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Los nueve meses de Joxe Arregi -- Borja Agirre

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Conocí a Munilla en un plató de televisión, hace unos años; el tema era la Iglesia y la homosexualidad. Tenía curiosidad por conocer la persona que defendería los argumentos oficiales de la Iglesia, tan indefendibles a mi parecer. En anteriores debates similares no se había presentado nadie, pese al trabajo y la insistencia de los periodistas. Después de todo, no es sencillo encontrar a alguien que comulgue con la ortodoxia vaticana, que represente a la Iglesia, y que se atreva a bajar de la cátedra de teología a un simple plató de televisión.

Pensé que aparecería, como otras veces, algún cura confuso, medio engañado, que intentaría echar balones fuera durante el debate y salir airoso de la pelea, contentándose con un empate. Me equivoqué. Apareció el párroco de Zumarraga, de negro y con alzacuellos, quizá no muy lúcido en sus palabras pero con una energía extraordinaria. Se le veía muy cómodo en el debate, y parecía tocado por una fuerza superior que le empujaba a mostrar la evidencia de que la práctica homosexual es un mal social, uno de los más graves. El huracán terminó con el debate y se fue en su coche volando a Zumarraga.

También he podido conocer a Joxe Arregi, en varias ocasiones. Le conocí en un seminario sobre víctimas del terrorismo, organizado por Alboan, donde Joxe intercambió unas palabras enormemente lúcidas y serenas, llenas de empatía y compasión, con la viuda de un concejal asesinado. He leído bastantes de sus textos, de una sinceridad, naturalidad y profundidad apabullante, textos de esos que escasean hoy en día. Joxe se esfuerza por hablar de Dios de una manera tierna, cercana. Habla con creyentes y no creyentes, transmite pasión y reconoce errores. He conocido también lo que él y otros compañeros franciscanos están haciendo en Arantzazu, comprometiéndose con la realidad social de su pueblo y con los más pobres, renovando la espiritualidad y sembrando semillas de oración con iniciativas como la Red Asís.

Joxe tampoco olvida su lado profético, y participa públicamente en las críticas que le parecen necesarias hacer, tanto a nivel social como eclesial. Hace unas semanas dio a conocer su opinión sobre el nombramiento de Munilla como obispo en Guipuzcoa, y algunas informaciones tuvieron una fuerte repercusión en los medios.

Dos formas de ser, dos formas de estar en la Iglesia. Una de ellas hoy ha ocupado una parte de todos los telediarios y la prensa; sus palabras, hablando de humildad y servicio, han resonado por todas las esquinas, y a su alrededor todo el mundo hablaba de encuentro y reconciliación. La otra forma, el otro estilo, es el de un pequeño y familiar blog donde hace unos días Joxe se despidió durante unos meses y explicó su decisión de quedarse mudo durante nueve meses ‘o algo más’, como le ocurrió a Zacarías.

A Munilla le dedicaron 8 minutos de aplausos en la misa, como al equipo vencedor tras una larga Liga. A Joxe más de 60 comentarios en el blog, la mayoría con sabor a ceniza y a derrota.

Y las campanas de la Iglesia, en la ceremonia de investidura del nuevo obispo, no me parecieron alegres. Sonaban como una alarma, un aviso angustiado de las propias campanas, del campanario, de la mismísima catedral, que sabe que las grietas han llegado hasta la cúpula y está en peligro de derrumbe. La Iglesia Católica, la institución, está en un momento de colapso y descomposición, al igual que todas las instituciones religiosas verticales y jerárquicas donde se ha sustituído la experiencia de Dios por un llamado a apretar las filas. La secularización ha sido vertiginosa, los cambios en las creencias, espectaculares. La modernidad líquida, la sociedad red, el cambio de época, están arrojando afuera, como un cuerpo extraño, a esas instituciones que no tienen sitio en su interior.

Ante esta profunda crisis, solamente hay dos estrategias razonables. Una de ellas es la partida de ajedrez que tan bien está jugando Rouco Varela: colocar sus piezas y sus Munillas en el tablero; aprovechar los inmensos recursos materiales que aún mantiene la Iglesia; relacionarse con las élites económicas del Ibex 35; y organizar movimientos católicos con una precisión que deja atrás a cualquier experto en marketing. Todo con el objetivo de mantener la influencia y la presencia social de la Iglesia Católica. Una huída hacia adelante en toda regla. Esta es la estrategia vigente y la religión católica que conocemos en este final y comienzo de década.

La otra estrategia, la de Joxe Arregi, es la de tocar fondo, callarse y esperar. Confiar en que el Espíritu soplará en otros lugares, quizá donde ahora no sospechamos. Los ‘nueve meses’ de silencio de Joxe me recuerdan la espera expectante de un parto, la confianza en la fertilidad del silencio, en ese Dios que a veces se hace mudo, que se aleja de los altavoces y de los telediarios, que crece de noche.

Los medios reducen el debate sobre Munilla a la eterna disputa nacionalista / no nacionalista. Quizá porque es lo único que son capaces de ver. Lo que hay detrás, sin embargo, es algo mucho más profundo e interesante: cómo se puede vivir una espiritualidad cristiana, y compartirla en comunidad, en este mundo de hoy, tan cambiante y tan necesitado de lucidez.

La respuesta no es sencilla, hay diversos caminos y estrategias. Toca escoger. O esperar.

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