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LOS DERECHOS REPRODUCTIVOS Y SEXUALES DE LAS MUJERES. Elfriede Harth

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Transcripción de la ponencia para el Congreso de Teología de la Asociación Juan XXIII, realizada en Madrid, 9 de septiembre de 2006.

Es un gran honor para mí poder tomar aquí y hoy la palabra, en remplazo de mi colega Maria José Rosado Nunez de São Paolo, directora de Católicas por el Derecho a Decidir del Brasil.
Me invitaron a que aportara mi grano de arena a la reflexión que como cristianas y cristianos estamos llevando a cabo aquí en este Congreso sobre la bioética con un enfoque desde la perspectiva de los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres.

Quizá sea bueno empezar por intentar examinar qué es lo que entendemos por “Derechos reproductivos y sexuales”. Me gusta mucho una definición que dieron unas mujeres campesinas mexicanas en uno de los muchos talleres de capacitación que realizan Católicas por el Derecho a Decidir allá en México y en los demás países latinoamericanos en donde trabajamos. Más o menos fueron formulandolo de la manera siguiente: es el derecho de las personas a sentirse agradecidas por el cuerpo que Dios les dió, un cuerpo dotado por una parte de la capacidad del placer y por otro de la capacidad de producir seres humanos nuevos. Es el derecho a explorar y a vivir plena y positivamente esas dos capacidades, y a vivir y a gozar plenamente cada una por separado. Es el derecho a construirse como persona moralmente autónoma, adulta y responsable a través del ejercicio de esas capacidades y para poder ejercerlas plenamente. Es el derecho a la integridad física y sicológica. Es el derecho a saber y a postular que el principio fundamental de cada relación íntima de pareja es la justicia, la responsabilidad por el propio cuerpo y bienestar así como al mismo tiempo por el cuerpo y el bienestar de la pareja. Es el derecho a determinar el número de hijos que se quiere tener así como el momento en que se quieren tener. Es el respeto por ese don tan precioso que Dios nos dio, nuestro cuerpo. Respeto que nuestra tradición católica proclama y ritualiza por ejemplo en el sacramento de la unción de los enfermos y en los ritos de la sepultura de los muertos.

Cuáles son las condiciones para vivir esos derechos? – El matrimonio a vida es sin duda alguna una institución muy importante en el contexto del ejercicio de la sexualidad humana, antetodo cuando una persona o una pareja optan por la procreación, si se trata de una relación estable que proporcione seguridad y continuidad en la tarea de la crianza de los hijos. Pero sabemos todas y todos que no es la forma jurídica de una relación, ni su caracter heterosexual o monosexual lo que garantiza su calidad. Y por lo tanto la forma jurídica de una relación no es el principio fundamental para vivir lo que llamamos “derechos sexuales y reproductivos”, sino la justicia que reine dentro de la relación de pareja. Para poder gozar sus derechos sexuales y reproductivos, las personas tienen que respetarse primero que todo, tienen que respetarse ellas mismas y luego respetar a la pareja.

Derechos sexuales y reproductivos no deben confundirse con libertinaje irresponsable. Se trata al contrario de que la sociedad, de que todas y todos creemos las condiciones que permitan que las personas puedan gozar su cuerpo de manera sana. Empezando por rechazar rotundamente todo tipo de violencia y de coerción, que es precisamente la negación de la justicia. Empezando por proporcionar a cada niña y niño y a cada adolescente una educación sexual y emotiva que le permita conocer esa maravilla que es su cuerpo y que le permita desarrollar una actitud respetuosa y responsable frente a este, una actitud positiva frente a la sexualidad y una consciencia madura frente a lo que significa traer al mundo un hijo. El cuerpo y sus facultades son algo precioso que no se desperdicia sino que se cuida y que se goza.

Se trata de que toda persona conozca y tenga acceso a los medios que le permitan ejercer su sexualidad placenteramente y sin riesgos para su salud física y mental. Empezando por saber decir NO a algo que no se desea. Una adolescente, una mujer, toda persona tiene que saber que es legítimo decir NO a relaciones carnales que no esté deseando, a relaciones que conlleven riesgos para su salud, a relaciones que no incluyan métodos de protección contra infecciones o contra un embarazo no deseado. Deben por ejemplo saber que es legítimo y síntoma de responsabilidad usar y reclamar el uso del preservativo, para prevenir un embarazo no deseado o una infección.

