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Libro: “Una experiencia comunitaria de liberación”- Desde “La Universitaria” a la “Comunidad Santo Tomás de Aquino” de Evaristo Villar -- Benjamín Forcano

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Benjamin Forcano2Presentación y Comentario de Benjamín Forcano
UN CAMINAR SUGERIDOR Y GRATIFICANTE
Dado el contexto de la lamentable involución eclesial, promovida por los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI , (35 años) , suenan como un clarinazo estas palabras del Papa Francisco: “El gran problema,, declaró recientemente a 10 jesuitas, directores de 10 revistas de Europa, está en que la mayoría de los cristianos , obispos incluidos, no han aceptado el concilio Vaticano II”.

Esta contradictoria y oficial involución reavivó, en lugar de apagar, la mecha de la decretada renovación del concilio Vaticano II. Fue el caso de la experiencia
“De la Comunidad de Sto. Tomás de Aquino” (Autor, Evaristo Villar, editorial KHAF, 2012).
La presentación del libro estuvo a cargo de Benjamín Forcano, en el Ateneo de Madrid, el 10 de mayo de 2012.
El comentario aparece como raíz e impulso de muchos intentos renovadores actuales, pero que muchos no lo conocen ni squiera lo recuerdan.
Razón por la que les adelanto , para que puedan leerlo, a modo de síntesis, sólamente el : Epílogo

“La brevedad del tiempo, me impide aludir ahora a unas páginas del libro, que concentran magníficamente la identidad y evolución de la Parroquia – Comunidad
Santo Tomás de Aquino. Lo tenéis en las páginas 83- 95, bajo el título “Dos miradas de la Comunidad Santo Tomás de Aquino”. Y no lo hago porque difícilmente
podría igualar la claridad, la precisión y el acierto con que lo hace su autor, Evaristo Villar. Os remito al libro y a su maestría.

Y, como conclusión a todo lo anterior, me siento feliz en añadir unas palabras que atañen a la Comunidad universitaria y, más directamente, a Evaristo, autor-
coordinador del libro.
Llevamos muchos años viviendo juntos, Evaristo y yo, pero nunca nos hemos ocupado de comentar el uno la labor del otro. Acaso porque el reconocimiento se daba
por supuesto o porque no hemos tenido ocasión. Hoy, que se me brinda la oportunidad, lo hago con tres palabras: justicia, reconocimiento y gratitud.

-Justicia, porque el libro, con ser importante, nos remite a una vida, a la vida de toda una comunidad, que ha acometido una esforzada y hermosa aventura, con
un buen camino y una brillante estela de iniciativas y obras realizadas.
-Reconocimiento, porque no siempre dentro de la Iglesia se ha sabido apreciar, asumir y apoyar una labor tan ajustada al Evangelio y tan positiva para hacer creíble en nuestro tiempo la Buena Nueva.
-Y Gratitud, porque todos los aquí presentes y muchos más compartimos con entrañable gozo y reconocimiento el testimonio, la audacia y la constancia de una comunidad que nos orienta a Jesús, Liberador y Señor de la historia, y a lo más puro de su
Evangelio.

Muchos, se sentirán, seguramente, más libres y más afianzados en su opción cristiana gracias al testimonio de la universitaria, hoy comunidad Santo Tomás de
Aquino, labrada durante 60 años con creatividad y esperanza. ´

+ Sigue,para los que lo deseen, el comentario completo

Tenemos la oportunidad de presentar el libro
“Una experiencia comunitaria de liberación.Comunidad Santo Tomás de Aquino”.
Un libro que, para los tiempos que vivimos, resulta gratificante y sugeridor. Gratificante, porque , dado el ritmo obviamente involutivo y autoritario de la jerarquía católica, uno no espera encontrarse con una experiencia como ésta.

