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Los placeres de la carne -- Pepe Mallo

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La Iglesia aborrece la carne
Por fin ya ha finalizado la cuarentena. No me refiero a la del covid, que también, sino a la cuaresmal. Desde aquel ya lejano miércoles de ceniza hasta el reciente domingo de resurrección hemos venido sobrellevando la abstinencia de la carne. Esta circunstancia me trae a la memoria, y a mi reflexión, el famoso “Combate entre don Carnal y doña Cuaresma” del sutil Arcipreste de Hita en su “Libro del buen amor”, título que muchos analistas cambian, con razón, por “Libro del buen humor”. Don Carnal, hombre mundano y amante de los placeres, es derrotado, el miércoles de Ceniza, en apasionada lid contra doña Cuaresma, mujer puritana, frugal y vegetariana.

Hecho prisionero, el glotón de don Carnal es obligado a confesarse y a hacer penitencia de ayuno y abstinencia. Como expiación, el sacerdote le somete a una rígida dieta a base, entre otras delicias, de lechugas, lentejas y alcachofas. Trascurridos cuarenta días (la cuaresma), logra escaparse de su celda y se prepara para vengarse de doña Cuaresma, quien, rendida, huye a Jerusalén el día de Viernes Santo. Don Carnal, engreído por su avasallante victoria, entra triunfante en la ciudad el Domingo de Resurrección, aclamado por sus fervientes seguidores.

Confieso, sin sonrojo ni empacho alguno, que pertenezco a las huestes de don Carnal, aunque sin desenfreno. No oculto tampoco que soy apasionado “forrajero” y suelo llevar una dieta equilibrada, como mandan los cánones (no los eclesiásticos, que son “vegetarianos”). Cada vez más, para muchos de nosotros comer es un sinónimo de disfrute donde los sabores nos ofrecen una serie de placeres que no podemos obtener con un sentido que no sea el gusto.

¿Quién no ha disfrutado de un exquisito chuletón de ternera o buey a la parrilla, regado con un superfino añejo de reserva, a pesar de que la carne española sea de baja calidad debido a las macrogranjas? Un “bocatto di cardinale”, si atendemos al significado de “suculento y deleitable”. No podemos negar que, también cada vez más, proliferan los seguidores de doña Cuaresma, en sus distintas versiones: vegetarianos, veganos y sus variantes. Cada vez más personas dan el paso a vivir en cuaresma permanente. Unos, por motivos ecológicos, otros por razones éticas en defensa de los derechos de los animales y todos por elección voluntaria.

Traigo a cuento esta introducción porque, en mi reflexión, han aflorado dos perspectivas que me han sugestionado sobremanera. Me explico. Entre los “pecados capitales”, que se llaman mortales según el catecismo de Ripalda, se citan la gula y la lujuria. La gula viene relacionada con la comida. Los placeres de la mesa forman parte, en el lenguaje eclesiástico, de los apetitos carnales cuya adicción y exceso conducen al pecado de la gula. Por eso, durante la cuaresma, como a don Carnal, nos avasallan con la prohibición comer carne, puesto que forma parte, con el mundo y el demonio, de los “enemigos del alma”. De ahí el nombre de carnaval, del latinajo “carnelevare” o “carnestolendas”, o sea, suprimir la carne. Opino que hoy día prescindir de la carne no es ninguna penitencia, todo queda en un gesto simbólico, ya que un viernes de cuaresma cambiar un filete de ternera por un lomo de atún o por una lubina a la sal puede llegar a ser más bien premio que castigo.

Pero resulta que el término “carnal” se utiliza como adjetivo para aludir a todo lo vinculado con la carne. También a los “apetitos carnales” que, en terminología ortodoxa, se traduce por “lujuria”, en contraposición al Espíritu: “… andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne, porque el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne” (Gal. 5, 16). El sexo, en todas sus vertientes, es uno de los temas más controvertidos.

