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Los legionarios se confiesan -- Jesús Rodríguez

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El País Semanal

Pederasta, ladrón, morfinómano, Marcial Maciel fue al tiempo el fundador de la congregación más conservadora y una de las más poderosas de la Iglesia. Tras su muerte, en 2008, se destapó su farsa. Entramos en el territorio privado de la Legión de Cristo, desde sus seminarios y universidades hasta la plaza de San Pedro.

Las vibrantes notas de Tú eres Pedro envuelven el Vaticano. El sol se desploma sobre Roma. Benedicto XVI oficia con gesto desmayado ante 15.000 sacerdotes. Lucen hábitos de todas las órdenes. Se defienden del calor con gorros con los colores papales y publicaciones religiosas convertidas en improvisados abanicos. Muchos religiosos se desprenden del alzacuellos. Otros se arremangan. No todos. Un centenar de legionarios de Cristo no pierden la compostura. Son inconfundibles. Actitud recogida, sotana bien planchada, cuello almidonado, zapatos lustrados, puños con gemelos, breviario en piel, peinado con raya y fijador. Visten sobre el hábito el roquete, una elegante prenda eclesiástica de lino blanco. Uno de ellos descubre que las polvorientas sillas de la plaza de San Pedro están dejando huellas blanquecinas sobre sus trajes talares. Alarma. Saca un paquete de pañuelos del fondo de su sotana, distribuye entre sus compañeros y limpian con ahínco los asientos. Ya tranquilos, se sumergen en sus oraciones.

Les gusta repetir que ellos nunca aflojan. Según el legionario Gabriel González Zambrano, director del Instituto Sacerdos, en Roma, una institución de la Legión que forma cada año a un centenar de sacerdotes de países en desarrollo en la disciplina de la congregación: «Somos como los futbolistas, si haces concesiones, pierdes la fibra. Y eso está pasando con los curas que hablan de eliminar el celibato. Aflojan. Tras el Concilio Vaticano (1962-1965) ya hubo en la Iglesia una ola de descontrol, confusión y experimentos raros. Los legionarios no hemos aflojado. Somos sacerdotes orgullosos de serlo. No queremos pasar desapercibidos».

Son la punta de lanza de la Iglesia más conservadora. No se permiten concesiones. No pierden el tiempo. Es pecado. No tienen más asueto que 20 minutos al día. Y dos semanas de vacaciones al año en comunidad. En orden de batalla para instaurar el reino de Cristo. Su caza y pesca de fondos y vocaciones no se detiene. Tampoco su hambre de influencia. Una cuestión de poder en el seno de la Iglesia. En liza con las viejas órdenes religiosas y también con los grupos neoconservadores alimentados por Juan Pablo II de cuyo elenco forman parte. Mientras los seminarios de las órdenes clásicas se vaciaban tras su particular mayo del 68, los de la Legión colgaban el cartel de completo. En 1950 solo tenían un sacerdote, su fundador, Marcial Maciel; hoy, cerca de 1.000. Su estrategia corporativa ha sido crecer a toda costa. Copiando el ardor guerrero de los jesuitas y el elitismo del Opus Dei. Y añadiendo una pizca de secretismo. Su objetivo siempre fue atraer a los «líderes del mundo»; como confirma un viejo legionario: «Maciel tuvo claro que teníamos que ir a la punta de la pirámide; a por los líderes naturales y económicos y, a través de nuestros colegios, a por sus hijos. La clave era influir. Y, teóricamente, ayudar a los pobres a través de los ricos, como Robin Hood».

Han creado en solo 60 años un holding eclesial con 15 universidades y 48 más en México para las clases populares; 177 colegios, 133.000 alumnos, 20.000 empleados, 3.450 sacerdotes y religiosos y un millar de consagradas (su rama femenina de religiosas sin hábito); un brazo laico, Regnum Christi, con 75.000 miembros divididos en células; y una telaraña de seminarios, comunidades, institutos, casas de retiro y formación, campamentos, clubes juveniles y de debate, medios de comunicación y pisos en 45 países, de los que nueve colegios, dos escuelas infantiles y una universidad están en España. «Diez legionarios trabajamos por 20 curas», profiere con orgullo el padre Florián Rodero, un legionario irreductible. «Los curas progres piensan que tener un aspecto digno y distinguido nos separa del pueblo. Y yo les contesto que hay que estar con el pueblo, pero sin ser del pueblo. Hay que estar en tu sitio como sacerdote listo para defender a la Iglesia de la persecución de la que es víctima por sus enemigos».

