la post-crisis. Menos es más -- José Guarc Pérez

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Militante Mundo Rural

La vida está llena de paradojas, de contradicciones aparentes, de palabras ambiguas. A los humanos nos cuesta entender la profundidad de la realidad y de la vida, no obstante, a veces, vamos comprendiendo: “perder para ganar”, “retroceder para avanzar”… Recientemente un lema impactante ha saltado a la palestra en numerosos lugares del mundo: el “decrecimiento”. No podemos pretender “crecer económicamente” sin límites. Es imposible. Ya lo hemos comprobado. Y ha surgido una frase que lo expresa de forma inusitada, sorprendente y positiva: “Menos es más” ¿Cómo es esto posible? Lo es: “menos es más”.

Con este tema de reflexión y estudio, “Menos es más”, personas de los movimientos rurales cristianos encuadrados en FIMARC, de unas 30 naciones de Asia, África, América Latina y Europa nos reunímos en Atyra (Paraguay), en el XIII Encuentro Mundial de FIMARC de 2010. Iluminaba la reflexión y acompañaba el debate el profesor de la universidad UNISINOS (Brasil) y colaborador habitual de Militante Mundo Rural, Castor Bartolomé.

Hasta el presente, más ha sido menos.

El neoliberalismo capitalista había prometido el oro y el moro. Un desarrollo ilimitado, un crecimiento permanente. Y sin embargo…

Los pequeños agricultores y campesinos europeos han perdido el vínculo con los productos de sus cosechas. Arrebatan los alimentos de sus manos, los traen y llevan por el mundo entero, sin sabor y sin olor, y contaminan el planeta en su transporte. Se ha olvidado la Soberanía alimentaria de los pueblos.

La desaparición de los bosques mediante talas indiscriminadas ha arruinado a naciones enteras de África. En alguna región, como Senegal, falta hasta la leña para calentarse. En Benín la introducción masiva de los agrocombustibles ha supuesto la tala de las palmeras de producción de aceite de palma. Se han arruinado los cultivos y costumbres tradicionales: los cuencos y formas tradicionales de transportar los objetos se han cambiado por bolsas de plástico.

En Tailandia nadie sabía nada del capitalismo moderno hasta 1947. La llegada del Banco Mundial llenó de promesas los oídos de los tailandeses. “Nos ‘vendieron’ lo que significaba desarrollo. Hemos pasado de ser autosuficientes en alimentación a ser totalmente dependientes”. Los jóvenes abandonan las zonas rurales.

En Kenia había bosques espesos que atraían la lluvia. Llegó la deforestación para sembrar caña de azúcar, cultivo que requiere muchos fertilizantes y dos años de maduración de la caña que luego deja los suelos esquilmados. Hoy apenas llueve. El cambio de cultivos hizo que se perdiera incluso la alimentación tradicional de los animales domésticos: “hoy no tenemos, ni pienso, ni gallinas”.

La extracción de la riqueza de los suelos y la entrada del agronegocio en la explotación de la tierra en América Latina, hará que los recursos se destruyan y no quede nada para las futuras generaciones.

Y el sistema colapsó. ¿Por qué desde el comienzo de la crisis los gobiernos del G-8 han destinado ya 180 mil millones de dólares para evitar el colapso del sistema financiero y apenas 20 mil millones de dólares para aminorar el hambre en el mundo? ¿Qué significa la robustez de los bancos ante la figura esquelética de mil millones de hambrientos crónicos. La crisis no es solo económica, es crisis de modelo de civilización. Debemos preguntarnos qué se quiere ¿un mundo de consumistas o un mundo de ciudadanos? ¿Qué se pretende salvar, el sistema financiero o la humanidad?

Menos es más

Hace falta un cambio de orientación. La crisis nos ha hecho más conscientes de la gravedad de lo que acontece. No podemos seguir el camino que llevamos ni a nivel de desarrollo económico ni a nivel de comportamientos humanos. Es necesario un cambio. El sistema nos viene repitiendo que la felicidad está en el consumir. Habíamos llegado a creer que la felicidad se compra en el mercado. Pero ese camino se ha mostrado ineficaz y más que peligroso. El sistema ha creado unas necesidades ficticias en nosotros y se nos ofrece como el garante de que esas necesidades van a ser satisfechas por él. Vana pretensión como se ha demostrado.

Desengañados por lo conseguido y viendo las consecuencias nefastas para la humanidad debemos reflexionar. Menos es más. Debemos elegir la calidad de vida y no la cantidad. Aprender a gobernar y orientar nuestros deseos y no a ser gobernados por ellos. Sólo la austeridad humana hará posible que los bienes de consumo lleguen a todos. La austeridad es creativa, nos enseña a saborear la vida. La austeridad es capacidad de libertad.

Si la humanidad no cambia caminamos hacia la barbarie. Los gobiernos deberían estar más preocupados por el crecimiento del Índice de Desarrollo Humano (IDH) que por el aumento del Producto Interior Bruto (PIB). Las personas, en su mayoría, no quieren ser ricas, quieren ser felices.

Una ética para un mundo pos-crisis tiene como fundamento el bien común por encima de las ambiciones individuales. Tener menos para ser más es el desafío que tenemos los países desarrollados. Nos va en ello nuestro futuro y el de la humanidad. Los recursos disponibles son finitos.

El Estado, los estados tienen el derecho y el deber de regular la economía y asegurar a toda la población los servicios básicos. También “el cultivo de bienes espirituales, más importante que el consumo de bienes finitos, materiales” (Frei Betto). La ética de un nuevo proyecto de civilización lleva consigo la preservación del medio ambiente en unión con el desarrollo sostenible.

El mercado ha buscado meternos en la cabeza que la felicidad se consigue con la suma de los placeres, ilusión que ha provocado frustraciones y un alto contingente de fracasados espirituales, vitales.

Sería bueno que cuando pasemos por los escaparates comerciales lo hiciéramos como en un paseo “socrático”. A Sócrates, el filósofo griego, le gustaba airear su cabeza recorriendo la ciudad y paseando por el centro comercial de Atenas. Recorría los puestos de los vendedores y miraba y remiraba. Cuando los vendedores le asediaban desde sus puestos de venta para que comprara, les respondía: “yo sólo observo cuántas cosas existen que no necesito para ser feliz”. Los nuevos vientos de cambio ondean un nuevo lema como santo y seña: “Menos es más”.

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