En diciembre pasado, Católicas por el Derecho a Decidir organizó un viaje al Perú y al Brasil para un grupo de seis parlamentarias de varios países europeos. El objetivo del viaje era permitirle a esas legisladoras europeas explorar el impacto que tiene la religión sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en América Latina. Tuvieron que oir horrores en todas partes sobre la energía que emplea la jerarquía para obstruir desde la educación sexual de la juventud en los colegios hasta el acceso a medios anti-conceptivos para la población pobre. Pero al mismo tiempo hubo experiencias muy conmovedoras, como el encuentro con una monja brasileña que colabora con Católicas por el Derecho a Decidir del Brasil. Esa mujer trabaja en la pastoral de prostitutas y hace poco terminó una tesis de teología con Maria José Rosado, la directora de Católicas que trabaja en la Universidad católica de São Paolo. Se trata de una tesis sobre la religiosidad de las prostitutas, sobre la mariología de estas mujeres. Nos contaba que le tienen una inmensa devoción a María, en la que ven la gran consoladora, una pobre mujer del pueblo, que comprende sus penas, sin juzgarlas. En el fondo ven en ella el rostro compasivo de Dios. Y es precisamente este uno de los objetivos mayores de la labor de la religiosa: anunciarles a esas mujeres la Buena Nueva, trabajar sobre los tremendos sentimientos de culpabilidad que las oprimen. Hay algunas que hace años no han vuelto a comulgar, aunque sientan una gran sed de acercarse a la mesa del Señor. Van a misa, pero se quedan en el último banco, pues se sienten indignas de ir más allá. Sienten que han pecado y que tendrán que volver a pecar pues son madres y tienen que darles de comer a sus hijos. Sufren por haber cometido doce, quince abortos, por no haberse podido proteger contra un embarazo no deseado. Sufren cada vez por haber tenido que negarle la venida al mundo a un hijo, pero lo han hecho porque querían evitarles el destino que les esperaba como hijos de prostituta. La religiosa les hace entonces ver que lo que ella reconoce en sus actos que tanto las culpabilizan es amor: han optado por cargar con una culpa por amor al prójimo, por amor a esa criatura no nacida, por amor a los hijos que ya tienen y para quienes un hermanito más sería una carga bien pesada. – Y entonces ella apoya a las Católicas por el Derecho a Decidir en su lucha por la despenalización del aborto, por amor y respeto hacia estas mujeres. Sabe que cada vez que una de ellas tenga que practicarse un aborto clandestino, su vida peligra. Y tiene la convicción de que la vida de cada una de esas mujeres es demasiado preciosa para ponerla en peligro. Que cada una de ellas es amada por Dios y tiene el derecho a la vida, a la integridad física, a la dignidad.

Defender pues los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres es por lo tanto una opción por los pobres. Es luchar por que el acceso a educación sexual, medios anticonceptivos y en último recurso el aborto no sean el privilegio exclusivo de quienes tienen el dinero para comprarlos. Para que también la adolescente más humilde y la mujer más indigente no tengan que arriesgar su vida y su salud sino que se les reconozca la dignidad de ser agentes morales en cuanto a su sexualidad y su capacidad de reproducción y que puedan vivir una sexualidad sana, positiva y placentera, basada en relaciones justas y responsables.

Ahora – Qué tiene que ver todo esto con la bioética? Esta disciplina reciente que se ha venido forjando en la intersección de la biología, la medicina, la filosofía, la teología, el Derecho y la política?

Diría que la aparición de la bioética como disciplina es precisamente uno de los muchos síntomas de una revolución profunda y global de nuestros conocimientos en la que estamos involucrados todas y todos y que ejerce un tremendo impacto sobre todos los aspectos de nuestras vidas y de nuestra conciencia como seres humanos.

Qué significa esta revolución para las mujeres?
Qué significa para su cuerpo y para sus derechos respecto a su cuerpo?
Qué significa para su capacidad reproductiva y para sus derechos respecto a su capacidad reproductiva?
Qué significa para su sexualidad y para sus derechos respecto a su sexualidad?

Qué significa para el orden de poder de nuestra sociedad, orden basado en la diferencia de los sexos, diferencia organizada en una jerarquía de los sexos, en la cual el masculino prima y reina sobre el femenino?

