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Lampedusa -- José Antonio Hernández Guerrero

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La visita de Francisco a Lampedusa, esa puerta por la que tratan de entrar al supuesto paraíso europeo los emigrantes africanos, los “sin papeles” que, esperanzados, acuden en busca de una vida digna tras cruzar un estrecho que, frecuentemente, se convierte en una tumba, constituye una clara, perentoria y amable invitación para que los cardenales, los arzobispos, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y los laicos creyentes palpen con sus propias manos y vean con sus propios ojos el amargo llanto de los olvidados que, encerrados en cárceles, en hospitales y en asilos, o durmiendo en descampados y en portales, sufren las inclemencias de la pobreza.

La salida a un espacio alejado del Vaticano, el báculo de madera de cayuco, la patera de altar, el cáliz de madera o el ambón construido con restos de barcas y de un viejo timón, constituyen la traducción actualizada de unas palabras “comprometedoras” del Evangelio que, quizás por haber sido tantas veces repetidas, nos suenan como melodías celestiales entonadas por voces angelicales. ¿Recuerdan, por ejemplo, aquellos pasajes tan sabidos de “el Buen Pastor” que abandona las noventa y nueve ovejas para ir en busca de la oveja perdida? Ese llanto por los que nadie llora, la corona por los muertos en todos los estrechos, en todas las fronteras y en todos los muros, nos interpelan a todos sobre nuestras jerarquías de preocupaciones y de ocupaciones, sobre nuestra manera de distribuir nuestros tiempos, de convivir en nuestros espacios y de compartir nuestros bienes: sobre el orden de prioridades que establecemos a la hora de gestionar nuestras “agendas” y de administrar nuestras “haciendas”.

El Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones, monseñor Ciriaco Benavente, escribía recientemente: «Las dificultades de los inmigrantes ofrecen a la Iglesia la oportunidad y reclaman de ella la obligación de ejercer de Buen Samaritano que cure sus heridas, les ayude a levantarse y a recobrar la conciencia de su dignidad, camine con ellos, les proporcione hogar, promueva una cultura hospitalaria que favorezca por parte de todos la ayuda que se les suministre en la acogida y les preste algo de la propia vida y riqueza».

En este mismo sentido se inscribe la reflexión que varios grupos de creyentes gaditanos trasladaron, “con todo respeto”, al Obispo de Cádiz y Ceuta, sobre la actitud que la Iglesia debería adoptar ante las personas marginadas, excluidas, enfermas o abandonadas. En sus análisis, los miembros de la HOAC, de Justicia y Paz, de Comunidades Cristianas Populares, de Comunidades Laicas Marianistas, de Equipos Parroquiales de Pastoral Obrera de la Iglesia San Lorenzo-Pastora y otros muchos a título individual y colectivo, como el Comité Óscar Romero de Cádiz, se apoyan en textos del Evangelio, de los Hechos de los Apóstoles, de las Cartas de San Pablo, de los Santos Padres, del Concilio Vaticano II, de la Encíclica “Caritas in Veritate” y de la Doctrina Social de la Iglesia.

Como conclusión piden que el Obispo denuncie con valentía y con claridad las causas que provocan la exclusión social en muchas personas, que exija a las autoridades locales, provinciales o estatales la apertura inmediata de los numerosos locales vacíos que existen en Cádiz, que la Conferencia Episcopal pida que se cambie la ley hipotecaria del año 1909 y que apoye la ILP que ha recogido más de 1.400.000 firmas exigiendo la dación en pago para la cancelación de la deuda y convertir la vivienda entregada en una vivienda en alquiler social, cuyo pago no exceda del 30% de los ingresos de quien la ocupa.

Solicitan que -además de la importante labor de Caritas- el Obispo adopte unas decisiones prácticas que sirvan para acoger a los “que están tirados en la calle, sin techo ni hogar”, y que ofrezca generosamente los locales actualmente sin uso como, por ejemplo, una parte del Seminario Diocesano. Los firmantes confiesan que se sienten reconfortados con los gestos de humildad del Papa Francisco quien, deseando una Iglesia pobre y para los pobres, “nos estimula para que los creyentes acojamos con afecto y con ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, a los más débiles y a los más pequeños. En resumen, los firmantes “ruegan” al Obispo que, siguiendo el ejemplo de Francisco, ejerza su liderazgo para superar esta crisis de valores y siga las pautas que están claramente trazadas en el Evangelio.

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