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Lo decisivo es escuchar -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

El evangelio de la misa de hoy (18.VII.10) ofrece una de las claves fundamentales de la vida. Una clave que explica por qué hay personas que pasan por la vida haciendo el bien. Y por qué hay otras personas que pasan por este mundo como una apisonadora, actuando con peso y fuerza, pero haciendo eso para aplastar a todo el que se les interpone en el camino de la vida.

´Hoy leemos el conocido episodio de aquellas dos hermanas, Marta y María, que acogieron a Jesús en su casa. Marta se afanaba por hacer cosas, para servir a Jesús. María se quedó «sentada a los pies del Señor» y «escuchaba su palabra» (Lc 10, 38-42). Los autores cristianos, especialmente los que han escrito sobre temas de espiritualidad, han visto en estas dos mujeres los dos modelos ejemplares de la espiritualidad: la «vida activa» (Marta y los apóstoles) y la «vida contemplativa» (María y los místicos).

Acción y contemplación, dos formas de entender la vida, que han dado pie a interminables discusiones. Y, de paso, advierto que este problema es antiguo, muy antiguo, anterior al cristianismo, puesto que ya los griegos discutían de estas cosas (Aristóteles, en la Ética a Nicómaco y Plotino, en sus Enéadas). Entre los «padres de la Iglesia», escribió páginas sublimes sobre este asunto san Gregorio Magno.

Pero a mí me parece que, por más interesante que resulte toda esa literatura espiritual y especulativa, hay algo previo a todo eso, que es (según creo) el meollo de la cuestión. Marta «hacía cosas» por Jesús. María «escuchaba» a Jesús. Dos posicionamientos muy distintos ante alguien: «ser para» o «estar con» (Ph. Lersch). Todos necesitamos que haya quien nos ayude, quien nos eche una mano, que haya alguien que haga algo por nosotros. Esto es cierto y nadie lo duda.

Pero, si la cosa se piensa detenidamente, lo que más necesitamos todos es que haya quien nos preste atención, quien nos dé su tiempo, alguien que nos escuche, sin prisas, con interés y atención, alguien para quien yo soy interesante, alguien que está dispuesto a aprender de mí porque lo que yo soy y lo que yo vivo le interesa, la preocupa. Lo cual hace que yo me sienta bien, me sienta importante y perciba que tengo delante de mí a alguien que no se interesa «por mis cosas», sino que se interesa «por mí».

Nos duele mucho y nos bloquea la mente y la palabra, cuando estamos hablando con otra persona que empieza a mirar de reojo al reloj, que se fija en otras cosas, que no es capaz de mantener su mirada en mi mirada. Y, sobre todo, lo que más fastidia y hasta irrita es cuando alguien nos corta, dice otra cosa que nada tiene que ver con lo que yo estoy diciendo y me demuestra así que yo le intereso un bledo. Me fastidia enormemente cuando estoy con una persona que sólo sabe responder, pero que jamás pregunta. Porque así me está diciendo que sólo le interesa lo que él sabe, no lo que yo sé. Y me está diciendo tambiém que soy yo el que tiene que aprender de él, mientras que él no tiene que aprender nada de mí. Esto ocurre con demasiada frecuencia.

Y sobre todo ocurre en los ambientes religiosos. Porque son ambientes en los que se manejan verdades «indiscutibles» y «dogmas» de los que no se puede dudar. Hay gente que toma esas verdades al pie de la letra. Y se traga esos dogmas tal como a ellos les suenan. De ahí nacen los fundamentalistas, los intolerantes, los autoritarios, los fanáticos. Por el contrario, el que escucha, al escuchar demuestra que sabe que tiene que aprender. ¡Cuánto necesitamos esto los creyentes!

Estamos dispuestos a hacer lo que sea por los demás, pero con la conciencia de que no tenemos nada que aprender de los demás. Sinceramente, cada día veo más claro que esa postura es la actitud más orgullosa, más autosuficiente, más infantil y hasta más humillante que se puede adoptar en la vida. Lo confieso: me da asco el dogmatismo. Y siento una inmensa ternura ante la persona que lo deja todo por escucharme, por interesarse de lo que yo digo, siento, pienso o deseo.

Un día vi en un taxi una placa metálica en la que se hacía esta advertencia: «Por favor, no me cuente Usted su vida». Hay gente que alquila un taxi, no para ir a algún sitio, sino para que el taxista le escuche. Hay gente que vive en una espantosa soledad y aislamiento. Porque nadie quiere eschcar a nadie. Y por eso hay gente que paga a un psicólogo, para que durante una hora escuche. Porque nadie escucha: ni el marido a la mujer, ni el padre al hijo, ni el jefe al empleado, ni el vecino al vecino. Nunca hubo tantos medios de comunicación. Y seguramente jamás hubo tanta incomunicación como ahora.

María «escogió la mejor parte». Es la actitud más humana, la que más acerca a las personas, a los pueblos, a las culturas y a las religiones. Si cuando entramos en este blog, adoptamos la postura de María, si no andamos «inquietos y nerviosos», como le pasaba a Marta, este blog nos podra enriquecer a todos. ¿No es cierto que, a veces, entramos en el blog con la conciencia (inconsciente) de que «voy a ver qué dice hoy fulano, para mamdarle un mensaje…»?

Si de verdad desterramos ese tipo de posturas, este blog será un lugar de encuentro, de apredizaje y hasta de amistad, que a todos – empezando por mí – nos va a humanizar mucho. Y eso es lo más grande que nos puede pasar en la vida. No sólo porque así seremos buenas personas, sino además porque de esa manera palparemos que se cumple lo que dijo Jesús: «El que a vosotros escucha, a mí me escucha; y el que me escucha a mí, escuha al que me envió» (Lc 10, 16; cf. Mt 10, 40; Mc 9, 37; Mt 18, 5; Lc 9, 48; Jn 13, 20). Hay una corriente de vida en la escucha, en la acogida, en el «estar con». Es la corriente de vida que, como un manantial que trasciende lo humano, rebasa el horizonte último del ser y nos abre al Trascendente, en el humilde o modesto acontecer de lo cotidano, lo inmanente, lo más nuestro.

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