Gratificante porque si es verdad, como escribe Eugen Drewerman , que lo que “hoy socava mortalmente a la Iglesia, e incluso hace imposible una vuelta atrás, es la aversión innata hacia un orden fundado exclusivamente en exterioridades, hacia toda
autoridad que no sea internamente creíble, y hacia toda forma de religión impuesta por instancias administrativas y que no sea ratificada y llevada a la
práctica por la propia persona” (Clérigos, Trotta, Madrid 1995, pg. 12-13), entonces veo en esta comunidad un despliegue vivencial de estas palabras
de Drewermann. Es un ejemplo en el que desde el principio se vislumbra la íntima tensión entre poder y democracia dentro de la Iglesia.

El libro de 150 páginas, con narración valorativa de casi 60 años de vida de una comunidad cristiana es, al mismo tiempo, sugeridor, porque nuestra Iglesia
que, desde siglos viene considerándose representada por los clérigos y que, en torno a ellos, ha levantado límites infranqueables, para liberarlos al parecer de
tener que vivir una existencia terrestre, se encuentra en
el escenario biográfico de esta comunidad con una figura nueva de sacerdote que intenta replantear más humanamente y más evangélicamente su papel y
relaciones con la comunidad, según describe la carta a
los hebreos: “Todo sumo sacerdote se escoge siempre entre los hombres y es capaz de ser indulgente porque él mismo está cercado de debilidad”( Heb 1,1-2).

La experiencia de esta comunidad muestra , a
través de la docena de sacerdotes que han pasado por ella, cómo ha ido redescubriendo el talante humano del clérigo y el talante clerical del hombre. Se lo mire por
donde se lo mire, la trayectoria de la parroquia llamada
“la universitaria”, ha sido capaz de cuestionar la figura
del clérigo, anclada en su mundo, en su vida, en su
pensamiento y en su ministerio, obligándole a
recuperar la dimensión profética y poética de su
existencia , tal como la vivió Jesús: “que no fue monje
ni sacerdote, sino más bien profeta y poeta, vagabundo
y visionario, médico y confidente, predicador itinerante
y trovador, arlequín y mago del amor de Dios y de su inagotable y eterna misericordia” (E. Drewermann, Idem, pg. 17).

Sugeridor también, porque los seglares de esta comunidad han jugado un papel audaz en derribar las barreras , incluso jurídicas, que separan al clérigo del
laico. Audacia comprometida con la primacía de la
comunidad sobre el poder, aunque, a pesar de ello o
precisamente por ello, hayan tenido que sufrir la
descalificación y la proscripción. La raíz que une a
clérigos y laicos es la misma y los problemas a
resolver entre unos y otros son los mismos; no hay
razón por tanto para que en una comunidad cristiana el
estamento clerical se empeñe en mantener su
superioridad.

Lo fundamental en este conflicto consiste en una
forma teológica diferente de interpretar la experiencia
que se está viviendo. Se expresa con mucho acierto en
las páginas 19-20 del libro:
-“Para la Parroquia – Comunidad el sujeto y objeto de la experiencia era la comunidad y la parroquia una mediación importante para expresar la comunión con el
resto de la Iglesia; para la Curia diocesana lo
importante era la parroquia-institución.

-Para la Parroquia – Comunidad la asamblea era el sujeto responsable último de la experiencia, mientras que para la Curia diocesana el responsable era el
párroco, nombrado por el obispo y representante suyo.
-Para la Parroquia-Comunidad el Consejo pastoral o párroco colectivo era el representante legítimo de la Asamblea y gestor del programa pastoral y
administrativo que ella elaboraba. Para la Curia diocesana la figura de “párroco colectivo o colegiado “ no estaba contemplada canónicamente y, en
consecuencia, no podía ser sino un mero consultor del párroco individual.

