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Los cinco años de Francisco -- Pepe Mallo

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“UNA IGLESIA EN SALIDA”
Recientemente hemos conmemorado (y celebrado) los cinco años de Francisco como obispo de Roma – así le gusta que se le llame-. Durante este lustro, Francisco se ha caracterizado por sus enfoques, poco ortodoxos para muchos, y sugestivas expresiones no menos polémicas. Pero no se puede negar que con su particular estilo ha impulsado un insospechado proceso de renovación. Hace cinco años percibimos claramente que el nuevo papa traía nuevos aires, buenos aires.

“Una Iglesia en salida”

Francisco, al comienzo de su pontificado, en su exhortación “Evangelii gaudium”, nos urge a vivir “Una Iglesia en salida” (EG.20); frase que a menudo se ha visto convertida en un discurso de cara a la galería, oportunista, pero exitoso. Sin embargo esta expresión encierra una velada crítica al modelo anterior de Iglesia que era una Iglesia “sin salida”. La rancia y dogmática doctrina tridentina había encerrado a la Iglesia dentro de una situación prácticamente inaceptable para la sociedad actual, rehén de tradiciones fosilizadas y con un mensaje que no mordía los problemas del mundo actual. Una Iglesia en salida es una Iglesia de puertas abiertas para acoger y recibir, escuchar y comprender, proponer y acompañar, y al mismo tiempo, para salir a buscar. Con esta expresión, el Papa empuja a la Iglesia a salir de sí misma. Pero, “salida” ¿de dónde y hacia dónde? Voy a arriesgarme.

Salida del clericalismo

Problema básico en la Iglesia. Estructuralmente existe hoy con tanta fuerza como en cualquier momento de la historia de la Iglesia. La Iglesia se configuró a sí misma como verticalidad absoluta y absolutista. Al margen, el rebaño sometido, condenado al silencio, a la obediencia y a la sumisión más servil. La oposición clérigo-laico constituye una situación patológica dentro de la Iglesia.

Ahora Francisco reclama la salida de una Iglesia-jerarquía, creadora de desigualdades, hacia una Iglesia-pueblo de Dios, que hace de todos hermanos y hermanas: una inmensa comunidad fraternal. Y ha decretado: «Debemos extirpar el clericalismo de la Iglesia». En la Iglesia las funciones «no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros ». (EG.104)

Salida de la autoreferencialidad

Una Iglesia “ensimismada”, impenetrable para el pueblo. El papa Francisco emplea el concepto «autorreferencialidad» para describir la reclusión del hombre en sí mismo y señalar las actitudes de algunos cristianos que sólo piensan en sus propios intereses (EG,8).

En vísperas del Cónclave, el entonces cardenal Bergoglio escribía «La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria». Es decir una llamada a salir del «ensimismamiento». Salida de la «autorreferencialidad» enfermiza a una Iglesia misionera, centrada en el Evangelio de Jesús. Salida de una Iglesia-automagnificadora y acrítica hacia una Iglesia-auténtica, crítica consigo misma y contra jerarcas celosos de su status de poder y privilegios.

Así se sincera Francisco:

“Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades.” (EG.49).

Salida de la exclusión

La Iglesia es una comunidad de iguales, según san Pablo: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”(Gal. 3,28). Se trata de una “congregación”, no de una “segregación”. El clericalismo ha originado la desigualdad y la autorreferencia, la exclusión, la censura e incluso la excomunión. En el fondo (dejemos los talantes a parte), la Iglesia relega y margina a la mujer y a homosexuales y transexuales. Excluye de la comunión a quienes han intentado rehacer su vida tras un fracaso matrimonial, (a pesar de las “buenas intenciones franciscanas”). Proscribe de manera inhumana e injusta a sacerdotes que responsablemente optaron por el matrimonio.

Francisco propone la salida de una Iglesia-autoridad, hacia una Iglesia-pastor que anda en medio del pueblo, con olor a oveja:

“Jesús no dice a los Apóstoles que formen un grupo exclusivo, un grupo de élite. Jesús dice: “Id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28,19). (EG. 113)

Salida del dogmatismo

Que la Iglesia tiene un dogma, nadie lo duda. Pero su perversión, el dogmatismo, tiene más que ver con su pasado histórico que con su carácter evangélico. Existen personas que propugnan fanáticamente un rigorismo dogmático al que llaman fe. Esta actitud fundamentalista conduce a sectarismo, ya que todo dogmatismo, por su propia naturaleza, se revela exclusivo. “El narcisismo teológico de una Iglesia, que vive en sí, de sí y para sí”, explica Francisco.

Jesús sale fuera de las fronteras raquíticas del judaísmo y lucha por unos valores, valores humanos. Cuando propone lo que Dios “exige” del creyente, nunca habla de dogmas ni de prácticas religiosas, sino de “prácticas humanas”. Ahí tenemos la parábola del juicio final: “porque tuve hambre, tuve sed, estuve enfermo…»

Francisco nos plantea la salida de una Iglesia-del orden y del rigorismo hacia una Iglesia-de la revolución de la ternura, de la misericordia y de la consideración:

“Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia.” (EG.35).

Salida del ritualismo

El ritualismo es una forma muy sutil de idolatría, ya que consiste en dar exagerada importancia a las formas, a los gestos, anulando así el verdadero significado de los signos. El ritualista adopta los ritos como costumbre, como el “siempre se ha hecho así” y “así lo mandan las normas”. Pero el ritualismo convierte en fin lo que ha sido concebido como un medio. La imagen del sacerdote ritualista continúa profundamente arraigada en la cultura de la Iglesia, en la rutina de los ritos de misas y sacramentos. Existe un “apego enfermizo a las formalidades insustanciales o al ritualismo sin contenido”. Una cosa es la liturgia y otra el ritualismo. No se trata de una serie de ceremonias, ritos, palabras y gestos, sino de la expresión de las vivencias de la comunidad a través de esas actitudes.

“Una celebración puede resultar también impecable desde el punto de vista exterior. ¡Bellísima! Pero si no nos conduce al encuentro con Jesucristo, corre el riesgo de no traer ningún alimento a nuestro corazón y a nuestra vida” (Catequesis sobre la Eucaristía).

Estos y otros “éxodos” vaticinan una Iglesia en salida

Francisco está franqueando nuevas perspectivas y, sobre todo, alentando nuevas esperanzas:

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación.”(EG.27)

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