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Lenguaje, verdad y ética -- Antonio Gil de Zúñiga

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Da la impresión de que la verdad tiene los días contados, si echamos una mirada crítica a los medios de comunicación de masas, a los uasaps, a los tuiters…, a las llamadas redes sociales, que actúan con frecuencia desde el anonimato. El lenguaje va por un lado, la verdad por otro y la ética ni está ni se la espera. Parece que el lenguaje tiene barra libre para referirse a la realidad a su antojo. Los tertulianos/as televisivos o radiofónicos, los uasaps, los tuiters… lanzan sus afirmaciones sin verificar que lo que sostienen se adapta a la realidad, a la verdad.

Si el “lenguaje es la casa del ser”, según la máxima de M. Heidegger, hay que cuidarlo como tal, con esmero y con la intencionalidad de acercarse al referente, a la realidad, con la mayor exactitud posible. No en vano afirmaba la filosofía escolástica que la verdad es “adaequatio intellectus cum re“; es decir, nuestro entendimiento debe hacer una fotografía de la realidad. Y para ello el ser humano posee una potente herramienta que es el signo lingüístico. Ahora bien, su objetivo primordial es captar la realidad que está fuera del sujeto para transmitírsela a otro, al receptor. Sin embargo, el lenguaje como producto humano y social, no siempre cumple con esa función primordial de transmitir la realidad tal cual; no siempre se comporta de manera inocente, sino que, a diferencia del lenguaje animal, como advierten CK. Ogden y IA. Richards, puede llegar a la perversión, a un intento de engañar al receptor mediante una “verdad” camuflada.

          Esto no ocurriría si la ética estuviese presente en este contencioso y formara parte como la tercera coordenada de la comunicación. Así nuestro lenguaje se adaptaría a la realidad objetiva si la ética estuviese presente como árbitro imparcial, que marcara las líneas rojas en cada acción comunicativa. Es cierto que para J. Habermas, gran defensor de la teoría de la acción comunicativa, mediante la comunicación se busca el entendimiento con el otro, con el oyente, pues hay un presupuesto pragmático, que da pleno sentido a la acción comunicativa y es que hay un reconocimiento mutuo de igualdad entre los interlocutores.

          Sin embargo, cuando el comunicador, el tertuliano, el tuitero… hablan, lo hacen desde su posición de verdad; una verdad, por cierto, incuestionable e inamovible, una verdad absoluta, que ya A. Machado ponía en cuestión: “¿Tu verdad? No, la verdad y ven conmigo a buscarla”. No hay, pues, reconocimiento mutuo de igualdad entre emisor y receptor; a éste se le considera un mindundi y un desconocedor del asunto. Es más, la palabra está “protegida” por la libertad de expresión de una sociedad democrática y que esta palabra mía se adecue a la realidad, siendo entonces una palabra verdadera, importa menos y aquí la ética no tiene nada que decir y, por supuesto, nada que corregir ni señalar los límites de mi lenguaje. Dentro de esta reflexión me fijaré en unos sectores concretos de nuestra sociedad:
1. Tertulianos/as. Un día sí y otro también los tertulianos/as televisivos o radiofónicos, más de uno, se explayan a sus anchas buscando más el titular impactante que el reflejar la opinión conforme a los parámetros de la verdad y de la ética. Desde posiciones de hooliganismo, sobre todo político, lanzan la frase abiertamente denigrante y falsa o camuflada bajo la apariencia de verdad. Con la llegada de Pedro Sánchez, PSOE, al gobierno se han disparado los discursos abusivos, carentes de verdad y, por lo tanto, sin control ético. Aquello que se atribuye a J. Goebbels, que una mentira repetida mil veces se hace verdad, es un hecho preocupante y que ahora no es necesario ni siquiera repetirla mil veces.

          En estos tiempos parece más rentable socialmente decir una falsedad que una verdad; el que así dice falsamente es una persona con agallas y defensora de unos valores patrios (?). Ejemplos, los hay para muchas páginas. Hace unos días en una conversación privada con una persona, una monja de vida activa, hablando de lo divino y de lo humano, sin duda más de lo humano que de lo divino, porque dimos un repaso a la política actual, me dijo lo que se ha repetido hasta la saciedad entre tertulianos/as y redes sociales: que Pedro Sánchez no ha sido elegido democráticamente, porque no ha habido elecciones de por medio. Intenté convencerla, no sé si lo conseguí, que se trata de una frase engañosa y muy lejana de la verdad.