– Para la Parroquia-Comunidad las “comisiones de
trabajo gozaban de una gran autonomía hacia dentro y
hacia fuera ; para la Curia diocesana eran grupos
auxiliares del párroco en su tarea pastoral (Cfr. Una
experiencia comunitaria de liberación, pg. 19-20).
Si algún día alguien se propusiera estudiar en
profundidad el caminar de los primeros 30 años de la
capilla-parroquia-comunidad universitaria, concluiría
que, en el sustrato de ese caminar, latía mal articulado
el binomio sacerdote-comunidad, que se mantuvo
prácticamente hasta el Vaticano II formulado de la
siguiente manera:

-“ La comunidad de Cristo no es una comunidad de
iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos
derechos, sino que es una sociedad de desiguales”
(Constitución sobre la Iglesia, Vaticano I, 1870).
– “La Iglesia es, por su misma naturaleza, una sociedad
desigual con dos categorías: la jerarquía y la multitud
de fieles; sólo en la Iglesia Jerarquía reside el poder y
la multitud no tiene más derecho que el de dejarse
conducir y seguir dócilmente a sus pastores” (Pio X,
Vehementer, 12.)

– “Es injurioso decir que es necesaria una cierta
restauración o regeneración de la Iglesia para hacerla
volver a su primitiva incolumidad” (Gregorio XVI, Mirari
Vos, 16).

No es de extrañar que la comunidad Santo Tomás
de Aquino, armada de la sinceridad y valentía que le
comunicaban su voluntad de ser fiel al Evangelio desde
las aportaciones nuevas de la Exégesis y la Teología
modernas, y en sintonía con los logros de la
modernidad, alcanzase a tocar el punto más crucial de
la Iglesia: desenmascarar la identificación de la Iglesia
con el estamento clerical, al que se le daba categoría,
estructura y funciones que pasarían luego a configurar
la personalidad de cada miembro del clero; una
estructura convencional e inventada, pero que se había
consolidado como intocable y que aprisionaba a
cuantos en ella vivían.

Romper esa prisión y desmitificar esa
identificación era arriesgarse a quedarse fuera y
comenzar a construir, o mejor, continuar un proceso
que inevitablemente transcurriría al desamparo de la
autoridad eclesiástica y de sus cánones jurídicos. La
parroquia universitaria ya en aquel momento , en su
ejercicio de fe adulta y corresponsable, se había
atrevido a desafiar el tabú más riguroso de la Iglesia
católica: la condición de los clérigos que, según
Drewermann consisite en “Romper el aislamiento en el
que viven muchos sacerdotes y religiosos, y
arrancarles del gueto de despersonalización
administrativa en la que, a la fuerza, tienen que
encarnar un determinado ideal” (Idem, pg.s. 26-27).
La opción de seguir a Jesús base y garantía de un
caminar alternativo

Normalmente, la parroquia se conoce por tener un
territorio limitado, con gente que habita en ese
territorio, presidida por un párroco. El tiempo teje entre
sus fieles una relación de trato, conocimiento y estilo
que tiende a hacerse estable y uniforme.
Muy otra es la forma de la parroquia-universitaria.

Enclavada en un lugar determinado, a ella llegan
gentes de muchos lugares, aunque en este caso les
distinga su carácter de universitarios. Y el párroco no
puede actuar sin advertir esta variada o mayor
universalidad. En esta parroquia bulle un mayor
ambiente de apertura, de cruce de planteamientos
científicos, interculturales y religiosos. La lectura, el
estudio, la investigación, el diálogo hacen que esos
creyentes lleven en su cabeza los avatares
controvertidos y tan distintos del cristianismo histórico
con su mezcla de poder y carisma, inquisición y
liberación, represión y renovación. No les puede bastar
una liturgia convencional, ritualista, estereotipada. Ni
se conforman con entender su fe como un acto de
asentimiento a cualquier tipo de creencia o de una
práctica cultual al margen de las realidades públicas de
la cultura y de la política.

Estábamos entonces bajo el efecto del aggiornamento
del Vaticano II , que estimulaba todo tipo de renovación
frente a un catolicismo desgastado , por siglos
acartonado.
Creo que, en medio de este contexto, hay algo que
desde el principio ha conducido a la parroquia
–universitaria: recuperar la original fuerza del
Evangelio y proyectarla en la sociedad de hoy. Somos
creyentes del siglo XX-XXI y esto supone una sacudida
a la parálisis conservadora y antimodernista de los
siglos últimos. Ha sido mucho el tiempo de
adormecimiento, de rutina, de obediencia maquinal y
de falta de creatividad y respuesta a los problemas de
nuestro tiempo.