Estas son sólo un par de las muchas interrogantes que surgen cuando entramos en esta problemática. Y es muy dificil formular respuestas. Pienso que en cuanto a certezas y verdades nos encontramos actualmente en una situación parecida a la del Pueblo elegido en tiempos del Faraón: El Espíritu que es como un viento invisible que no se deja encerrar sino que sopla libremente por donde le place nos está invitando al éxodo, a partir hacia horizontes desconocidos, sin más garantía que la fe en una promesa y la esperanza de alcanzar lo prometido. Nos encontramos en una situación en que todo tipo de fronteras empiezan a desvanecerse. Y con ello empieza a tambalear el orden social. Y es esa la razón que explica el recrudecimiento de todos los fundamentalismos al que asistimos también en la actualidad, fundamentalismos que son síntomas del temor frente a las incertidumbres y a los cuestionamientos del orden social, síntomas de una resistencia a todo cambio, a la necesidad de reformular o reinterpretar los mitos fundadores de nuestras tradiciones. Y cabe subrayar que todos los funamentalismos, ya sean cristianos, musulmanes, judíos, nacionalistas, o de cualquier otro tipo, tienen todos una preocupación clave, que es la negación de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, el afán por controlar el cuerpo de las mujeres. Si bien puedan estar en guerra unos con otros, en materia de negación de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, los fundamentalistas son aliados incondicionales. Así la Santa Sede, gracias al privilegio que goza de ser la única religión a la que se le reconoce el estatus de observador no miembro de Naciones Unidas, no tiene el menor inconveniente en unirse a los gobiernos de Estados como Sudan, Iraq, Libia para obstruir todo avance a nivel de política internacional en materia de derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Y con la llegada de George W. Bush a la presidencia de Estados Unidos, este país pasó a ser su mejor aliado en ese campo, razón por la cual los obispos americanos apoyaron su reelección en el 2004, a detrimento de su contrahente católico. Preferían que volviera a salir presidente un protestante que desató la guerra en Iraq y que gobierna contra los pobres en su país, con tal de impedir que llegara a la presidencia un católico partidario de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

Por qué se sienten tan amenazados los fundamentalistas por los desarrollos científicos recientes?

Porque cuestionan profundamente los fundamentos antropológicos que rigen la simbología de nuestros sistemas de poder, la simbología tanto religiosa como política.

Con el desarrollo de las tecnologías de la reproducción asistida de la clonación por ejemplo, las categorías de oposición y complementaridad de los dos sexos, es decir la frontera que los separaba, que servía para establecer y justificar un orden social dado, empieza a perder pertinencia. Si hasta la fecha la reproducción biológica de la especie humana requería la existencia de una humanidad sexuada y la interacción sexual entre dos seres de sexo opuesto, se vislumbra que esto no seguirá siendo indispensable en el futuro. Al menos no lo será científicamente, teóricamente. Es decir que aunque quizá nuestros legisladores sigan prohibiendo la clonación reproductiva y nuestros científicos respeten esa ley, lo que nuestro entendimiento nos permite vislumbrar, lo que nuestra mente hoy en día es capaz de imaginar y de pensar, no dejará de tener un profundo impacto sobre la antropología y como corolario sobre la teología.

Se ha demostrado que es posible producir un nuevo mamífero a partir de un ovocito enucleado de esta especie de mamífero a la que se le ha implantado el núcleo de otra célula de cualquier otro individuo de esa especie. Es decir que la reproducción deja de depender de la sexualidad. Reproducción y sexualidad son dos cosas distintas y desligadas una de otra. Es concebible crear un individuo nuevo de la raza humana, distinto a los demás de su especie a partir de un ovocito, pero sin necesidad de esperma. Aún se necesitaría para el desarrollo de ese clon un útero, pues no ha logrado aún la ciencia desarrollar incubadoras que puedan suplir el vientre de la mujer. Significa esto que a término largo – al menos teóricamente – si bien sigue habiendo necesidad de mujeres no habrá necesidad de varones, para que la especie humana siga perpetuándose y no desaparezca de la faz de la Tierra. Podemos entonces imaginarnos una sociedad humana conformada por individuos que ya no son “el fruto del hombre”, o para decirlo de manera más precisa, “el fruto del varón”. Pero entonces qué significan en esas condiciones categorías antropológicas, y como corolario políticas y religiosas como la de “padre”, “hermano”, “filiación”, “linaje”, “descendencia”, “ancestros”, “generación”?

Nos daremos cuenta de que no hemos necesitado llegar hasta la biorevolución para que muchas de estas categorías sean redefinidas. Ya estamos asistiendo a ello, por ejemplo con el reconocimiento del matrimonio gay. La biorevolución en el fondo sólo le concede mayor plausibilidad a los cambios antropológicos que estamos vivenciando, corroborando en lo biológico lo que ya estamos experimentando en lo social y en lo jurídico: que las fronteras que nos parecían incuestionables y evidentes, Ley Natural edictada por Dios y reflejo de su voluntad divina desde un principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos amén, cada día lo son menos.

