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Las feministas católicas inglesas le reclaman al Papa el sacerdocio femenino -- Roser Puig

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Estas son las “razones” en las que se han apoyado tanto Pablo VI, como Juan Pablo II y ahora Benedicto XVI, para negar el sacerdocio a las mujeres: “Advertencia de Pablo VI a la Iglesia Anglicana, con el fin de eliminar un nuevo obstáculo en el camino hacia la unión de los cristianos”:
-La Iglesia sostiene que no es admisible ordenar mujeres para el sacerdocio, por razones verdaderamente fundamentales.

-El ejemplo, consignado en las sagradas escrituras, de Cristo que escogió a sus apóstoles solo entre varones.
-La práctica constante de la Iglesia que ha imitado a Cristo escogiendo solo varones.
-Su viviente Magisterio que coherentemente, ha establecido que la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia
-La Iglesia no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal.
-La razón verdadera es que Cristo, al dar a la Iglesia su constitución fundamental, su teología antropológica, seguida siempre por la Tradición de la Iglesia misma, lo ha establecido así”.

Mi opinión al respecto, como creyente y feminista.

¿PARA “IMITAR” A JESUS? Jesús no dio ningún ejemplo en esto, porque NO ORDENOA NADIE, NI MUJERES NI HOMBRES. En cambio tenía como discípulos a mujeres y hombres.

¿Por “PRACTICA CONSTANTE” de la Iglesia? Según podemos comprobar en las cartas de Pablo, las mujeres, desde el principio, animadas por como las había tratado Jesús y recodando sus palabras, se sintieron impulsadas a evangelizar, profetizar y, por supuesto, a ejercer el diaconado. Igual que los hombres: «Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, que es además diaconisa de la iglesia de Céncreas»: Rm 16, 1). Sin embargo, B 16 ignora a las mujeres diaconisas en su encíclica “Deus caritas est”, 2ª Parte: “la elección de los siete varones, que fue el principio del ministerio diaconal…” (cf. Hch 6, 5-6). Por lo visto le falló la memoria y solo recordó a los “7 varones”.

Claro que acababa de reformar el Derecho Canónico de manera que las mujeres no pudieran colársele en el escalafón clerical por el diaconado. Y se sacó de la manga “el diaconado permanente” para que algunos hombres casados pudieran aliviar a los párrocos agobiados, sin peligro de que las mujeres entren en escena. Pero las estudiosas feministas saben, a ciencia cierta, que la “imposición de manos” a diaconisas llegó hasta el siglo VIII, a pesar de la oposición y difamación de los llamados Santos Padres de la Iglesia. (Supongo que B 16 ahora debe estar devanándose los sesos para evitar que, algún día, una mujer pueda ser ordenada “cardenala”, pues creo que el Derecho Canónico todavía contempla esa posibilidad).

La retórica anti-femenina comenzó particularmente con los Padres latinos. Tertuliano de Cártago (155-245 DC) fue uno de los peores: “No está permitido que una mujer hable en la Iglesia, ni le está permitido enseñar, ni bautizar, ni ofrecer [la eucaristía], ni reclamar para sí una participación en las funciones masculinas, y mucho menos en las sacerdotales”.

Evidentemente, esas cosas se estaban produciendo doscientos años después de la desaparición de Jesús de la faz de la tierra. Finalmente, el machismo y el afán de poder consiguieron desviar a la Iglesia de su camino. (En el camino equivocado sigue todavía, persiguiendo el prestigio y el poder, a pesar de los testimonios heroicos personales de tantos hombres y mujeres).

Los actuales auto considerados Santos Padres, comulgan de la misma misoginia que los antiguos (se rumorea que B16 es muy “agustiniano”) aunque, por suerte para nosotras las que vivimos en países desarrollados donde la Religión se está separando paulatinamente de las leyes civiles las cuales tienden a defender los DDHH de todos y todas, ahora no se atreven a decir cosas tan fuertes y calumniosas como las que decían los Santos Padres del pasado: «¡Ustedes son la puerta del infierno! ¡Ustedes son las que rompieron el sello de aquél árbol (prohibido)! ¡Ustedes son las primeras desertoras de la ley divina! ¡Ustedes son las que le persuadieron (a Adán), pues el demonio no tenía el valor suficiente para atacarlo! ¡Ustedes destruyeron tan fácilmente la imagen de Dios, al hombre! ¡Por causa de lo que ustedes merecían – esto es, la muerte – aún el Hijo de Dios tuvo que morir!»(Tertuliano).

Ahora usan el mensaje subliminal de la necesidad de supeditar a la mujer “para defender la familia” a la cual consideran atacada por las leyes de igualdad que se están promulgando en numerosos países desarrollados y en desarrollo.

En cuanto al “Magisterio viviente” (supongo que se refieren a los Jerarcas vivos), es muy dueño de decir de sí mismo lo que le convenga, pero es del todo cínico afirmar que “la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia”. ¿El que se esté dando al mundo entero el lamentable espectáculo de discriminación de las mujeres, así como el empeño de mantener a la mujer supeditada al varón, tanto en la Iglesia como en la familia, entra en el “plan de Dios”? En el evangelio podemos comprobar como, cada vez que se topaba con una mujer humillada, Jesús la dignificaba y la trataba como a una igual.