Por eso, decía al principio, que no era fácil encontrar
una experiencia como ésta y que, progresivamente , en
un grado o en otro, iba a ser conflictiva. Pero, además,
la experiencia hubiera fracasado de no ir animada por
lo que es savia y espíritu original del Evangelio. Las
dificultades, las trabas, las resistencias, las calumnias
iban a llover, pero la universitaria se sustentaba en la
praxis y enseñanza del Evangelio, y le guiaba la certeza
de que era preciso volver a Jesús, conocerlo, librarlo
de tantos secuestros, de tantas alianzas con el poder
colonialista e imperial, y seguirlo fielmente. Y seguirlo
en la conyuntura singular, ciento por ciento cambiada,
de nuestra sociedad. Un desafío al que, normalmente,
no se responde desde otras instancias oficiales,
parroquiales o comunitarias.

Como muy bien se dice en el libro, a la parroquia-
universitaria le tocó emprender un viaje hacia la
libertad (éxodo) que le alejaba de la opresión, pero que
la iba a dejar al mismo tiempo a la intemperie: “Con las
puertas de la capilla cerradas a cal y canto y sin tener
claro el lugar de destino, la incipiente comunidad a la
intemperie desplegó una búsqueda intensiva de lugar
en lugar, de barrio en barrio, de parroquia en parroquia.
Ninguna parroquia “formal” a pesar de las buenas
palabras, parecía dispuesta a cargar con aquella
pandilla de “apestados” por haber caído en desgracia
ante una autoridad, ya involutiva y restauradora, que
antepuso el autoritarismo y el poder a la práctica del
diálogo y la misericordia… La curia diocesana no tuvo
tiempo para constatar la situación en que dejaba a los
“desahuciados”, tirados a la intemperie” (Idem, pg. 29).

Esta marcha de una parroquia-comunidad en proceso
de maduración, a caballo entre el arraigo de la ley y la
promesa de una nueva tierra, ha sido rasgo peculiar de
ella y le ha dado, creo yo, apertura hacia la
universalidad o “catolicidad” de la Iglesia.
Rescatados para la libertad y la profecía
Acaso sería acertado aplicar el símil del jubileo a la
Iglesia católica. Un jubileo de liberación. Desde que la
Iglesia se convirtió en la religión oficial del templo y del
imperio, el proyecto original de Jesús, su mensaje
revolucionario, quedó en gran parte oscurecido y
paralizado. Una religión que se centraba en el culto y lo
desvinculaba del compromiso público de la justicia y
del amor, no concordaba con el proyecto liberador de Jesús.

Siempre hubo en ella, es cierto, voces
individuales y colectivas de libertad y testimonios de
profecía, pero en su conjunto , como muy bien escribía
José Mª Díez Alegría, a Jesús nos lo han secuestrado y
lo ha secuestrado mayormente la jerarquía ,
poniéndose ella por delante e impidiendo a muchos
llegar hasta él. Y el rescate de El, y con Él de la
Comunidad, es tarea prioritaria para sus discípulos y lo
fue para el concilio Vaticano II.

Y en esas estamos y en esas está la Comunidad Santo
Tomás de Aquino, desde que a partir de 1986 encontró
un nuevo espacio en el contexto de la Iglesia de base
de Madrid , que ella misma había ayudado a crear.
Desde entonces, tres han sido las características que le
han acompañado, según se apuntan en el libro: “la
opción por los pobres, la presencia profético-liberadora
en la sociedad y en la Iglesia, y la coordinación entre
comunidades y movimientos libres y corresponsables”
(Idem, pg. 22).