Eran los elegidos. Iban a salvar la Iglesia. Fueron el eficaz martillo de la Santa Sede contra la Teología de la Liberación; activistas incansables contra el condón, el aborto, la eutanasia y la reproducción asistida (en la última década, a través de sus sesgadas cátedras de Bioética); enemigos del matrimonio entre personas del mismo sexo; generosa fuente de financiación para el Vaticano y, ante todo, la fiel caballería ligera de Juan Pablo II para implantar su modelo de catolicismo: resistencia, reconquista y restauración. La Iglesia como poder político. La Legión creció muy rápido. Tenía los pies de barro. Y un terrible secreto en su interior que tras décadas de ocultamiento terminaría por estallar: su fundador, Marcial Maciel, nacido en México en 1921, era un farsante.

Marta Rodríguez, una consagrada de 30 años que ha hecho promesa de obediencia, pobreza y castidad y tiene un hermano legionario, rememora los fastos de la Legión de Cristo en noviembre de 2004, en el Vaticano, cuando Juan Pablo II celebró los 60 años de profesión sacerdotal del fundador. Entre las frases de cariño que el Papa le dedicó hubo perlas como esta: «Mi afectuoso saludo se dirige ante todo al querido padre Maciel, al que de buen grado acompaño con mis más cordiales deseos de un ministerio sacerdotal colmado de los dones del Espíritu Santo». Era la consagración de la congregación. «Estaba rodeada de 10.000 miembros del movimiento en audiencia privada con el Papa, todos con las bufandas amarillas del Vaticano, y pensaba, ‘somos perfectos’. Juan Pablo II nos decía: ‘Se siente, los legionarios están presentes’. Y te creías lo mejor de la Iglesia. Pensabas, soy del Regnum Christi y qué fácil es ser del Regnum Christi. Cuando a comienzos de 2009 el padre Luis Garza (el vicario y segundo de a bordo de la Legión) nos confesó la vida inmoral del Padre Maciel me pasé llorando tres días y tres noches. Ya no era tan fácil ser del Regnum Christi. He pasado de Disneylandia a la realidad. Ahora nos toca cambiar. Fíjate Maciel, ¡Un hombre que nos hablaba con tanta belleza de la castidad…!».

Cuando uno entra en el hermético territorio de los legionarios, la primera tentación es adivinar dónde están guardados los retratos del fundador. En qué desván se encuentran arrumbados. Desde la condena de Benedicto XVI a Maciel en mayo de este año han desaparecido. No están detrás del sofá ni entre los estantes de la biblioteca. ¿Los habrán quemado? Nadie parece saberlo. Han sido borrados de la faz de la Legión. Como aquellas viejas fotografías del estalinismo de las que se iban evaporando los disidentes como si nunca hubieran existido.

Marcial Maciel, perfecto ejemplo de sacerdote durante décadas para sus seguidores; dueño de vidas, mentes y haciendas, falleció de cáncer en enero de 2008 en una discreta urbanización de Jacksonville (Florida, EE?UU), 20 meses después de haber sido apartado por Benedicto XVI de la práctica pública del sacerdocio por haber abusado sexualmente de 20 seminaristas. Nunca hubo juicio. El nuevo Papa hizo borrón y cuenta nueva amparándose en la avanzada edad del reo, 84 años. Bastante duro había sido ya para Joseph Ratzinger sacar adelante la investigación de la Iglesia contra Maciel que Juan Pablo II y su entorno (principalmente su número dos, el cardenal Angelo Sodano, viejo amigo del dictador chileno Augusto Pinochet e íntimo de Maciel) habían congelado durante una década. Los abusos sexuales apenas representaban el primer capítulo de la extensa biografía de crímenes de Maciel que se irían conociendo en los meses siguientes. Y que obligaría al Papa a destapar la olla de la legión y ordenar una auditoría de la congregación a nivel mundial a cargo de cinco obispos. Tras recibir los resultados y reunirse con los visitadores, la declaración de la Santa Sede del pasado 1 de mayo sobre la vida y las obras de Maciel concluía sin paños calientes: «Los comportamientos gravísimos y objetivamente inmorales del padre Maciel, confirmados por testimonios incontrovertibles, se configuran, a veces, en auténticos delitos y manifiestan una vida carente de escrúpulos y de verdadero sentimiento religioso». Ante la gravedad de los hechos, el Papa ha ido más lejos de la pura retórica y ha intervenido la congregación a través de un delegado al que ha otorgado plenos poderes religiosos, jurídicos y económicos para deshacer su madeja ideológico/financiera. La maquinaria vaticana se encuentra en la disyuntiva de disolver, refundar o simplemente reformar la orden. Cualquier posibilidad se contempla. El derecho canónico le otorga al Papa poder absoluto sobre las órdenes religiosas. Lo confirma un catedrático de Derecho Canónico que pide anonimato: «Si se disolviera el citado instituto, sus bienes pasarían a ser administrados por la Santa Sede. El Papa es un monarca absoluto y puede tomar las decisiones que considere oportunas». Los legionarios contienen la respiración.

