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LOMBARDI DESVELA EL OBJETIVO DE LA EXHORTACIÓN PAPAL. José Catalán Deus

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Religión Digital

La exhortación apostólica postsinodal «Sacramentum Caritatis» de Benedicto XVI constituye un nuevo paso hacia la maduración de la reforma litúrgica, según el portavoz papal, Federico Lombardi S. I.

«Son ciertamente muchos los puntos sobre los que la Iglesia es invitada a reflexionar… La reforma litúrgica emprendida por el Concilio continúa así madurando en un equilibrio siempre mayor en sus dos dimensiones, horizontal y vertical… Teología, espiritualidad, liturgia y vida encuentran en este nuevo texto un equilibrio… Un don para la Iglesia que hay que acoger, meditar y llevar a la práctica», recomienda desde la ‘autoridad’ de su puesto. Es de entender que interpreta los objetivos del Papa. Equilibrar la reforma litúrgica del concilio poniendo el acento en la espiritualidad tras haber estado durante décadas puesto en la temporalidad, la popularidad, la accesibilidad. Y recuerda como el que no quiere la cosas que después de meditarlo, hay que aplicarlo.

El director de la Oficina de Información de la Santa Sede escribe el editorial del último número de «Octava Dies», semanario producido por el Centro Televisivo Vaticano –del que también es presidente- y distribuido por canales católicos de televisión del mundo: «el nuevo documento de Benedicto XVI sobre la Eucaristía –»Sacramento del amor»- es una nueva señal de la continuidad entre los dos pontificados. Las últimas grandes iniciativas de Juan Pablo II estuvieron dedicadas precisamente a la Eucaristía. Su última encíclica –titulada «Ecclesia de Eucharistia», esto es: «La Iglesia vive de la Eucaristía» -, la dedicación de un año pastoral enteramente dedicado a la Eucaristía –durante el cual falleció- y la convocatoria de un Sínodo de los obispos sobre el mismo tema. Evidentemente Juan Pablo II veía y vivía la Eucaristía como centro y culmen, además de fuente de la vida de la comunidad de la Iglesia a él confiada. Y casi simbólicamente el arco de su pontificado concluyó ante este gran don y misterio», escribe el jesuita Lombardi.

«Benedicto XVI ha llevado a cumplimiento el Año de la Eucaristía y el Sínodo, y ahora comunica sus frutos a la Iglesia con un documento que ya por el propio título se demuestra estrechamente vinculado a su primera encíclica –«Dios es amor» [ «Deus caritas est». Ndr]-, casi como su natural desarrollo. El nuevo texto manifiesta también una intención característica de Benedicto XVI: la encaminada a la liturgia, a su riqueza de significados, a la dignidad de su celebración».

Con esta intervención, Lombardi viene a dar la razón a quienes se duelen gravemente de estar ante un paso más hacia el retorno de la liturgia tradicional con la que quiso acaba el concilio Vaticano II. Por más que -hay que insistir- el paso sea muy medido, muy prudente, a base de sugerencias casi ‘de pasada’.

PROFUNDA DECEPCIÓN DE LOS PROGRESISTAS

Las interpretaciones más numerosas en los medios españoles han repetido los argumentos del corresponsal vaticanista de Le Monde, Henri Cing, que la ve como prueba palpable de la “reforma” de la reforma postconciliar. ‘Sacramentum caritatis’, (Sacramento de la caridad), toca las cuestiones más controvertidas en el seno de la Iglesia Católica, sobre todo la reforma de la liturgia, tema en el que desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) se oponen los modernistas a los partidarios del latín, esos “tradicionalistas” que son más del gusto del actual pontífice. Se reafirma el “carácter obligatorio en la tradición latina” del celibato de los sacerdotes (que no vale en las iglesias de Oriente). No se refuta la escasez de vocaciones sacerdotales, aunque esto impide en la práctica que muchos fieles de África, América Latina y de los países descristianizados de Europa reciban el sacramento de la eucaristía (la comunión), la cual no obstante se presenta como “la culminación de la vida cristiana”.

