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Los curas se suben otra vez al púlpito -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

Acabo de regresar de Italia (Verona) donde he tenido un breve curso (sólo tres días) sobre la fe cristiana. Estos días de trabajo, y otros compromisos que tenía pendientes allí, han sido el motivo del paréntesis de silencio que ha sufrido este blog. Pido las debidas disculpas, por este silencio, a quienes suelen visitar el blog.

Italia es un país en el que la presencia de la religión sigue siendo fuerte. Es un hecho que se palpa enseguida. Sin duda, la cercanía del Vaticano y la abundancia de pequeñas diócesis son dos hechos determinantes en la religiosidad de millones de italianos.

Pero ocurre que, precisamente porque la religiosidad se nota más que en otros países, por eso mismo también se nota más y se percibe mejor la orientación que, en determinados sectores del pueblo, va tomando la práctica religiosa. Se trata de una orientación claramente regresiva.

O para ser más preciso, cada vez que voy a Italia (y suelo ir dos o tres veces caño), me doy cuenta de la fuerza que van tomando dos fenómenos enormemente significativos: 1) Por una parte, se palpa que las prácticas religiosas tradicionales, no sólo se refuerzan, sino que además van en claro retroceso en el sentido de ir recuperando usos y costumbres que (quizá ingenuamente) creíamos definitivamente superadas.

2) Por otra parte, a medida que se recuperan prácticas religiosas de tiempos antiguos, casi en la misma medida aumenta el número de personas que anhelan y buscan otra forma de entender y practicar la vida cristiana, otra forma menos atada a determinadas prácticas medievales y más vinculada al Evangelio y a los primeros orígenes del cristianismo. Estos dos fenómenos son clarísimos y, por la información que tengo en este momento, creo que es en Italia donde mejor se advierten y más se notan estas dos tendencias, que, en no pocas cosas, van en direcciones estrictamente opuestas.

Pues bien, si se presta algo de atención al primero de estos fenómenos, el de la recuperación e intensificación de las prácticas religiosas de antaño, una de las cosas que más me han sorprendido es que, en no pocas parroquias del noreste italiano (pienso, por ejemplo, en la diócesis de Údine, en la frontera con Austria), van abundando los curas que están utilizando otra vez los púlpitos para las homilías de las misas o simplemente para predicar sus sermones al pueblo fiel. Y es importante notar que hay mucha gente a la que le gusta eso.

Es más, abundan las personas a quienes les encanta que el predicador se ponga ropajes especialmente solemnes y llamativos para echar su sermón.

Esto me ha dado qué pensar. Porque no creo que la explicación del retorno a esta vieja costumbre haya que buscarla en la vanidad de los predicadores. Por supuesto, es evidente que un tipo, que se cuelga encima todos los ropajes que tiene a su alcance, por más que lo haga con el convencimiento de que así es cómo debe proceder, puede dar la impresión de que hace eso motivado por un mal disimulado orgullo. Pero el fondo del asunto no está en los sentimientos que pueda abrigar el predicador de turno.

El problema está en lo que el púlpito representa en sí mismo. Lo más evidente que ocurre con el púlpito es que la predicación se separa del altar, es decir, la explicación del Evangelio se aleja de la Eucaristía. De forma que el Evangelio se convierte en «sermón»; y la Eucaristía se reduce a un «ritual» sagrado. Y entonces, en el sermón, el predicador se luce con su retórica; y, en el ritual, el sacerdote ejecuta un ceremonial que fomenta la devoción de unos, tranquiliza la conciencia de otros, pero, por lo general, a casi nadie le evoca lo que Jesús hizo y dijo en la cena aquélla en que se despidió de sus discípulos y amigos.

¿Qué hemos hecho con el Evangelio? ¿Qué nos queda de la Eucaristía? ¿A dónde vamos por este camino? Según dicen los entendidos, el «púlpito» fue, originalmente, parte del escenario del teatro romano. La parte diferenciada de la «orchestra», es decir, la parte donde los actores recitaban y actuaban. ¿No estaremos haciendo de nuestras celebraciones litúrgicas una especie de teatro en el que todos pasamos un rato pero nadie se convierte?

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