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Las religiosas norteamericanas y el Vaticano: un entredicho para seguir atentamente -- Pablo Dabezies

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Las religiosas norteamericanas y el Vaticano: un entredicho para seguir atentamente
Algunos podrán preguntarse por qué dar tanta importancia a este asunto, cuando casi cada día hay algo nuevo e importante para comentar del nuevo papa. Desde mi óptica personal, y de acuerdo a la información que he podido recoger, se trata de una de las situaciones que nos pueden ayudar a ir leyendo la marcha y orientación del pontificado de Francisco. Se trata, como con las cuestiones más graves y centrales que el nuevo obispo de Roma debe enfrentar, de algo heredado de su antecesor, así como del anterior Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), el estadounidense cardenal Levada. Paso pues a tratar de describir lo mejor que puedo el proceso vivido y aún abierto.

Ese poder que son (¿eran?) las monjas en EE UU

Al terminar el Vaticano II, las religiosas eran 180.000 en el país. Un país en que el catolicismo estaba en franco crecimiento, que acababa de ver asesinado al primer presidente de esa confesión. Esos miles de mujeres consagradas estaban agrupadas en la Leadership Conference of Women Religious (LCWR), que había nacido en los años 50.
Son numerosos y serios los estudios que revelan que las religiosas norteamericanas se tomaron muy en serio al Concilio y según su invitación comenzaron en su mayoría un profundo proceso de renovación, tal vez superior al de otros sectores de la Iglesia en ese país.

Esta renovación se dio en buena medida por una redefinición de los contenidos en lo que eran sus tareas tradicionales en la educación, formal como no; en su labor en los hospitales y cárceles, acentuándose poco a poco un compromiso más claro junto a los más pobres y desprotegidos de una sociedad extremadamente desigualitaria. Y por otra parte, llevadas también por la ola de los movimientos feministas especialmente poderosos en los USA, la renovación se tradujo en un sostenido acceso de las religiosas sobre todo a los estudios eclesiásticos (Escritura, teología dogmática, teología moral), así como seculares (sociología, sicología, política, problemática femenina, etc.). En no mucho tiempo ello dio sus frutos, y las religiosas de EE UU se fueron convirtiendo en importantes protagonistas de la vida eclesial y en una especie de desafío fáctico al dominio de los varones en las comunidades. Se volvieron interlocutoras exigentes y a veces molestas, pero ciertamente cada vez más capacitas y deseosas de que les fuera reconocido un nuevo lugar en la Iglesia.

Breve pasaje por otro de los polos de fricción

Los primeros “afectados” fueron presbíteros y obispos, algunos de los cuales vieron mal este avance de las mujeres consagradas en sus dominios. Desde allí surgieron las primeras quejas y acusaciones que llegaron a Roma. Entre tanto, la LCWR había reformulado en 1971 los estatutos para que respondieran mejor a la nueva realidad de su vida. Esta reformulación dio comienzo a las primeras fricciones con el Vaticano.

El otro polo de la fricción en esta historia es la Congregación para la Doctrina de la Fe. Recordemos, porque ayuda ubicarse, que llamada todavía Santo Oficio durante el Concilio, fue reformada en 1966 por el papa Pablo VI, que le cambió el nombre y asumió por un tiempo directamente su gobierno, dejando al emblemático cardenal Ottaviani como sub-Prefecto hasta el 1 de enero de 1968. Entonces nombró como Prefecto al cardenal croata Franjo Seper, quien permaneció en ese cargo hasta el nombramiento de Josef Ratzinger el 25 de noviembre de 1981 por Juan Pablo II. Lo que interesa señalares que hasta la llegada del papa polaco y tres años después del cardenal bávaro, una de las características de lo que luego se dio en llamar el primer post-concilio, fue la de no proceder a condenas de teólogos o corrientes de opinión en la Iglesia.