Qué significa entonces ser mujer? – Y qué significa ser varón? Admito que aunque creo intuirlo, definiéndome yo misma como una mujer – me siento incapaz de dar una definición categórica y esencialista que establezca sin ambigüedad alguna la frontera entre dos seres, catalogando a uno en la categoría “varón” y al otro en la categoría “mujer”. Siento que la frontera entre ambos se está desvanciendo, es cada vez más opaca.

Qué significa esta biorevolución que vivenciamos para el cuerpo de las mujeres y para sus derechos respecto a su cuerpo?

El cuerpo de las mujeres ha sido siempre en todos los sistemas políticos y económicos que conocemos, materia prima para producir y reproducir el bien más precioso de la especie humana que es su propia supervivencia y su propia perpetuación. Ha sido la fuente que provee la fuerza de trabajo necesaria para crear todo lo que la humanidad haya podido considerar como riquezas, y esto antes de que estas riquezas puedan ser acaparadas o repartidas. Los varones también han venido desempeñando un papel indispensable en esta labor, pero una diferencia económica central entre varón y mujer es que la cantidad de tiempo que el varón necesita invertir en desempeñar su papel biológico de reproductor, es sumamente breve, un par de instantes, mientras que la parte que le incumbe a la mujer se extiende al mínimo sobre un perído de nueve meses. En un mundo en que la única función de los varones y de las mujeres fuese la reproducción, y que un varón fecundara sólo a una mujer por día, un varón necesitaría unas 300 mujeres para optimizar su capacidad reproductiva, mientras que a una mujer le bastaría tener relaciones reproductivas con un hombre cada 300 días para optimizar la suya. En una población de igual número de varones y de mujeres, sobrarían 299 varones por cada mujer. O para formularlo en lenguaje económico: el valor biológico-económico de una mujer sería equivalente al de 299 varones. Al menos en sociedades en que la reproducción biológica de la especie humana se opere según la tradición sexuada/sexual. Pues en el horizonte de una reproducción por clonación el valor biológico del varón llega a cero coma cero.

Esta diferencia en el valor de los dos sexos la han comprendido desde los más remotos tiempos históricos todos los pueblos que se han dedicado a la ganadería o a la cría de animales: se conservan las preciosas hembras que proporcionan leche y crías o huevos y se sacrifican los machos de valor incomparablemente inferior, para proporcionarle carne a la dieta del grupo, conservando únicamente un par de reproductores.

Y podemos estar seguros de que el origen remoto de todo orden social y político de que se haya dotado la especie homo sapiens radica en la acaparación y el control de ese valor incomparable que representa en la sociedad humana la capacidad reproductiva inherente al cuerpo de las mujeres. Y el orden patriarcal consiste en que aquellos individuos del sexo masculino que logren apropiarse o al menos controlar el cuerpo y el producto del cuerpo de las mujeres, son aquellos que detienen el poder. Y la obsesión por el control del cuerpo de las mujeres es quizá la mejor medida para medir el grado de fundamentalismo patriarcal de cualquier sistema de poder.

El ejemplo más flagrante lo proporciona nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana. Esa “señora”, que es una estructura de poder que en realidad está constituída exclusivamente por varones que renunciaron a su capacidad reproductiva biológica, a cambio del máximo título de autoridad patriarcal que es el de “padre”, es un colectivo exclusivamente masculino que decide cuáles son las reglas que rijen la sexualidad. Primero la de aquellos otros varones que prefirieron renunciar al poder dentro de la dicha estructura a favor del ejercicio de su sexualidad. La Santa Madre Iglesia les impone a estos que la única sexualidad legítima es la heterosexual, es decir aquella que implica interacción con el cuerpo de una mujer, con la que estén unidos en matrimonio indisoluble. Y segundo la sexualidad de las mujeres. Pero lo que antetodo se arrogan es el control exclusivo de los cuerpos de las mujeres cuando estas se encuentran gestando, reduciéndolas a seres portadoras en su seno de un espacio extraterritorial, una especie de enclave de la cual se ven expropriadas mientras se esté desarrollando allí un fenómeno biológico que puede llegar a culminar en la venida al mundo de un individuo nuevo de la especie humana. Pero este afán por expropiar a la mujer gestante de su cuerpo y de lo que este está produciendo, será realmente un afán por proteger la vida de un ser humano?