Benedicto XVI, según Cinq, querría abordar esa contradicción mediante “un reparto más justo de los sacerdotes”, lo cual es una ilusión en gran medida. Y además recuerda que las “asambleas dominicales en ausencia de un sacerdote”, numerosas en las zonas rurales sin clero, son un mal menor y no tienen el carácter de una verdadera misa.“Con excepción de las lecturas, la homilía y las oraciones de los fieles”, señala el Papa en su exhorto, “es bueno que la celebración se haga en lengua latina. Y, por tanto, que se reciten en latín las oraciones más conocidas de la tradición de la Iglesia Católica y, eventualmente, que se ejecuten piezas de canto gregoriano”. En los seminarios habrá de restablecerse la enseñanza del latín y del gregoriano.

Eso no es todo. La “concelebración” de varios sacerdotes (que detestan los tradicionalistas) deberá ser “excepcional”. Se prohíben “la improvisación general en el canto litúrgico y la introducción de géneros musicales que no sean respetuosos en el sentido de la liturgia”. Es decir, adiós a la guitarra y al xilófono…

Además, se proscriben las “homilías generales y abstractas”. Se desalientan las misas televisadas, que no satisfacen el “precepto dominical”. Se condenan los “abusos” en la adaptación de la liturgia a la cultura local. Se reafirma la prohibición de la “intercomunión” con los no católicos. El “gesto de paz” -el saludo a los vecinos que se dan entre sí los fieles en la misa- no debe dar lugar a “manifestaciones excesivas”.

La intención del Papa es restablecer la “belleza” y la “claridad” de la liturgia. Esta “no está a la disposición de nuestro arbitrio y no puede sufrir la presión de las modas del momento”, señala. Pero podrían desalentarse muchos esfuerzos por animar las celebraciones.

Podría acusarse a Cinq de poner la venda antes de la herida y de adelantarse varios pueblos a la llegada del tren, al movimiento del péndulo. Algunos lo señalan, como este lector que dice: ‘El Sr Cinq fue, en su día, un buen comentarista religioso y un más que aceptable vaticanista. Por eso, este artículo resulta más lamentable. Constituye, en efecto, un juicio sumarísimo de intenciones basado en prejuicios dictados por una visión retroprogre más que obsoleta y, lo que es peor, acompañado de inexactitudes y falsedades’.

PRFUNDO SIGNIFICADO PARA LOS CONSERVADORES

Según Massimo Introvigne (il Giornale, 14 marzo 2007), el sentido general de la exhortación papal ‘Sacramentum caritatis’ es aclarar que no es católico quien dice serlo, sino aquel al que la iglesia le reconoce como tal. Los católicos son los que viven ‘según el precepto dominical’, no sólo porque van a Misa, sino porque cada día de la semana es para ellos como si así fuera.

Si en el centro de la Iglesia está la Eucaristía, no puede ser católico aquel que no tienen relación con ella de forma regular. No sólo porque no va casi nunca a misa sino porque no sigue los famosos ‘valores innegociables’ que construyen la ‘coherencia eucarística’. No es que haya que tener una vida impecable sino que no se puede convertir la incoherencia en regla. Misericordia, sí, pero con voluntad manifiesta de redención. Por sus obras deben de ser conocidos los católicos. Si se les pide coherencia, muchos se alejarán, pero los auténticos quedarán. Es lo que quiere, aunque no pueda decirlo claramente, Benedicto XVI.

El siguiente paso, será probablemente que Benedicto XVI se dispone a publicar un decreto que liberalizará la práctica del rito antiguo de la Iglesia Católica, el llamado “tridentino” (establecido en el Concilio de Trento en el siglo XVI), con la misa en latín y el sacerdote de espaldas a la asamblea de fieles.

Una parte minoritaria de los obispos europeos se opone; estas diferencias internas han retraso año y medio la aparición del resumen papal del Sínodo de octubre de 2005. Las divergencias hacia la mayoría neotradicional de la Iglesia Católica de los que se aferran, -principalmente teólogos y ‘personalidades’ seglares-, a las innovaciones del Concilio Vaticano II, hoy ya ciertamente en buena medida anticuadas y fuera de lugar, proseguirán. En parte es confundir los árboles con el bosque. Pero en parte se trata de la `eterna polémica que nunca terminará.

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