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Lo cristiano en Occidente -- Gabriel Mª Otalora

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

A nadie se le escapa la profunda crisis de valores y de espiritualidad que atravesamos en todo el mundo occidental. Para empezar, tuvimos un empacho religioso de formas católicas cuya razón fundamental fue la seguridad que daba vivir bajo un paraguas normativo religioso. Los hechos fueron encontrando acomodo en muchos pliegues históricos (como el nacional catolicismo que justificó una dictadura y la recubrió con un manto de legalidad moral) que hicieron del Vaticano y su inmunidad como Estado una referencia religiosa mundial.

Para seguir, pronto se olvidó que las religiones más relevantes, incluida la nuestra que se sustentaba en el evangelio, no eran occidentales, sino orientales. Hinduismo, budismo, confucionismo… sil olvidar a las tres monoteístas, judaísmo, islamismo y cristianismo. Nuestra cultura occidental ha mantenido históricamente un fuerte contenido cristiano que no siempre se ha canalizado debidamente, pues algo que es bueno de raíz falla cuando logra un rechazo generalizado como el que hoy se vive. El problema no es que se haya utilizado la religión para fines inconfesables; al fin y al cabo, las personas somos de barro y la debilidad es sustancial a la condición humana; que se lo pregunten a los amigos de Jesús que eligió como discípulos. Lo peor es que se ha creado un estado general de opinión en las iglesias cristianas de Occidente, durante muchos años, de que son “los otros” los que necesitan evangelización y conversión.

A partir de esta interesada convicción con muchos honestos seguidores que incluso dieron su vida por amor al Dios de Jesús transmitiendo el evangelio a quienes nunca supieron de Jesucristo, se fue consolidando una cultura de buenos y malos cuya raya diferencial pronto dejó de ser el ejemplo para convertirse en una adscripción sociológica a una religión cristiana. Todo comenzó por arriba, con Constantino y Teodosio “protegiendo” a los cristianos al declarar oficial a la religión cristiana. Fue el primer manto de legalidad moral que sirvió para proteger poderes mundanos e imperios injustificables desde el Dios cristiano. Poco a poco, de la cima fue descendiendo esta práctica hasta acabar, de nuevo, en la cúspide, pero esta vez en la de la máxima representación de los cristianos: primero, consolidando un Estado vaticano cada vez más alejado de todos los valores evangélicos y, más tarde, consumando la secesión protestante con un rey -Enrique VIII- convertido en cabeza de la iglesia rival, junto a otras escisiones posteriores no menos sonadas, como la de Lutero denunciando a su manera los excesos de la iglesia romana.

Y casi sin darnos cuenta, resulta que la mayor necesidad de evangelización se encuentra precisamente en Occidente: donde menos vocaciones se dan, la crisis de fe es más evidente y el testimonio está viciado por un consumismo que todo lo envenena, empezando por la propia sede vaticana, que necesita algo más que una evangelización. Son las iglesias pobres y perseguidas de Oriente, de América Latina y de África las que nos muestran el camino para volver a lo esencial del evangelio. Nuestra conversión pasa por recuperar otro modelo de vida en mayor sintonía con el mensaje de Jesús que lo centró todo en apostar por el prójimo necesitado fiándose del Padre “como si todo dependiera de mí sabiendo que todo depende de Dios” (san Ignacio de Loiola).

En este sentido, sorprende un poco la reciente encíclica “a cuatro manos” -Ratzinger/Bergoglio- que acaba de publicarse, por su lectura occidental y europea, cuando en Europa sólo vive apenas un 25% de los católicos; la mayoría vive en otros continentes en forma de Tercer Mundo y Cuarto Mundo. Estos católicos cuando se interesen por esta encíclica, van a entender muy poco de lo que está escrito, ni se encontrarán reflejados en sus argumentaciones al no haberse tenido en cuenta el magisterio y sus tradiciones, teologías, sus santos y testigos de la fe. Cierto es que la encíclica estaba prácticamente terminada por el anterior papa, pero cuidado con insistir sobre el clavo occidental cuando se trata de propalar el ejemplo de la fe en Cristo. Los tiempos actuales ya no están para esto.

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