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Hay relatos en los evangelios difíciles de entender. Pero la dificultad no radica en el texto, sino que este ha sufrido una deficiente explicación. Un ejemplo de tal contrariedad lo encontramos en una conocida parábola de Lucas.
1. La Parábola
“Y añadió dirigiéndose a sus discípulos:
Había un hombre rico que tenía un administrador, y le fueron con el cuento de que este derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo:
¿Qué es eso que oigo decir de ti? Dame cuenta de tu gestión, porque no podrás seguir de administrador.
El administrador se dijo:
¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que, cuando me despidan de la administración, haya quien me reciba en su casa.
Fue llamando uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero:
¿Cuánto debes a mi señor?
Aquel respondió:
Cien barriles de aceite.
Él le dijo:
Toma tu recibo; date prisa, siéntate y escribe ‘cincuenta’.
Luego preguntó a otro:
Y tú, ¿cuánto le debes?
Este contestó:
Cien fanegas de trigo.
Le dijo:
Toma tu recibo y escribe ‘ochenta’.
El señor elogió a aquel administrador de lo injusto por la sagacidad con que había procedido, pues los que pertenecen a este mundo son más sagaces con su gente que los que pertenecen a la luz” (Lc 16,1-8).
Esta parábola exclusiva de Lucas es conocida por el título: El administrador infiel, un nombre, a mi juicio, desacertado porque pone el acento en un aspecto secundario y equivocado del mensaje que transmite. La lección a aprender nada tiene que ver con la fidelidad o infidelidad del tal gestor.
La enseñanza de la parábola arranca de lo que el administrador determinó hacer cuando se vio en una situación de máximo apuro. Y el mensaje transmitido con el ejemplo tiene un alcance especial, puesto que está dirigido exclusivamente a los discípulos. Así se introduce:
“Y añadió dirigiéndose a los discípulos” (v.1a).
Al echar una mirada al contexto, observamos que Jesús había destinado tres parábolas a letrados y fariseos (15,4-6; 8-9 y 11-32). Ahora el foco cambia de dirección para centrarse en el colectivo de seguidores. El Galileo habla al grupo de quienes constituyen la sociedad alternativa, conocida bajo la expresión: el reino de Dios. Son individuos con una praxis común y un solo objetivo. No constituyen un movimiento, como suele decirse actualmente.
Distan de ser una organización piramidal representante de una masa de sujetos anónimos. Conforman una aparente unidad de pensamiento y acción. La enseñanza de la parábola no la dirige, pues, Jesús a una vaga generalidad de gente siempre ausente del compromiso y la praxis, sino a los suyos como colectividad concreta y cercana.
2. Los protagonistas del ejemplo: Un rico y su administrador
La narración comienza con la presentación de los dos protagonistas del ejemplo: un hombre rico y su administrador:
“Había un hombre rico que tenía un administrador (v. 1b).
Tal introducción exponía ante los discípulos una realidad frecuente en la Palestina del siglo I. Individuos con dinero lograron hacerse con grandes fincas al acumular pequeños terrenos de modestos agricultores por impagos de préstamos sin intereses, aunque con cláusulas abusivas que obligaban a garantizar con la propiedad del suelo cultivable la cancelación de la deuda en el tiempo establecido para hacerlo.
Este tipo de movimientos financieros para adueñarse de la tierra no era nuevo. De esto Isaías ya sabía lo suyo:
“¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos, hasta no dejar sitio, y vivir ellos solos en medio del país!” (Is. 5,8).
Los ricos
Las grandes haciendas de estos terratenientes cambiaron el sentido y el ritmo productivo que antes habían tenido los pequeños terrenos agrícolas. Ya no servían para procurar el sustento de las familias de sus dueños, sino para hacer dinero y aumentar la riqueza del nuevo propietario. La producción de la tierra cambiaba sustancialmente de orientación.
Ahora se producía para abastecer al gran mercado, el constituido por la fuerte demanda de cereal, aceite y vino del imperio dominante. Y también, aunque en menor medida, para cubrir las necesidades del consumo interior de los pudientes.
Los administradores
Ni que decir tiene que estos potentes propietarios no se hacían cargo directamente de las fincas. Iban sobrados de metálico, aunque desprovistos de instrucción. Sin poseer cultura agrícola, sin tener unos mínimos conocimientos de cuentas y ni siquiera saber hacer la ‘o’ con un canuto, estos señoritos de entonces gustaban de enseñorearse en la ciudad y disfrutar con otros adinerados en fiestas y comilonas.
Naturalmente, necesitaban a alguien conocedor de los asuntos del campo, de letras y números para encargarse de la administración de sus extensas tierras y bienes: un administrador.
Ser administrador era un chollo. Algo muy apetecido por quienes tenían capacidades para dedicarse a esa función.
El administrador, un hombre de confianza y probada autoridad en esos menesteres, contaba con amplios poderes del ricachón para ejercer su actividad. No cobraba un sueldo fijo. Iba a comisión. Por eso, la productividad de la finca beneficiaba tanto al dueño como a él.
El administrador hacía y deshacía a voluntad. Vendía, compraba, contrataba jornaleros y organizaba el trabajo a su criterio y con vistas al mayor beneficio, del que sí estaba obligado a dar cuentas a su señor. Las ventas se hacían al por mayor a intermediarios y a grandes comerciantes que las vendían a su vez a quienes se dedicaban a vender al menudeo.
Con frecuencia el administrador hacía las ventas a crédito, lo que conllevaba el pago de unos intereses cuya cuantía dependía del plazo establecido para el abono de lo adeudado. Normalmente, una fracción de tales intereses formaba parte de los emolumentos del administrador. La deuda se oficializaba en unos recibos en los que el deudor escribía de su puño y letra el total en especie de lo comprado.
La cantidad consignada incluía, también en especie, los intereses aplicables a dicha compra. La anotación del comprador servía, a modo de firma, para garantizar que la deuda era correcta, le pertenecía y estaba por resolver.