Entonces cómo explicar que por la destrucción de una vida humana haya sanciones diferentes, según los casos? El derecho canónico estipula que la sanción para el aborto es la excomunicación. Esta sanción no se aplica sin embargo ni al homicidio ni al asesinato. Ni siquiera a la masacre o al genocidio. Si una mujer embarazada no quiere asumir esa maternidad, y decide destruir la vida que está gestándose, ella tiene dos posibilidades: O bien aborta, quizá a los dos o tres meses de embarazo, opta por que sea destruido el fruto de su vientre antes de dar a luz, o bien da a luz para matar enseguida al bebé que ha parido. Pues el Derecho canónico considera los dos actos como crímenes distintos, de los cuales el aborto merece una pena mucho mayor.

Con el aborto una mujer demuestra que reivindica la integridad de su cuerpo, que esté este gestando o no, y se niega a aceptar una “extraterritorialidad” dentro de sí, sobre la cual otros puedan detener la autoridad y el control. Por eso se amenaza a la mujer con excomulgarla. No se trata pues de castigar en primer lugar la destrucción de una vida humana, sino la reivindicación de la soberanía moral de la mujer, la reivindicación del control sobre su propio cuerpo.

Y aquí radica la importancia del reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres: es la condición para que todas las mujeres puedan reivinidicar la integridad de su cuerpo. Es necesario que se le reconozca a cada mujer el derecho a decidir cuál es la opción legítima para ella en caso de un embarazo: la de llevarlo a término o la de ponerle fin. Para que la maternidad sea algo realmente digno y humanizante, se necesita que se reconozca como legítima la opción del aborto. Pues mi maternidad sólo es realmente una opción positiva y libre si puedo legítimamente optar por el aborto, descartándolo. Y aunque el Vaticano intente ocultarlo en su afán de poder: esa es la doctrina católica genuina. Pues cabe recordar aquí que una de las componentes fundamentales de la tradición católica es que la conscienca individual informada es la suprema instancia moral. Un acto no es un crímen porque sí, sino según las circunstancias en que se cometa. Si una mujer opta por un aborto, después de haber orado y sopesado en su corazón y conciencia los diferentes aspectos de la situación en que se encuentra llegando a la conclusión de que en su caso concreto el aborto es la opción más responsable, pecaría si actuara en contra a su conciencia no abortando. Se trata de una decisión grave y dificil. Y nadie puede negar que un aborto implica la destrucción de una vida humana. Pero la Iglesia católica admite que hay casos graves en que la destrucción de una vida humana puede justificarse. Así ha desarrollado toda una teología de la guerra justa por ejemplo. En ella enumera las condiciones en las cuales se justifica destruir vidas de seres humanos nacidos, de personas. En cambio es muy poco lo que existe en el campo de la teología del aborto justo. Prácticamente se reduce a lo que hemos compilado y sistematizado en Católicas por el Derecho a Decidir, y que es parte de una teología feminista de la liberación. Así nos preguntamos por ejemplo: Por qué se consideraría que una mujer es capaz de traer al mundo una criatura humana y de criarla y ayudarle a ser una persona adulta y responsable, pero no se le cree capaz de decidir, cuando se encuentra embarazada sin haber optado por ello, si ella quiere y puede o no asumir esa maternidad específica en las circunstancias concretas de su vida? Y recordamos que contrariamente a lo que sucede en el caso de la destrucción de la vida de una persona en una guerra o en un caso de legítima defensa, en el caso de un aborto la propia Iglesia admite que no tiene la capacidad de definir el momento en el cual se sabe con certeza que un embrión o feto es una persona humana. Y aquí precisamente los recientes desarrollos del conocimiento científico nos ayudan a ver con mayor claridad de lo que nos era posible hasta hace poco: que lo que existe en el momento de la concepción es un conjunto de células plenipotenciarias sin especificación alguna. No es posible hablar aquí de persona humana. Pues es posible por ejemplo que ocurra una división de estas células de tal forma que no resulten uno sino dos embriones. Qué será del alma inmortal? También podrá dividirse en dos – o sería que ya pre-existía en doble desde el principio en una sóla célula? – E intuitivamente podemos comprender que aunque haya destrucción de vida humana, no es lo mismo destruir un embrión que una persona nacida. Basta con imaginar la escena siguiente: Una médica trabaja en un laboratorio de reproducción asistida. Un día una colega le deja un bebé de un año en el laboratorio, mientras va a resolver un trámite. Mientras está el bebé en el laboratorio se produce un corto circuito que desencadena un incendio muy grave. Suenan las alarmas y la doctora sabe que sólo le queda un minuto para salir del laboratorio y salvar su vida. Qué decisión será más ética: que tome al bebé que duerme en su cunita en brazos para sacarlo del peligro o que más bien sacrifique esta jóven vida para salvar las 500 vidas de 500 embriones congelados que tiene guardados en la nevera de su laboratorio?