Hubo sí problemas con los obispos holandeses a causa de la publicación de su Catecismo (1966), con el teólogo dominico Edward Schillebeeckx, por sus búsquedas de nuevas formulaciones de la transubstanciación, y en especial su cristología plasmada en “Jesús. Historia de un viviente” (1974). También existieron investigaciones y denuncias a Hans Küng y su obra “¿Infalible? Una pregunta” (1970). Pero estas investigaciones iniciales no se dieron todavía con las características que asumirían después, a pesar de la discrecionalidad de la Curia en los últimos años de Pablo VI. Y que culminaron, por ejemplo, en la prohibición de enseñar al teólogo suizo (1979), y siguieron con una larga letanía en las décadas siguientes. La intervención de la LCWR por parte de CDF en agosto de 2012 fue tal vez la última medida de este estilo antes del acceso al obispado de Roma por Francisco.

Los hechos que llevaron a la intervención

Ya he dicho que la reformulación de los estatutos en 1971 inició una época de sospechas desde el Vaticano sobre las religiosas. Otro hecho que incidió poco a poco, fue la separación de algunas congregaciones de la LCWR, por discrepar con las nuevas orientaciones y querer conservar un estilo más tradicional (significó un 20% de la membrecía).

De todos modos, en esos años y los 80 y buena parte de los 90, predominaba en la Conferencia Episcopal norteamericana una corriente renovadora, cuya máxima expresión fueron las dos cartas pastorales sobre el armamento nuclear y la paz, por un lado, y la política económica en tiempos de Reagan y sus seguidores por otro. Luego, la tormenta de la pedofilia en el clero convulsionó a toda la Iglesia en el país. Lo que sumado al viraje neoconservador en la sociedad, que tuvo también su reflejo en la Iglesia católica, llevó a la cabeza de la jerarquía a obispos más conservadores.
Esta tendencia se agudizó por las polémicas, que en casos llegaron al enfrentamiento abierto, con el gobierno de Barak Obama y su proyecto de seguro de salud, algo que increíblemente no existía en EE UU, y que contenía una serie de disposiciones sobre el aborto contrarias a la posición de la Iglesia. Las autoridades de la Conferencia Episcopal se opusieron entonces al conjunto del proyecto de ley, que sin embargo, en la mayoría de su articulado significaba un gran progreso para los sectores pobres del país.

Esto provocó tensiones y aun divisiones en el seno del episcopado y de toda la comunidad católica norteamericana. Un caso muy notorio fue el de la invitación a Obama por la universidad de Notre Dame, de los PP. de la Santa Cruz, a recibir un doctorado honoris causa y pronunciar el discurso inaugural de los cursos de 2009 (17 mayo de ese año). Hubo durísimas reacciones en contra de unos 60 obispos, pero muchos otros aprobaron o no opinaron, y en Roma se valoró mucho el discurso del Presidente. Mientras tanto, las religiosas de la LCWR, en contacto estrecho con esos sectores desprotegidos, entre los que hay muchos inmigrantes latinoamericanos, juzgaron globalmente positiva la ley y la apoyaron, situándose así claramente de un lado de las diferencias internas en el catolicismo. Este fue el detonante, o la gota que colmó el vaso.

En el 2009, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, presidida en ese entonces por el más que conservador cardenal esloveno Franc Rodé (muy ligado a los Legionarios de Cristo) ordenó una visita apostólica a todas las congregaciones femeninas de los EE UU. Qué resultados y qué conexión con lo posterior tuvo esta visita no lo he podido determinar. En todo caso, un año antes, el obispo de Toledo (EE UU), Leonard Blair fue encargado también de una visita a la LCWR, pero por cuenta de la CDF, a quien dio su informe en 2009. Llegamos así al momento clave de esta historia, cuando la misma CDF, presidida por Levada, dio a conocer en abril de 2012 una declaración, disponiendo una “evaluación doctrinal” de la LCWR por cinco años en vistas de una profunda reforma, confiada a un triunvirato de obispos norteamericanos, presidido por Peter Sartain, arzobispo de Seattle, e integrado por Blair y Thomas Paprocki, de Springfield (Illinois). En la publicación de la CDF se incluyen el informe original, una respuesta de la LCWR y la decisión definitiva.