Si el Parlamento ha sido elegido democráticamente, todo lo que emana de él es democrático; es más, la democracia se rige por mayorías y la moción de censura contra Rajoy ha obtenido la mayoría parlamentaria; por lo tanto, la verdad es que Pedro Sánchez ha sido elegido democráticamente. Entre otras cuestiones, mi interlocutora se refirió al traslado del Valle de los Caídos de los restos del dictador Franco; para ella con este gesto no se consigue la reconciliación, porque entre otras razones, si Franco fue malo también lo fue la República. Sabía que esta expresión no era propia de la monja, porque la he escuchado en alguna tertulia televisiva. Una expresión que no se adapta a la verdad, porque la República fue elegida democráticamente y el golpe de Estado de Franco fue contrario a la democracia, independientemente de que algunas acciones de la República o realizadas bajo su paraguas fuesen correctas.

2. Políticos. El lenguaje de muchos políticos desconoce qué es eso de la verdad y de la ética; son palabras que no existen en su diccionario. Ya no importa tanto el título que va a salir en los medios de comunicación, cuanto su rentabilidad política, puesto que la expresión falsa y engañosa más de uno la convierten en verdad. Se ha repetido en estos días en las redes sociales y en las tertulias que el Presidente del Gobierno usa el helicóptero para ir al aeropuerto y que Rajoy no lo hacía, con el consabido gasto público que conlleva el uso de un helicóptero para un desplazamiento corto. Así expresada esta realidad tiene visos de ser verdadera, pero la ética nos dice que en este discurso lingüístico hay un comportamiento y una actitud de falsear la realidad.

Al parecer Rajoy no usaba el helicóptero para ir al aeropuerto, pero había una razón personal: su accidente de helicóptero en la plaza de toros de Móstoles. Si el político con su lenguaje, falseando la realidad, busca su propio beneficio, debería tener en cuenta el consejo de Aristóteles en su Ética a Nicómaco: “Conducirse éticamente significa querer el bien por sí mismo. El bien es ciertamente deseable cuando interesa a un individuo pero se reviste de un carácter más bello y más divino cuando interesa a un pueblo”.

3. Eclesiáticos. No son muy ejemplares muchos eclesiásticos o clérigos, principalmente obispos, en esto del lenguaje social o político. Parece que actúan más desde el hooliganismo político que desde la actitud ética de ofrecer una palabra veraz y en consonancia con la realidad, aunque ésta no sea del agrado clerical. Es curioso que estos clérigos tan amantes y defensores de la verdad absoluta y denostadores, por lo tanto, del relativismo, se refugien en la llamada posverdad, la mentira emotiva, que la RAE define como distorsión deliberada de la realidad. Todos los días se producen posverdades clericales, más ahora con el socialista Pedro Sánchez en el gobierno: la memoria histórica y el traslado de los restos del dictador Franco a una tumba privada, clase de religión en la escuela pública, ley de género, sexólicos anónimos del obispo de Alcalá, etc.
         

Si nos fijamos en el primer tema señalado: resignificación del Valle de los caídos y traslado de los restos del dictador Franco a una tumba privada, esto es para los obispos españoles, según el comunicado de la Conferencia episcopal española después de su reunión ordinaria de estos días, un perturbar la concordia y la reconciliación alcanzada por la transición española y plasmada en la Constitución de 1978. La posverdad episcopal es llamativa, porque no puede haber reconciliación mientras existan los miles de muertos franquistas enterrados y abandonados en cunetas o lugares no identificados.

Ellos, expertos en reconciliación, han de saber que la reconciliación conlleva el perdón. “Si vas a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5,23-24). Con el perdón se restablece el diálogo y el encuentro con el otro, la verdadera reconciliación. Al aceptar ese encuentro se establece una relación de projimidad, como señala P. Laín Entralgo, de reconocimiento mutuo entre el yo y el otro. Que yo sepa, los obispos españoles, oficialmente, no han entonado un mea culpa por las implicaciones de la jerarquía católica en el golpe de Estado del general Franco, que tanto sufrimiento causó a la sociedad española, y por el apoyo incondicional a la posterior dictadura franquista. Es bueno y saludable para la sociedad española, desde los parámetros del perdón y de la reconciliación, que se lleve a cabo la ley de Memoria histórica con todos sus detalles.

         La verdad es, pues, posible y el lenguaje su mejor herramienta de expresión, por más que filósofos, como Locke, Kant, Bertrand Russel…, adviertan de la posible arbitrariedad de la palabra en referencia al objeto. Pero la posverdad o mentira emotiva o distorsión deliberada de la realidad no puede acampar a sus anchas en las relaciones humanas. La ética es la que tiene la última palabra. Ahí está el consejo de Pablo de Tarso a los de Éfeso: “Dad de lado a la mentira, hable cada uno verazmente con su prójimo, ya que todos somos miembros unos de otros” (Éf 4,25).

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