Luchar contra los derechos reproductivos de las mujeres, contra la legalización del aborto, es tomar partido en contra de la vida de las mujeres, pues se prefiere arriesgar la salud y la vida de alguien de quien nadie duda que es una persona, aunque quizá de sexo femenino, pretendiendo proteger la vida de un ser de quien es imposible tener certeza de que es una persona.

Abortar sólo lo puede una mujer. Cometer un homicidio también lo puede un varón. Pero ambos actos son sancionados de manera diferente. Eso demuestra que la preocupación principal de la Iglesia es controlar el cuerpo, la sexualidad y la capacidad de reproducción de las mujeres, pues aquí se encuentra el fundamento de la estructura de poder patriarcal de la Iglesia. Y esto explica por qué el Vaticano no puede aceptar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, no puede aceptar la igualdad de las mujeres, no puede permitir que las mujeres lleguen a simbolizar la autoridad institucional dentro de la religión, pues toda la estructura del poder y de la autoridad de la Iglesia está basada en la negación de la soberanía moral de las mujeres en lo que respecta su propio cuerpo, su sexualidad y su capacidad de reproducción. La obsesión del Vaticano en contra del sacerdocio de las mujeres no es sino la otra cara de la medalla. No puede el Vaticano permitir el acceso de las mujeres al sacerdocio, pues el sacerdocio tal y como lo concibe el Vaticano está basado en y presupone el control de la sexualidad en general y el control de la capacidad de reproducción de las mujeres en particular. El día en que el Vaticano conceda a las mujeres acceso al sacerdocio, este deja de ser lo que es. El día en que el sacerdocio cese de ser lo que es, el Vaticano no tendrá ya ninguna objeción en admitir a las mujeres al sacerdocio. Será pura casualidad que las primeras reivindicaciones formales de mujeres por ser admitidas al sacerdocio hayan coincidido con la invención de la píldora anticonceptiva? Fue en 1963 que una suiza y luego dos alemanas enviaron al Concilio Vaticano II la solicitud de que se considerara la admisión de mujeres al sacerdocio.

La píldora anticonceptiva independizó la sexualidad de la reproducción. La respuesta del Vaticano fue Humanae Vitae. Junto con la cuestión del celibato de los sacerdotes, Pablo VI extrajo la cuestión de la contracepción de las deliberaciones del Concilio Vaticano II. Pensando preservar la autoridad de la Iglesia lo que consiguó fue atestarle un golpe casi mortal, pues confundió autoridad con poder.

Con la revolución biomédica que estamos vivenciando, ahora es la reproducción la que se está independizando de la sexualidad. Las relaciones entre los sexos que ya habían experimentado un cambio profundo, cómo se verán afectadas ahora? – Qué será de la ternura, del placer, del amor? – Seremos capaces de aprenderlos, de experimentarlos, de proporcionarlos, sin pasar forzosamente por la reproducción? Por la sexualidad? Por la heterosexualidad? – No son éstas manifestaciones humanas que han existido ya y siempre – independientemente de la reproducción y de la sexualidad y de la heterosexualidad, sólo que por el afán de controlar la sexualidad y la reproducción muchas veces lo hemos olvidado hasta el punto de ser capaces de justificar y de vivir una sexualidad y una reproducción quizá heterosexuales pero totalmente carentes de ternura, de placer y de amor? – No estamos asistiendo precisamente a través de fenómenos como el matrimonio gay, la transsexualidad, etc.. a la aparición de nuevas estructuras sociales que muestran precisamente que la ternura, el placer y el amor van mucho más allá de las fronteras definidas por los poderosos.

Quizá llegue un día en que la mujer, que el cuerpo humano sexuado cese de ser indispensable para la creación de individuos humanos nuevos, para la perpetuación de la especie humana. Ese día el control sobre ese cuerpo dotado de una capacidad específica, perderá su importancia y las estructuras de poder que se han formado para ejercer ese control perderán su objeto. Permitiremos que tengamos que esperar hasta ese día para inventar un mundo más justo y más propicio para vivir con ternura, placer y amor?

Elfriede Harth – Católicas por el Derecho a Decidir

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