«Ratzinger y Maciel nunca se entendieron», explica un sacerdote sexagenario que abandonó la Legión hace una década. «El Papa es un hombre tímido, reflexivo, un teólogo. Y Maciel tenía la mínima formación teológica; era un hombre de pueblo hecho a sí mismo; un seductor; un actor con una presencia imponente ante el público. Para Maciel, la Legión, su obra, era una obsesión, un fin en sí mismo. Estaba poseído por su misión. Era lo único importante para él. Más importante que el Evangelio. Nada le hubiera apartado de esa misión, ni los niños, ni las drogas. Una vez me dijo: «Yo iré al infierno… y la Legión… lo que dios quiera».

Dos años y medio después de su muerte, la mayoría de los legionarios no niegan los delitos de Maciel. Una actitud novedosa en la Legión, que durante décadas defendió a capa y espada la inocencia de su fundador ante las periódicas denuncias de pedofilia, vida disoluta y adicción a las drogas que desde 1997 aparecían en los medios de comunicación, atribuyéndolas a un complot de los enemigos de la Iglesia. Maciel era un mártir. Eso ha cambiado. Nadie niega sus culpas. Aunque muchos las asumen con la boca pequeña; minimizan sus tropelías como un misterio que solo Dios entiende. Según ellos, Maciel era débil, pero hizo cosas buenas. Su ideario está vigente. «Dios escribe recto con renglones torcidos». «Aunque el tronco estuviera podrido, las ramas son frescas y buenas». «No juzguéis y no seréis juzgados». Reflexiones sin salida que esgrimen algunos entrevistados. Esos que confían que cambiando algo nada cambie. Sin embargo, cuando se pregunta a uno de los hombres fuertes de la Legión sobre los crímenes de Maciel, no le queda más remedio que tragar: «No queda nadie en la Legión que piense que esas acusaciones son mentira. Los abusos a seminaristas están comprobados. También que tuvo tres hijos de dos mujeres, aunque no tenemos la seguridad de que todos los que lo dicen lo sean. Está comprobado que tuvo una doble vida; que jugó con diversas identidades y tenía varios pasaportes; y desvío fondos. Luego está el tema de si violó a sus hijos, si era adicto a los opiáceos y el lavado de dinero… Pero lo que realmente hay que determinar es si la Legión era para él una tapadera o si sirve a la Iglesia. Yo creo que la Legión tiene sentido. No me puedo explicar por qué Dios eligió ese instrumento, a Maciel, para crearla. Pero no olvide que el autor es Dios».

-¿Me lo puede explicar?

-Dios fue el artista; Maciel, el pincel, y la Legión, la obra de arte.

Álvaro Corcuera, un sacerdote mexicano de 52 años, licenciado en Ciencias de la Educación y emparentado con la familia ducal de Medinaceli, fue elegido director general de la congregación tras el inesperado abandono del cargo por Maciel en enero de 2005. Corcuera no concede entrevistas. Le encontramos en los jardines de la sede de la Legión, en Roma, a espaldas del Vaticano, rezando el rosario. Saluda con afecto. Adopta expresión de sorpresa. Accede, «pero les ruego perfil bajo, me lo ha pedido el Papa». Viste una impecable guayabera blanca, esa camisa ligera de origen cubano que los legionarios usan durante el verano. Corcuera tiene fama de templagaitas. De quedar bien con todo el mundo. De ir de perfil. Es un tipo astuto, refinado y muy preocupado por su forma física. Como manda la Legión. «Esta tarde a las cuatro tengo partido de frontón porque se me están poniendo kilos aquí», y se palpa la cintura. El puesto le viene grande. Posiblemente fue el hombre de paja de Maciel para seguir influyendo en la Legión ante la retirada forzada del fundador. Corcuera lo niega: «Mi elección fue limpia».

En su frío y desnudo despacho anejo a su celda, delante de una Coca-Cola Light, el padre Corcuera reconoce que nunca aspiró a ocupar el trono de Maciel: «Yo era rector del seminario de Roma y era feliz. Me gusta la enseñanza. Suceder al fundador era un paquete. Si hubiera sabido lo que iba a venir me hubiera dado un infarto. Fue una sorpresa que Maciel no aceptara la reelección. Hoy no descarto que la Santa Sede le indicara que abandonara la dirección general viendo lo que se avecinaba. Juan Pablo II moría solo unos meses después. Y la investigación a partir de las denuncias de pederastia de los antiguos seminaristas iba adelante. Una investigación de la que la Santa Sede nunca nos informó. Me enteré de la sanción de 2006 a Maciel 10 minutos antes de que se hiciera pública. No he tenido más información que el resto de los legionarios. No sabemos lo que va a pasar».

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