La guinda del pastel
Juan Pablo II, después de copiar a Pablo VI por entero, añadió en la O.S. esta “genial razón” del porqué las mujeres no debíamos aspirar al sacerdocio: “Por otra parte, el hecho de que María Santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, no recibiera la misión propia de los Apóstoles ni el sacerdocio ministerial, muestra claramente que la no admisión de las mujeres a la ordenación sacerdotal no puede significar una menor dignidad ni una discriminación hacia ellas, sino la observancia fiel de una disposición que hay que atribuir a la sabiduría del Señor del universo”.

Los jerarcas deben estar convencidos de que las mujeres, gracias a sus esfuerzos y a las costumbres y tradiciones de las diversas culturas, seguimos siendo unas ignorantes totales. Y no solo éso, siguen creyendo que, por naturaleza, somos más tontas que ellos. Por lo menos éso es lo que les enseñan en los seminarios donde todavía se estudia con toda reverencia las teologías de S. Agustín y Santo Tomás de Aquino que opinaban que las mujeres éramos tan imperfectas y pecadoras, que no podíamos ser imagen de Dios.

Desde la India, 14 madres generales de otras tantas congregaciones religiosas, representantes de unas 150.000 monjas, contestaron en su día a la Ordinatio Sacerdotalis de Juan Pablo II.

Es una larga carta que publicó la revista ALANDAR en el nº de marzo de 1984. (Hasta el presente ha sido silenciada por el Vaticano) Dichas monjas, respetuosa y humildemente, le reprochan a su “querido Padre” el valerse de la devoción a María para que las mujeres renunciemos voluntariamente al sacerdocio, por imitación a Ella. “¿Cómo pudo María aspirar al sacerdocio cuando esto no existía en su tiempo? ¿reclamó alguna vez para si Jesús el sacerdocio?” Y, con toda humildad, le recuerdan al Papa los inicios del Cristianismo: “Cristo no ordenó sacerdotes y no existía ninguna jerarquía clerical en los tiempos del Nuevo Testamento.

Mas tarde la Iglesia adoptó una estructura clerical y jerárquica que adopto elementos de la altamente patriarcal religión judía, de la que era originaria, y también de las estructuras socio-políticas del Imperio Romano en el que echó raíces”. Asombrosamente, se atreven a denunciar la situación de las monjas dentro de la ICAR: “somos relegadas a permanecer en estado infantil perenne y se nos hace depender del clero masculino para vivir nuestra vida religiosa cristiana. Los clérigos hacen uso de esta falta de igualdad para sacar el máximo beneficio, extrayendo mano de obra barata de nosotras”.

Y se quejan de que, en la Ordinario Sacerdotales el Papa “parece sugerir que no tiene la intención de mantener un dialogo con nosotras. Parece extraño que en pleno siglo XX los hombres pretendan que el plan de Dios deba solo ser manifestado a través de ellos “. Insisten, una y otra vez, en mantener el diálogo: “Amenazando a las otras Iglesias de romper el diálogo y la unión por el hecho de ordenar mujeres, nos parece a nosotras que la Iglesia prefiere encerrarse en una torre de marfil”. Y se lamentan de que : “si a los asuntos que se refieren a las mujeres ni siquiera se les confiere la dignidad de ser objeto de un diálogo abierto, SENTIMOS QUE NUESTRA EXISTENCIA COMO VERDADEROS MIEMBROS DE LA IGLESIA NOS ES NEGADA” (las mayúsculas son mías)
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¿Y si las monjas se pusieran en huelga?
¿ Que pasaría si a las mujeres consagradas ( creo que están todavía en proporción de cuatro mujeres a un hombre) que ejercen servicios en todos los estamentos de la institución, de forma gratuita y voluntaria, se les abrieran los ojos, como lo hicieron esas monjas de la India (nada sospechosas de ser “feministas radicales”, por cierto), y a la vista de que solo se las considera como “mano de obra barata”, cuando ellas estaban convencidas de estar “sirviendo a la Iglesia” y a su misión de evangelización, se plantaran y se pusieran en huelga? Seguro que habría un colapso institucional universal.

Pero eso no ocurrirá nunca porque, aquellas que sirven en cuerpo y alma a los necesitados como consecuencia de su opción evangélica por los pobres, no dejarán de hacerlo jamás, sea cual sea la actitud de la Jerarquía para con ellas. Por otra parte, se ha conseguido marcar a fuego, en los espíritus temerosos, que la virtud mas meritoria delante de los ojos de Dios, es la obediencia a la Jerarquía. Y en demasiadas ocasiones son las propias compañeras, monjas sumisas y obedientes al clero masculino, las cuales han conseguido un estatus relevante dentro de la discriminación, las que vigilan, hacen la vida imposible y hasta denuncian a las que se muestran disconformes con la voluntad de la Jerarquía.

Me pregunto cuantas de aquellas osadas “madres generales” indias pudieron continuar impunemente en su puesto de trabajo, después de enviar su carta de protesta a su “querido Padre”, dada la oleada inquisitorial que invade nuestra Iglesia en los últimos papados.

Roser Puig F. Agosto , 2010.

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