Cómo la comunidad se ha ido estructurando
internamente, de qué mediaciones se ha servido para
consolidar y profundizar su fe y seguimiento de Jesús,
cuáles vienen siendo sus tareas, sus celebraciones,
sus compromisos y sus relaciones es cosa que se
describe con bastante detalle en el libro.
Como todos sabemos, no siempre las normas, ni el
Derecho canónico, expresan bien el Evangelio. Y
cuando esas normas entorpecen el bien de la gente,
hieren la dignidad humana, coartan los derechos
humanos, u obstaculizan la comunión creando
conflictos innecesarios, es una obligación ética
superarlas. La cercanía y vinculación de la Comunidad
con la Iglesia de Sao Félix do Araguaia de Pedro
Casaldáliga, descrita en el libro brevemente, es una
prueba de ello.

Integrar lo que nunca se debía haber separado
Quizás algunos pueden sacar la conclusión, después
de lo dicho, de que el problema de la universitaria
apunta a la extinción de la figura del clérigo. No. Queda
intacto el ministerio presbiteral, no en cuanto realidad
absolutizada que tendría sentido por sí misma, sino en
cuanto ministerio al servicio de la comunidad.
Lo primero en la Iglesia es ser creyente, esa es la
dignidad primera. El carisma ministerial está
subordinado a la comunidad de creyentes. Nada, por
tanto, de una dignidad u honor que otorga
superioridad, privilegios o exenciones: “Ya hemos
dejado de ser una clase privilegiada, escribía Fernando
Urbina. Hemos bajado del pedestal y estamos
mezclados con el “pueblo común”” (Urbina, F.,
Pastoral y espiritualidad para el mundo moderno II,
Popular, Madrid, 1993, pg. 123).

Claro, que ya entonces, el mismo Urbina se veía
precisado a escribir: “ Nos inquieta profundamente que
esas minorías neointegristas hoy vuelvan a la carga y
crezca su poder en esos “altos” lugares de la política
eclesiástica, pretendiendo imponer de nuevo ese
‘modelo sacerdotal’ que ya en en el siglo XIX era una
formulación extemporánea y repetitiva. … Que se
vuelva a hablar de ‘dignidades’ , y que veamos a
sacerdotes jóvenes ensotanados, impecables, con
cuello blanco y carteras de ejecutivo, encumbrándose
por encima del pueblo.

Y que se pretenda por medios de poder imponer un
frenazo a sacerdotes y religiosos que abandonaron sus
‘dignidades’ y sus grandes conventos –espacios
cerrados y para a ellos- vayan a vivir como Jesús, en
medio de las masas inmensas del mundo, en esos
pisos sencillos de los barrios periféricos, o en los
pueblos rurales más pobres” (Urbina, Idem, pp. 114-
115).

“En el concilio de Trento, escribe Schillebeeckx, quedó
consolidada la imagen medieval del sacerdote. En el
silo XX, Pío X, Pío XI y Pío XII, sobre todo, han
contribuido muchísimo a popularizar esta imagen
unilateral del sacerdocio, que determina incluso hoy la
idea que muchos cristianos tienen de él”
(Schillebeeckx, E., El ministerio eclesial, Cristiandad,
Madrid, 1983, (Idem, p. 120).

Estoy tocando, como se ve, el punto que, en el fondo,
más se impugnó en la Comunidad universitaria y que
más problemas le creó y que todavía genera conflictos
en muchas partes y está por resolver dentro de la
Iglesia. No es lo mismo para nuestro tiempo una figura
que otra del clero. Pasó la Edad Media, pasó el Barroco
y los roles que el sacerdote ejercía en ellas. Hoy se
intenta entender la figura del sacerdote como la de un
ser humano de carne y hueso, nada heroica ni
idealizada, sino real y cercana, poseída por las mismas
dificultades, sentimientos y contradicciones que
cualquier otra persona; un sacerdote que hable de Dios
en términos acordes con la ciencia, la psicología, la
poesía, la ética y la mística. Otro tipo de sacerdote ,
puro funcionario del culto, fiel ejecutor del
autoritarismo eclesiástico, incapaz de obrar con
libertad propia, es lo que provoca distanciamiento y
falta de credibilidad.

