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LO QUE LE DEBO A JON SOBRINO. Borja Aguirre

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Pertenezco a una generación que ha conocido la teología de la liberación como algo natural, como una forma más de ser y estar en la Iglesia; tengo 36 años, nací en el 70. Soy de Bilbao, como Jon, de hecho estudié en el mismo colegio de los jesuitas que el. Me sería muy difícil explicar el impacto que han tenido para mí las palabras y la vida de ese grupo de jesuitas vascos que se fueron para el Salvador hace unas décadas, que estuvieron en el noviciado de Santa Tecla a las órdenes de Miguel Elizondo, y algunos de los cuales dejaron su sangre en los jardines de la Uca.

Sin embargo, por ser breve, y a modo de anécdota, solamente quería contar un momento en el que la lucidez de Jon Sobrino vino en mi ayuda de una forma indirecta. Era yo hace ya unos cuantos años un chaval inquieto, y con ganas de tomar decisiones sobre mi vida, antes de que nadie las tomase por mí. Tenía claro, porque había vivido una serie de experiencias, que Jesús de Nazaret ocupaba un lugar central en mi vida, pero no terminaba de decidirme entre las opciones que veía ante mí, como un camino triple: la vida religiosa, formar una familia, o una opción socio-política radical, en favor de los pobres.
Cada una de las tres tenía sus ventajas y sus inconvenientes, cada una de las tres representaba para mí una forma original de seguir a Jesús. La oración, la vida cotidiana y la misión apostólica estaban delante de mí, y no terminaba de tomar una opción.
Entonces, un amigo me invitó a su boda, y hete aquí que en el pequeño tríptico que habían preparado para la boda, estaba un pequeño texto del profeta Miqueas, en concreto del capítulo 6: «Dios ha dicho hoy lo que es bueno para tí: buscar la justicia, amar con ternura, y caminar humildemente de la mano del Señor».
Aquella frase me impactó profundamente, se me abrieron los ojos del entendimiento como pocas veces sucede en la vida. Estuve durante meses rumiando aquella frase, y conseguí encontrar una síntesis de vida que me dura hasta hoy. Una síntesis que me vuelve una y otra vez al sentido de esa frase, a un diálogo fecundísimo entre Dios, el Mundo y el ser humano. Realmente, esas tres opciones están relacionadas, y no son caminos separados, sino formas diferentes del Espíritu. La única forma de buscar la justicia, comprendí, es amar con ternura y caminar humildemente de la mano del Señor. Y triceversa.
Unos años después, revisando con curiosidad el texto original de Miqueas en la Biblia, observé que la traducción que había leído en aquella boda era un tanto libre, aunque seguramente muy cercana a lo que Miqueas nos quiso decir. Le pregunté a mi amigo a ver de dónde había sacado ese texto, esa traducción. Me respondió que la había copiado de un libro de teología que había leído. Creo que a estas alturas no necesito decir su autor.

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