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Las creencias religiosas se hacen más fuertes cuando se sienten atacadas -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

La creencias religiosas no se matan a cañonazos. Todo lo contrario. Cuando los creyentes se sienten atacados, la convicción de que son víctimas de su fe en el «dios verdadero» les hace sentirse más fuertes, más seguros, más fanáticos. La historia de las guerras de religión, de las persecuciones y los conflictos, motivados por algún tipo de creencias (las que sean), ya nos tendría que haber enseñado que a las ideas, a las convicciones y, sobre todo, a las creencias no se las mata con armamentos militares o con cualquier tipo de violencia, aunque sea la más sencilla, por ejemplo, con el solo hecho de ridiculizar la creencia o la práctica religiosa de quienes no cmulgan con mis ideas.

El gran error – ¡inmenso error! – de Estados Unidos ha sido meterse en guerras contra grupos religiosos, fuertemente motivados por el fanatismo que suele destilar la religión. Las guerras recientes de Irak y Afganistán lo están poniendo en evidencia. Guerras perdidas antes de empezarlas. Como en la Edad Media las Cruzadas no acabaron con el «infiel sarraceno», como ya decían los «Caballeros del Templo» (los templarios), ni la Inquisición acabó con los heterodoxos, ni Hitler acabó con los judíos, ni nadie que se ponga acabará por hundir y extirpar la creencia que quiere desprestigiar, arrasar… o lo que sea.

Con misiles y bombas se destruyen ciudades y se matan vidas humanas. Las ideas religiosas no mueren por el hecho de verse perseguidas. Al contrario, una idea religiosa perseguida, por eso mismo, se enardece, se hace más firme, se siente más fuerte y más verdadera. Y hasta se antepone a la propia dignidad, a la propia libertad y a la propia vida. Mueren los creyentes, mártires de sus creencias. Y las creencias siguen, más sólidas que antes.

En tiempos de tantas y tantas confrontaciones, en buena medida motivadas o «legitimadas» por principios religiosos, lo peor que podemos hacer es agredir al que ve las cosas de la religión de manera distinta a como yo las veo. También en esto, el Evangelio es genial. Jesús fue intolerante con los intolerantes de su propia religión.

Con los demás (paganos, samaritanos, descreídos, pecadores…) siempre fue respetuoso, tolerante, acogedor, comprensivo. Y llegó hasta el exceso de afirmar que un centurión romano tenía una fe tan grande, que no había visto cosa igual en todo Israel (Mt 8, 10 par). Aquel militar de las tropas de ocupación no creía en el mismo Dios en el que creían los israelitas. Pero tenía algo más grande: un corazón bueno, capaz de sufrir porque veía sufrir a un criado que tenía en su casa.

Me preocupan mucho las ideas xenófobas que veo cundir por todo el llamado «mundo desarrollado». ¿Qué hemos desarollado en este mundo nuestro? ¿La intolerancia? ¿El desprecio hacia todo el que no piensa como nosotros? Esta guerra la tenemos perdida de antemano. Y, lo que es peor, no sólo saldremos derrotados, sino que terminaremos siendo tan fanáticos como aquéllos a los que acusamos de fanáticos. Porque, a fin de cuentas, como bien se ha dicho, «la esencia del fanatimso consiste en la pretensión de cambiar a los demás» (Samuel Oz).

No se trata de renunciar a decir lo que sea necesario decir. Lo que pasa es que, si lo que decimos son agresiones a quienes ven las cosas de otra manera, con eso sólo conseguimos exactamente lo contrario de lo que pretendemos: todos nos dividimos y nos enfrentamos más y más. Hasta convertir la convivencia en una forma de vida que destruye todo lo que pilla por delante. O, por lo menos, nos hace daño a nosotros mismos y no consigue lo que se trataba de conseguir. Toda forma de violencia, por pequeña que sea, no sirve nada más que para descandenar la espiral de la violencia. Y así nos metemos por un camino que no lleva a ninguna parte. O, mejor, SÍ, nos lleva a todos a nuestra propia destrucción

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