Cómo debe ser el nuevo modelo de sacerdote lo fija
Jesús de Nazaret: entre sus seguidores no debe haber
ninguna suerte de rango, superioridad o dominio. La
responsabilidad en la comunidad es de todos. Las
comunidades, aun siendo plurales, ostentan una
misma identidad y una misma tarea: seguir a Jesús, la
vida en común y el servicio de los pobres. El carisma
del gobierno, que existe en todas, es un ministerio
más, no valorado por encima de los otros. Todos los
carismas brotan del Espíritu, que es amor y libertad,
para el servicio de la comunidad.

La historia nos enseña cómo las oposiciones
establecidas entre clérigos – laicos se establecieron
posteriormente y crecieron hasta hacer que una
minoría se reservase la misión activa y se desposeyera
a la gran mayoría de los ministerios.

Por tanto, sólo desde la igualdad fraternal se puede
superar el binomio de clérigos-laicos, teniendo buena
cuenta de no distinguir entre ministerios laicales y
clericales, sino asumiéndolos a todos como eclesiales.
Todos los carismas actúan en la Iglesia como servicio
y no como poder, destacando que tal servicio tiene su
lugar preferencial en los pobres.

Felizmente, el Vaticano II con el planteamiento de la
lglesia como “Pueblo de Dios”, establece un estatuto
básico de igualdad y fraternidad, recupera la estructura
carismática de la Iglesia, el protagonismo de los fieles,
el sacerdocio universal , el “sensus fidelium”. Todo
cristiano, no sólo los obispos y el clero, por el hecho
de serlo, participa en la triple función de Cristo:
enseñar, santificar y gobernar.

Epílogo
La brevedad del tiempo, me impide aludir ahora a unas
páginas del libro, que concentran magníficamente la
identidad y evolución de la Parroquia – Comunidad
Santo Tomás de Aquino. Lo tenéis en las páginas 83-
95, bajo el título “Dos miradas de la Comunidad Santo
Tomás de Aquino”. Y no lo hago porque difícilmente
podría igualar la claridad, la precisión y el acierto con
que lo hace su autor, Evaristo Villar. Os remito al libro y
a su maestría.

Y, como conclusión a todo lo anterior, me siento feliz
en añadir unas palabras que atañen a la Comunidad
universitaria y, más directamente, a Evaristo, autor-
coordinador del libro.

Llevamos muchos años viviendo juntos, Evaristo yo,
pero nunca nos hemos ocupado de comentar el uno la
labor del otro. Acaso porque el reconocimiento se daba
por supuesto o porque no hemos tenido ocasión. Hoy,
que se me brinda la oportunidad, lo hago con tres
palabras: justicia, reconocimiento y gratitud.

-Justicia, porque el libro, con ser importante, nos
remite a una vida, a la vida de toda una comunidad, que
ha acometido una esforzada y hermosa aventura, con
un buen camino y una brillante estela de iniciativas y
obras realizadas.

-Reconocimiento, porque no siempre dentro de la
Iglesia se ha sabido apreciar, asumir y apoyar una
labor tan ajustada al Evangelio y tan positiva para
hacer creíble en nuestro tiempo la Buena Nueva.

-Y Gratitud, porque todos los aquí presentes y muchos
más compartimos con entrañable gozo y
reconocimiento el testimonio, la audacia y la
constancia de una comunidad que nos orienta a Jesús,
Liberador y Señor de la historia, y a lo más puro de su
Evangelio.

Muchos, se sentirán, seguramente, más libres y más
afianzados en su opción cristiana gracias al testimonio
de la universitaria, hoy comunidad Santo Tomás de
Aquino, labrada durante 60 años con creatividad y
esperanza.

Benjamín Forcano
Editorial KHAF
Ateneo de Madrid, 10 de mayo de 2012

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