Aunque los deseos naturales del cuerpo, la necesidad de comida, bebida o satisfacción sexual, no son intrínsecamente malos, se pueden utilizar estos impulsos lícitos (lícitos dentro de unos límites, claro) para esclavizar a la persona. El ser humano es capaz de manejar y transformar su sexualidad, sea exagerándola y convirtiéndola en lujuria en todas sus manifestaciones o vetándola hasta exaltarla, sacralizarla y santificarla como castidad.

La Iglesia aborrece la carne. Me refiero a la sexualidad. Hablaríamos de “sexofobia”. La consideración negativa de la sexualidad, la animadversión contra los homosexuales, el celibato obligatorio para los sacerdotes, la insuficiente consideración de la mujer y su lugar en la Iglesia constituyen manifestaciones de aversión en la Institución eclesial. En este campo, sus leyes son o blanco o negro, por eso rechazan y excluyen el “Arcoíris”.

Desde la Edad Media, la religión ha venido condenando la sexualidad fuera de la obligación de procrear. Y como efecto, impuso el celibato como estado deseable y el control del sexo como ascetismo. Tras cientos de años, el celibato obligatorio sigue vigente. La sexualidad es parte de la vida; es inherente a la naturaleza humana. No así el celibato, que es una opción voluntaria que algunos la aceptan como “ascesis”. De hecho este fue el sentido que le dio inicialmente la Iglesia: “liberarse de la carne”.

Regreso al apólogo de “Don Carnal y doña Cuaresma”. Aunque el texto del Arcipreste se limita a los placeres carnales de la gula, lo podemos trasladar a los apetitos carnales de la lujuria. En las diversas instituciones de la Iglesia existen numerosas “Doñacuaresmas”. Personas religiosas que voluntariamente se abstienen del ejercicio de la sexualidad. El celibato opcional es en sí mismo, sin necesidad de exaltarlo ni divinizarlo, un valor excepcional, o sea “fuera de lo natural”, que aprecian, asumen y han ratificado muchas personas, aunque su valor intrínseco no es congénito ni está supeditado a ningún ministerio, ni sagrado ni profano.

A este “sector de hombres que lucharon por mantenerse fieles al compromiso del celibato y siguen fieles al mismo”, los ensalza Lorenzo Amelibia en su blog, aunque se lamenta que “por desgracia no son muchos los que llegan a sublimar de tal modo el instinto, que pongan su total esperanza e ilusión en entregarse a los demás con amor de hermanos”. Y concluye: “El costo de seguir como estamos es elevadísimo: frustración, inmadurez, abusos, dobles vidas, alejamiento de la vida real, etc.” (“Clérigos que resisten a las tentaciones: alguna compensación”. R.D. 30.03.2022).

En el ejército contrario batallan los “Doncarnales”. Eclesiásticos, a quienes la Iglesia ha enclaustrado y condenado a “cuaresma perpetua”, a privarse de la carne, a no vivir su sexualidad de manera natural, a reprimir sus apetitos “lícitos” con riesgo de que se conviertan en “ilícitos”, a vivir en silencio sumiso en mazmorra celibataria. El celibato impuesto, no vocacional, suele acarrear serios problemas que llegan a vulnerar la dignidad del individuo y, sobre todo, su conciencia. Con esta ley hacen sentirse a la gente culpable de vivir el placer o de disfrutar la sexualidad, creando personas frígidas o reprimidas, infelices, que luego buscan llenar de “otra forma” ese vacío que deja una sexualidad insatisfecha.

Glosando las palabras evangélicas, “hay eunucos que fueron hechos por los hombres” (Mt 19, 12), constatamos que Jesús habla de un “estado de coacción”, por lo tanto no voluntario, de unos hombres por otros. ¿Será el caso de los Doncarnales?

Post data. Enhorabuena a Xavier Novell, vituperado “obispo casado”, por las dos hijas que le ha dado el Amor.

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