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Los últimos fariseos -- José María Castillo, teólogo

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La religiosidad se puede vivir de dos maneras o según dos modelos: el modelo «profético» y el modelo «farisáico». Los profetas se fijan más en el comportamiento ético y al cambio social, mientras que los fariseos dan más importancia a la observancia de la ley y el cumplimiento de los ritos y ceremonias religiosas. Soy consciente de que, al decir esto, simplifico el contenido de ambos modelos. Pero, para lo que vamos a tratar aquí, me parece que con lo dicho es suficiente.

El hecho es que, en este momento, no es raro encontrar estos dos modelos de religiosidad: por una parte, los que ponen su relación con Dios sobre todo en la denuncia de la corrupción y en la exigencia de una conducta lo más ejemplar posible; por otra parte, los que están convencidos de que lo más importante es la obediencia a los obispos y al papa, la observancia de las normas, la celebración de ceremonias religiosas solemnes y según los rituales establecidos.

Profetas y fariseos, los hubo en el antiguo Israel. Los hubo en tiempos de Jesús. Los ha habido en la historia de la Iglesia. Y los hay en este momento. En el antiguo Israel, cuando el pueblo judío sufrió la deportación a Babilonia y tuvo que padecer el exilio, que duró hasta el año 538 (a. C.), aquella enorme calamidad fue interpretada como un fracaso de los profetas.

Los grandes profetas, en efecto, habían intentado convertir y restaurar la fe del pueblo, pero está claro que aquello acabó mal y todos los judíos fueron deportados al destierro. De ahí que, en un ambiente así, el ideal profético perdió peso y se llegó a la convicción de que lo importante era restaurar la Ley, el Templo, y el Culto, dirigido por Sacerdotes observantes. Así – pìensan algunos – empezó a delinearse en Israel el movimiento que, con el paso de los tiempos, terminó en el fariseísmo más estricto (J. Bright, P. Ricoeur).

No hay que estrujarse mucho la cabeza para caer en la cuenta de la actualidad que tiene esta vieja historia. Los años anteriores al concilio Vaticano II fueron tiempos de intensa actividad profética. Porque se pensaba que, denunciando las contradicciones del sistema económico-político y exigiendo una rectitud ética y social intachable, así este mundo cambiaría y habría más justicia y más igualdad entre todos los seres humanos. Pero sabemos que esto no se ha producido. Y no hemos visto los frutos que se esperaban. Vino así lo que sabemos: a partir del papado de Juan Pablo II, ha ido tomando cuerpo y fuerza la idea de que lo importante es la obediencia incondicional al papa y los obispos, la observancia de las normas y la celebración de rituales y ceremonias, los sacramentos que nos santifican.

Ya sé que, al decir estas cosas, resumo quizá en exceso una situación que es mucho más compleja. Pero, en todo caso, creo que las cosas van por ahí. De cualquier manera, lo que yo quiero es plantear una pregunta que me parece importante en este momento: ¿A dónde nos están llevando «los últimos fariseos»? ¿Aportan ellos la respuesta que necesita este mundo que cambia a una velocidad que a todos nos desconcierta?

Sea lo que sea de estas cuestiones, lo que nadie me puede negar es que Jesús fue un profeta, no fue un fariseo. Jesús fue tenido por escandaloso y hasta blasfemo. Jesús, además, terminó fracasando, abandonado y solo. En aquel momento, triunfaron los fariseos, los funcionmarios del templo, los observantes. Pero, ¿qué queda de todo aquello? Pienso que es urgente que todos pensemos a fondo en este asunto. Quizá en ello nos va mucho más de lo que imaginamos.Teología sin censura

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