El entredicho

Los cargos formulados por el documento de la CDF son realmente duros: la LCW se ha alejado de su centro teológico fundamental; ha desafiado las enseñanzas de la Iglesia sobre temas como la homosexualidad y el sacerdocio femenino; ha promovido posiciones feministas radicales, incompatibles con la fe católica; en declaraciones públicas ha contradicho o desafiado la autoridad de los obispos como verdaderos maestros de la fe y la moral en la Iglesia (aquí se sitúa la cuestión de la reforma sanitaria, el asunto al parecer más sensible). Además se les acusa de no ocuparse realmente de la fe y la vida de las religiosas y sus institutos. Al mismo tiempo la CDF reconoce que la documentación “revela que, mientras de parte de la LCWR hay un gran trabajo emprendido en la promoción de la justicia social en armonía con la doctrina social de la Iglesia, la misma LCWR calla acerca del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural”.

La primera reacción de las autoridades de la LCWR fue de sorpresa: «La presidencia de la LCWR está sorprendida por la evaluación doctrinal de la CDF […] puesto que la dirección de la LCWR tiene la costumbre de reunirse cada año con funcionarios de la CDF en Roma y, dado que la organización sigue estatutos aprobados canónicamente […] Nos comprometeremos con el diálogo, en la medida de lo posible estaremos abiertas al movimiento del Espíritu Santo. Pedimos oraciones por nosotras y por la Iglesia en este momento crítico”.

El 31 de mayo, en un comunicado, la LCWR cuestionó la decisión de la CDF como resultado de un “procedimiento marcado por la falta de transparencia”. El 12 de junio la presidencia se encontró con el cardenal Levada en Roma. Las religiosas dirigentes anunciaron que tratarían lo conversado en su asamblea anual de agosto, al final de la cual se supo que las críticas a la decisión vaticana habían sido severas, aunque se decidió mantener una actitud de no enfrentamiento.

Al mismo tiempo recibieron muchos apoyos de parte de teólogos, religiosos (el Consejo de los Superiores Mayores de los Religiosos – CMSWR) y laicado. Destacó en esa defensa el conocido teólogo jesuita James Martin, en la revista “America”: considera a las religiosas de la LCWR “figuras heroicas” del catolicismo norteamericano, y advierte que más que una ruptura entre “progresistas” y “conservadores”, lo que se arriesga es un enfrentamiento entre las jerarquías masculinas y la otra mitad de la Iglesia. Por su parte el propio mons. Sartain afirmó que “la Santa Sede y los obispos de los Estados Unidos están profundamente orgullosos del histórico y constante aporte de las religiosas estadounidenses, por su compromiso social, pastoral y espiritual, la asistencia sanitaria, la educación católica y en muchos otros sectores en los que llegan hasta los que están al margen de la sociedad”.

Las tareas atribuidas a la intervención comprenden la revisión de los estatutos de la LCWR y de sus planes y programas, incluyendo sus Asambleas Generales; la creación de programas de formación inicial y permanente para las congregaciones miembros de la LCWR; la revisión de la aplicación de las normas y textos litúrgicos por parte de la LCWR; la reconsideración de la afiliación de la LCWR a “Network” y al “Centro de Recursos para los Institutos Religiosos” (dos organismos cuestionados por el Vaticano).

Lo más reciente
Entre tanto, desde la entrevista en Roma para acá se produjeron cambios sustanciales en el Vaticano. Primero en la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, en la que se nombró al redentorista norteamericano Joseph Tobin como secretario en agosto de 2010. Luego, en 2011, ante la renuncia por edad del cardenal Rodé llegó como prefecto el brasilero Joao Braz de Aviz. El clima cambió completamente en un sentido mucho más comprensivo y dialogante. Mons. Tobin declaró que entendía “la rabia y el dolor” de las religiosas en relación con la investigación en curso y añadió que trabajaría para restaurar eventuales rupturas entre las monjas estadounidenses y la jerarquía católica romana.

También indicó que deseaba ofrecer su contribución para eliminar el velo de secreto que rodeaba toda la investigación.
Luego fue el turno de la CDF, en la que Levada fue sustituido en julio de 2012 por el obispo y teólogo alemán Gerhard Müller, amigo y defensor de Gustavo Gutiérrez. Y sobre todo, a inicios de este año, la renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco abrieron una esperanza a una solución mucho más dialogada y transparente.
Sin embargo, el 15 de abril, en una reunión con la presidencia de la LCWR, con la presencia de mons. Sartain, el prefecto mons. Müller comunicó a las religiosas que en su primera audiencia con el papa Francisco este había confirmado las decisiones tomadas por Benedicto al respecto. Aunque la desilusión fue grande, las monjas reconocieron que el clima de la reunión había sido bueno y renovaron su disposición a seguir dialogando.

