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¿Limpios de polvo y paja? -- Pepe Mallo

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El problema de fondo es la homofobia y la misoginia que subyacen en el sistema clerical
Las leyes biológicas no envejecen ni desaparecen con la “consagración episcopal”
Últimamente, hablemos del año fenecido, varias noticias han proporcionado a los entornos gacetilleros exuberante pasto lujuriante cuyos retintines todavía cascabelean en este nuevo año. Publicaciones que también han sido difundidas por Religión Digital. La Navidad ha solapado esta cascada de titulares, reportajes, artículos y opiniones que hoy intento revivir y reseñar.

La renuncia de Xavier Novell como obispo de Solsona ha sido uno de los eventos del mundo eclesial más comentados de los últimos meses en prensa, radio, televisión y más etcéteras, incluso a nivel de calle, de mascarilla en mascarilla. Otro chapuzón informativo lo provocó el titular “El arzobispo de París renuncia ante el Papa tras admitir que tuvo una relación «ambigua» con una mujer.” A estas divulgaciones hay que añadir los efluvios alusivos a los casos de pederastia en la Iglesia. El asunto estalló a raíz del “demoledor informe” de la Iglesia francesa sobre abusos a menores en los últimos setenta años. Y cuya Asamblea de obispos ha tomado la decisión de “vender sus bienes para indemnizar a las víctimas de pederastia”.

También en España, el diario EL PAÍS ha elaborado un informe, remitido al Vaticano y a la CEE, sobre los abusos de curas y religiosos españoles. Sin embargo, la Jerarquía ibérica asegura que “no tiene competencia para investigar” la pederastia y rechaza una comisión de la verdad independiente, como la creada en Francia, Alemania y otros países. Y así se desmarca de la investigación que afronta la Iglesia universal y la mayoría de las órdenes religiosas en nuestra patria. Y para más inri, han pedido al diario EL PAÍS «mayor rigor» en sus «acusaciones», cuyo contenido, «de carácter muy dispar, hace difícil extraer conclusiones que puedan servir a una posible investigación». Dicho claramente, se lavan las manos. (¿No será que no las tienen demasiado limpias?) Estos infortunados y deplorables episodios suscitan mi reflexión de hoy.

Sobre el “caso Novell” tengo que exteriorizar mi sorpresa porque también aquí, en Religión Digital, han proliferado las posturas apasionadas e intolerantes, en contraste con la mesura, ponderación y reserva de algunos comentaristas. A Xavier Novell se le ha humillado y defenestrado ya desde los encabezamientos del comunicado de su decisión: “El obispo de Solsona renuncia a su diócesis por amor a una escritora de novela erótica”. “Xavier Novell ha dejado el obispado porque mantiene una relación sentimental con una psicóloga que creó una gran polémica por textos con connotaciones satánicas.” ¿A cuento de qué viene resaltar la “singularidad ocupacional” de su pareja? Con lo sencilla que fue su argumentación: «Me he enamorado y quiero hacer las cosas bien». Incluso se han puesto en duda sus capacidades y facultades humanas. Y alguien ha llegado a parodiar la profesión a la que actualmente se dedica el exobispo. Hasta su sucesor en la diócesis, Francesc Conesa, ha venido a aumentar el morbo de esta amarga historia y a echar al ya avivado fuego la leña del árbol caído: «La manera en que ha salido (Novell) ha sido lamentable». Lo lamentable, monseñor, ha sido la forma de tratar este incómodo acontecimiento.

Pienso que la “oscura actuación” que han protagonizado Novell y, paralelamente, el Obispo de París con su renuncia, ha consistido en ser sinceros consigo mismos y, a nivel eclesial, en denunciar una vez más (una “voz” más) lo absurdo de la imposición antinatural del celibato obligatorio. Las leyes biológicas ni envejecen ni mueren ni desaparecen con la “consagración episcopal”, por mucho Espíritu Santo que le echemos a la elección y por mucha exaltación sagrada que otorguemos al celibato.

Respecto a los abusos sexuales, llama la atención la arbitraria y afrentosa postura de la Conferencia Episcopal. Se han negado sistemáticamente a investigar. Y cuando una institución ajena lo hace y consigue que el mismo Papa ordene una investigación, la censuran y desacreditan. Resulta insólito y bochornoso que el pueblo llano haya tenido que conocer estas atrocidades gracias a la profesionalidad del grupo EL PAÍS. Acentúo la ironía sugiriendo que, felizmente, el propio Francisco, en la reciente visita ad limina, les ha lavado y purificado el cerebro, extinguido por las “mitras apagavelas”. Aunque, ¡faltaría menos!, mons. Cañizares, enmendando la plana al Presidente episcopal, ha puesto la guinda en el insustancial pastel de la acusación: “EL PAÍS no ha tenido prudencia.” Yo creo que la frase correcta de monseñor debería haber sido: “EL PAÍS ‘ha pecado’ de imprudencia. Ego te absolvo”.

Personalmente considero que estos lamentables y dolorosos episodios tienen su origen en que la Iglesia está enemistada, reñida y enfrentada con la carne (no la de las macrogranjas), con el cuerpo y la sexualidad. El problema de fondo es la homofobia y la misoginia que subyacen en el sistema clerical. Esta aversión homofóbica no va dirigida tanto hacia la persona como tal, sino a lo sexual. Tal parece ser la interpretación de las palabras de Francisco: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? El catecismo de la Iglesia católica lo explica de forma muy bella. Dice que no se debe marginar a estas personas por eso. Hay que integrarlas en la sociedad” (29.7.2013). ¿Integrarlas solamente en la sociedad? ¿Y en los ministerios eclesiales, no? Parece que el Papa no esquiva la homofobia institucional, a pesar de sus indulgentes palabras.

No es un secreto que durante mucho tiempo la Iglesia ha supuesto un apacible refugio para homosexuales. Benedicto XVI reconoció la existencia de un «lobby gay» en el interior del Vaticano, relato ratificado por el papa Francisco. La Iglesia, en ciertas esferas y circunstancias, ha creado un engorroso espacio protector en una sociedad marcada por la homofobia generalizada. Una de las condiciones que ha permitido que este sistema se afianzara es la obligación impuesta a estos sacerdotes y religiosos de mantener en secreto su homosexualidad. Los armarios eclesiales son herméticos.

Y aquí volvemos y revolvemos el espinoso problema del celibato obligatorio. El celibato impuesto, mal que les pese a sus empecinados defensores, menoscaba y cercena la naturaleza humana por más que se intente divinizar esta mutilación. Al sacralizar al sacerdote, la Iglesia lo ha convertido en un ser aparte, angelado y desexualizado. A tal punto ha llegado el endiosamiento clerical con la imposición antinatural del celibato, que esta simple norma eclesial ha superado en importancia a cualquier otra prescripción, Incluso ha suplantado a un “sagrado sacramento”, vetado a los no célibes. Resulta innegable que esta imposición antinatural arrastra consigo frutos antinaturales. Ahí tenemos los abusos, señalados por Francisco como «crímenes», practicados por perversos y pervertidos personajes de la casta clerical. Tampoco debemos dejar de lado el sigilo y la reserva de las furtivas “relaciones intimas” de no pocos clérigos, obligados a mantener una engañosa doble vida artificial.

Y si a este sumario añadimos los “pecados de la carne” que flotan en el reservado “sigilo sacramental” del confesionario, se nos suscita la sospecha de que no son muchos los clérigos que puedan ufanarse de estar “limpios de polvo y paja”

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