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Legado de J. G. Caffarena: fe adulta y crítica esperanzada -- Juan Masiá Clavel, teólogo

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La noticia del fallecimiento del P. José Gómez Caffarena el día de su 88 cumpleaños coincidió con la celebración, en la eucaristía del cinco de febrero, del 22 aniversario del óbito del P. Arrupe. Al recordar en el memento a quienes nos precedieron “en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz”, se superponían en la memoria histórica y en la autobiográfica los retratos de ambas figuras emblemáticas de la Compaía de Jesús al servicio de la renovación eclesial en el siglo XX postconciliar. No es un De profundis triste, sino un Te Deum esperanzado lo que entono en acción de gracias por la vida de nuestro maestro y amigo José, con quien aprendimos a vivir siempre en búsqueda por los senderos de la hermenéutica, tanto en espiritualidad como en filosofía.

En 2007 nos legó en El enigma y el misterio su filosofía de la religión, en la que culminaba el pensamiento que germinó cuando enseñaba dialogando con quienes tuvimos el privilegio de despertar a la renovación postconciliar de filosofía y teología en unas fechas que eran todavía preconciliares. Como el despertar de sueños de dogmatismos -a que tanto aludía en sus reflexiones kantianas- sus cursos de Metafísica fundamental, Metafísica trascendental y Filosofía de la Religión (luego publicados en 1969-1973) nos iluminaron el camino hacia una filosofía hermenéutica crítica y esperanzada y una fe adulta, comprometida y actualizada, justamente en los días en que el mayor Papa del siglo XX, Juan XXIII, el Bueno nos dejaba su programa testamentario de Ebvangelio y derechos humanos en la carta Pacem in terris.

Con Caffarena aprendimos a entender a Kant: conocer es interpretar, hay una vía media entre absolutismos y relativismos; lo relativamente absoluto; el enigma del sujeto es promesa y punto de llegada, más que de partida; hay una “cuarta vía”, más allá de dogmatismos fundamentalistas, relativismos desarraigados y eclecticismos diplomáticos de componendas con el poder: esa “cuarta vía” es la búsqueda continua, que no renuncia jamas a mirar, como diría Unamuno, cara a cara a la Esfinge, aunque no nos revele su secreto, sino solamente nos plantee un enigma; hay que aprender a dudar para aprender a pensar…

Hace hoy medio siglo, en las aulas del Collegium jesuita complutense, reinterpretábamos con Caffarena a Tomás de Aquino, tras haber pasado por la crítica de Kant, para desembocar en la fenomenología y la hermenéutica. Hoy los tiempos han cambiado en el país. Comenté con dos antiguos alumnos (por ciert, de pelaje ideológico completamente opuesto) la satisfacción que me producía la publicación del maestro y amigo, que nos inició en el pensar. Ambos ex-alumnos eran, como digo, de colorido ideológico muy diverso, azul y naranja respectivamente, pero sin matices. El de azul me decía, con reacción fundamentalista: “dejaros de modernidad, hay que retornar a lo premoderno, a lo clásico, a lo de siempre, a lo claro y seguro”. El de naranja me decía, también con reacción antimoderna, pero en otro sentido: “ya pasó lo moderno y hasta lo postmoderno, nada es cierto y todo vale”. Me quedé perplejo y recordé “incidentes” de mi propia trayectoria “accidentada”, durante los períodos de docencia en la Comillas matritense, cuando confrontaba la insensibilidad hermenéutica en mi país, así como la situación anómala de crispación entre lo que Unamuno habría llamado “odios teológicos” y “odios anti-teológicos”. Y me dije: en mi país no hay arco iris, solo blanco y negro. O, a lo más, rojos y azules. No se deja lugar para el amarillo de la crítica, el violeta del diálogo o los ocres otoñales de un pensar capaz de convivir con incertidumbres. Recientes debates sobre bioética lo confirman.

Recogiendo el legado de Caffarena diría que hoy día, en nuestro país, harían falta tres capacidades: criticar interrogativamente, pensar hermenéuticamente y dialogar evangélicamente.

Con Caffarena aprendimos que puede ser más peligroso Hegel que Kant, según como se les lea, sobre todo cuando se usa a Hegel como vehículo de fascismos, autoritarismos y absolutismos de todo género.

La audacia de creer fue el título de un curso de introducción al cristianismo por Caffarena. con talante buscador, interrogador y hermeneutas –algo que tanta falta nos hace hoy día, para esquivar Scyllas de fundamentalismos y Caribdis de inquisiciones-. En Caffarena convivía la fe con la crítica: una fe que conlleva la tarea siempre inacabada de integrar y asumir en su propio interior la duda.

¿Se puede ser fiel, y cómo, tanto a la fe como a la modernidad?, se ha preguntado J. G. Caffarena a lo largo de su trayectoria intelectual. Y se lo ha preguntado desde la fidelidad a la entraña humanista, como él dice, del cristianismo, así como desde la apertura a la esperanza de otros humanismos, tanto religiosos como irreligiosos.

En hermenéutica se está siempre en camino, en proceso, empieza y acaba la reflexión con puntos suspensivos. Limitación y búsqueda, finitud y apertura, horizonte como límite y horizonte como finitud: he aquí los dos polos entre los que salta la chispa de la pregunta filosófica.

Tanto en filosofía como en espiritualidad necesitamos aprender a caminar por “la cuarta vía”. Así lo intuía Caffarena en sus obras Hacia el verdadero cristianismo (1966), La audacia de creer (1969) ¿Cristianos, hoy? (1971) La entraña humanista del cristianismo (1984). Con ese enfoque ayudaba Caffarena, en aquella década dif´cil de transición hacia la fe adulta, a muchas personas creyentes con honradez intelectual. Ayudaba a evitar tres escollos: la ingenuidad precrítica, el criticismo desarraigado y las vías medias de componendas timoratas bajo capa de prudencia. Ayudaba a encontrar la cuarta vía: la hermenéutica capaz de mantenerse siempre en búsqueda y a reinterpretar. A quienes confundían esta postura con un eclecticismo les respondía: “Como cristiano católico tengo adoptada una clara postura, hermenéutica y no ecléctica. La postura hermenéutica no envuelve ninguna disminución de la convicción de fe, sino más bien su reafirmación personalizada. Es una fuerte apuesta vital la del hermeneuta…”

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