Al mismo tiempo, pocas semanas después, con ocasión de la asamblea mundial de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG), del 3 al 7 de mayo en Roma, aprovecharon para explicar bastante polémicamente su situación, buscando el apoyo de las colegas. Y manifestando sus dudas de que al nuevo papa se le hubieran comunicado adecuadamente las cosas. En ese marco, el 5 de mayo, el cardenal Braz de Aviz tuvo un diálogo abierto de más de una hora con las participantes de la asamblea. Allí dijo cosas poco comunes.

Por ejemplo que nunca había sido consultado sobre la investigación realizada por la CDF, siendo él el encargado de la vida religiosa: “los cardenales no pueden desconfiar unos de otros, dijo. Este no es el modo en que la Iglesia debiera funcionar”. Y agregó que muchas veces se parece a una competencia por ver quién gana, cuando el que tiene que ganar siempre es el Espíritu Santo. También él dijo que ahora se estaba en condiciones de superar la cultura del secreto con la que discrepaba. Se mostró “dolorido” por lo sucedido con las religiosas de la LCWR, pero reconoció que el sufrimiento de ellas fue mucho más grande, “muy grande”, repitió. Precisó que cuando el cardenal Levada le comunicó lo que la CDF había hecho y decidido, le hizo notar que algo que hubiera debido hacerse en colaboración y diálogo no se había hecho así. “Ahora me animo a contarlo públicamente, confió a las religiosas. Antes no me había atrevido”.

Braz de Aviz aseguró también a las religiosas norteamericanas que estaba decidido a mantener el diálogo y a profundizarlo, acompañado en esto por el recién nombrado secretario de la misma Congregación, el franciscano José Rodríguez Carballo, que goza de gran aprobación en el mundo de los religiosos. Y comunicó también su parecer de que un encuentro del papa Francisco con la presidencia de la LCWR era posible. Cosa que por el momento no se produjo, pero en el discurso de Francisco a la UISG el 8 de mayo, hubo una serie de afirmaciones sobre la obediencia a los obispos y el sentido de comunión con la Iglesia que muchos han interpretado como dirigidas a la LCWR, aunque nunca fue nombrada.

Al final, han quedado varias cosas que hacen ver que este proceso no está cerrado. Las religiosas han manifestado, en algunos casos duramente, su desilusión en relación con las expectativas que habían alimentado con Francisco. Este insistió también en la necesidad del diálogo, así como el cardenal Braz, el P. Rodríguez Carballo, y mons. Sartain. El clima, a pesar del mantenimiento de las decisiones tomadas en el pontificado de Benedicto, parece haber mejorado. Observadores que han seguido de cerca este asunto han manifestado, como las religiosas, sus dudas de que el papa haya estado adecuadamente informado, aunque sea muy difícil saberlo. Porque, como bien ha sido señalado, con sus posibles equivocaciones estas monjas no han hecho más que arriesgar que en la calle un bus se las llevara puestas. “Prefiero una Iglesia accidentada…”

En todo caso, como lo hice notar en nota del año pasado (Carta Obsur, noviembre 2011, “¿Más de lo mismo o atisbos de algo nuevo?”), no deja de ser una evolución que este tipo de entredichos, incomprensiones y medidas de control y corrección se confíen finalmente a las Iglesias locales. Lo que puede ser parte de un camino para revertir la práctica que predominó desde finales de los años 70 y que tanta amargura creó en amplios sectores de la Iglesia. Habrá que esperar y ver cómo evolucionan las cosas en un terreno tan sensible para la vida eclesial. Y que ha marcado en un sentido u otro los últimos cinco pontificados. Fuente: Carta Obsur nº24 – Uruguay

Número 24 –CARTA OBSUR
Por Pablo Dabezies 07/2013

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