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Lo tremendo y lo profundo -- José Aurelio Paz

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Cuando Ike parecía seguir su airado deambular por la costa sur de la provincia, Ciego de Ávila abría sus calles, como sus venas, al torrente de la Turbina; esa “madre de agua” adormecida por años que, de vez en vez, despierta cuando el meteorólogo Rubiera se convierte en Noé, queriendo salvar al país como la más importante especie del Planeta.

Y junto a la avalancha de escurridizos peces en busca de abrigo dentro las casas, la gente, desde los portales, además de chapaletear convirtiendo la tragedia en antiguo juego infantil, revivía historias y hasta ahogados tragados por ese apacible monstruo, pero también saltaba la memoria, como una olímpica trucha en medio del torrente de pérdidas y de carencias, para besar a uno de los pilares inconmovibles de este pueblo; su hospitalidad.

Alguien me comentaba que vamos a tener que amarrarle la boca al Caimán y arrastrarlo hacia otra geografía más noble; y le decía yo que si eso fuera posible, y si eso hiciésemos, dejaríamos de ser quienes somos, ese granito de mostaza que, de manera constante, hace estornudar al narizón de enfrente, propinándole una alergia crónica con nuestra vacuna de entusiasmo, de solidaridad y de independencia.

Afirmaba el escritor argentino Jorge Luis Borges: “Duerme con el pensamiento de la muerte y levántate con el pensamiento de la vida”. Esta frase pudiera resumir el escozor de estos días. La víspera de la llegada del intruso parecíamos hormigas queriendo salvar sus crías. Las calles eran la locura por llevar alimento al hormiguero. Todo nos parecía poco. La noche, con su lenta y pesada caída, junto a la primera llovizna, trajo un sobrecogedor silencio. Solo un tabletear de martillos, aquí y allá, parecía anunciar nuestra más inminente guerra. Habíamos oído hablar del enemigo, pero no le conocíamos el rostro. Un radio, a lo lejos, daba el último parte: Ike venía a ritmo de conga y sin tumbadora, pero tumbándolo todo. Cesó el fluido eléctrico y el teléfono se convirtió en ese puente imprescindible que multiplicaba las noticias, de boca a oreja, como una secreta red que nos mantenía unidos en un solo latido: salvarnos y salvar al país todo. A lo lejos, una vecina, quizás marcada por el nerviosismo, desafinaba una canción que casi era una plegaria: “Vendaval sin rumbo que te llevas tantas cosas de este mundo/ llévate la angustia que produce mi dolor, que es tan profundo…”

Y después, con cada ráfaga de viento que traía el silbido de la mismísima Parca, nos fuimos metiendo en nuestra propia concha, en un obligado mutismo donde no faltó una vela que, además de alumbrar, le rogara clemencia a la Patrona de Cuba en su cumpleaños, a Yemayá la Diosa de las Aguas, o a cualquier deidad, por rara y mínima que pareciera, pero que pudiera tirarnos un cabo con qué atar el techo de la vida para que no se fuera a bolina.

Cada gota de lluvia era un temblor del alma. Cada aire un cuchillo adentro. Y así amanecimos, sin pegar un ojo, en la incredulidad de hallarnos vivos respirando cada partícula de aire, cual se saborea una bola de helado.

Nos levantamos, como pidiera el poeta, con el pensamiento de la vida, con ese afán inclaudicable del cubano por revertir la ira de los vientos en laboriosidad frente al derrotado cíclope; ese que cercenó nuestros árboles, pero no pudo cortar las amarras íntimas de un pueblo que navega su destino; ese que se ensañó en nuestro entusiasmo, más no pudo robarnos la sonrisa… Era el huracán lo tremendo. Éramos nosotros, como Nación, lo profundo.

Una anciana amiga, que dice que se prepara cada día para ser poeta en su próxima vida, luego de mojarse los pies también en las aguas de La Turbina y afirmar que no cree en la fatalidad de los bisiestos, salvó como principal reliquia una vieja libreta escolar, de amarillo papel mojado, donde dejó una esquela de amor para cuando el nuevo Noé la encuentre en el próximo diluvio: ¡Qué bien que el corazón se filtra y moja!/ que de verdad la lluvia cala cada hueso/ y somos otra vez un átomo reverdecido y breve/ que dice que estoy viva y no estás muerto/ que pone luz donde el pavor quiso la muerte! ¡Qué bien, Ciudad, que no fuiste solo tomada por las aguas, sino, también, por la pasión de tanta gente!”

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