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Laicos en la iglesia y en la sociedad -- Camino Cañón Loyes

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Revista Crítica

Hace unos días, mientras pensaba en este artículo, releía estos versos de Machado: “Creí mi hogar apagado, /Removí las cenizas, /Y me quemé la mano.”
Quizás, pensé, sea una buena metáfora para acercarme al tema. Los datos estadísticos, la observación espontánea de la vida de algunas parroquias, las inquietudes de la juventud, y un largo etc. pueden llevar a la creencia, a la convicción incluso, de que este hogar que es para los católicos la Iglesia, está apagado. Ya no se busca para recibir el calor de la acogida, ni el fuego de la caridad ni las brasas chispeantes de la esperanza. Y sin embargo, cuando alguien se introduce serenamente en su interior, constata que el rescoldo no sólo calienta, sino quema, el fuego está activo. ¿Qué señales podemos encontrar para que la última afirmación no se quede en meras palabras? Veamos algunas.

Hace unos años, en 2004 la Iglesia española celebró un Congreso Nacional de Apostolado Seglar, culminación de un largo proceso de búsquedas, planes y acontecimientos eclesiales. En él se retomaron los temas de vocación y misión del laico, formación, llamada a la santidad, y se habló de espiritualidad de comunión, tema muy presente en el documento vaticano más importante sobre los laicos después del Vaticano II, la encíclica de Juan Pablo II: Christi Fideles Laici (30/12/1988). Yo tuve la suerte de participar en el Congreso, compartiendo la dirección del taller sobre formación con un representante de la Iglesia de Bilbao, Carlos García de Andoain, miembro a su vez del grupo de cristianos del partido Socialista.

En este taller participaron unas cuatrocientas personas procedentes de muchas diócesis y de una gran variedad de asociaciones y movimientos eclesiales. Allí, y en los plenarios del Congreso, pude percibir que los participantes eran de todas las edades, también jóvenes, de una gran variedad de ámbitos sociales, y que más allá de las di-ferencias de sensibilidades políticas y de los modos de expresar en palabras nuestro ser cristiano, nos unía la conciencia común de ser portadores de una Buena Noticia para las gentes de hoy.

Constataciones

Esa diversidad de modos de vivir la experiencia cristiana y de comunicarla, la estoy percibiendo en mayor profundidad en este tiempo, a raíz de mis contactos con las delegaciones de Apostolado seglar de las diócesis, pero sobre todo, con los diversos movimientos y asociaciones miembros del Foro de Laicos: cincuenta y cinco, de los cuales algunos son federaciones y otros confederaciones, lo que hace que el número real de organizaciones integradas en él supere los cien. Las realidades sociales más diversas están presentes en el asociacionismo eclesial, además, evidentemente, de los cristianos laicos activos que haya en las parroquias.

El Foro de Laicos se constituyó en 1992 y es el heredero directo de otro organismo eclesial anterior, el Consejo de Laicos, creado en los primeros años ochenta. En sus estatutos se reflejan las líneas expresadas en el docu-mento de la CEE: “Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo”, publicado en 1991. El Foro se define como “lugar de encuentro, comunicación, diálogo y cauce de representación del apostolado seglar asociado”. Se constituyó como asociación de presidentes o representantes de Asociaciones de Apostolado Seglar, con personalidad jurídica pública al servicio de la misión del laico en la Iglesia y en la sociedad. Está integrado en la Comisión de Apostolado Seglar (CEAS), y acompañado de manera ordinaria por uno de los Obispos integrantes de esta Comisión y por el secretario de la CEAS en calidad de consiliario.

El arco de entidades eclesiales que integran el Foro es muy amplio: Hay asociaciones y movimientos familiares, incluida la confederación de asociaciones de viudas, que es la más numerosa con varias decenas de miles de asociadas activas, la confederación de entidades católicas de muy diversa índole, como algunas dedicadas a la formación de niños y jóvenes, o las centradas en la enseñanza formal, o el amplio mundo de los institutos seculares. Hay asociaciones centradas en la formación y la oración litúrgica, movimientos ya clásicos entre ellos la Acción Católica, otros nuevos muy activos, hay asociaciones centenarias, movimientos y asociaciones que participan del carisma de grandes familias religiosas como la familia de San Vicente de Paúl, o San Juan Bosco o Francisco de Asís, o Chaminade o Ignacio de Loyola; movimientos obreros y asociaciones empresariales, ONG católicas de desarrollo, movimientos Scouts, y un largo etcétera de otras entidades menos tipificables.

Una primera aproximación puede producir un efecto de visión poco atrayente: una amalgama que resulta poco relevante en la vida social y política. Pero hay otra gestalt, otra forma de percibir ese conjunto, y es la de ver una red con nodos muy plurales, ámbitos en los que la fe encuentra espacios comunitarios, con vínculos de diverso grosor, donde discernir los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y donde buscar cauces de acción concretos. Algunas expresiones necesitan renovación, pero no es menos cierto que otras tienen gran poder de convocatoria. En todas ellas hay un sincero deseo de formación y de búsqueda de modos nuevos para ofrecer con vigor renovado el mensaje de esperanza de Jesús de Nazaret.

El Foro de la Laicos está llamado a ser un lugar privilegiado de discernimiento compartido donde reconocer los signos de los tiempos. Podemos hacerlo con las distintas tonalidades de luz que cada carisma propio de las diversas asociaciones y movimientos, y al hacerlo así los matices que en ese discernimiento podamos percibir, contribuirán sin duda a que el Evangelio sea vivido como una fuente perenne de vida para la nueva sociedad.

Considero que hemos de dar pasos en mejorar el mutuo reconocimiento que nos profesamos, nos falta convicción de que lo que nos une es más fuerte que aquello que nos diferencia, y que por eso podemos aprender unos de otros más y mejor de lo que a veces parecemos dispuestos a hacer. Considero también, que hay un camino importante que recorrer en lo que se refiere a la articulación del laicado en el ámbito nacional, tanto del laicado asociado como de aquellos otros grupos y personas vinculados a parroquias o a diócesis.

La colaboración sacerdotes/religiosos/laicos

Las primeras palabras que encuentro para expresar lo que los laicos pedimos a los sacerdotes es precisamente el que por ambas partes vivamos la realidad del sacerdocio como un don, como un regalo, y por tanto, como algo que recibimos y agradecemos.

Ese don y regalo se hace fecundo en el espacio concreto de la vida eclesial y genera lazos de comunión entre quienes integramos la Iglesia. Lo mismo podríamos decir de la vida religiosa.
Sacerdotes, laicos y religiosos necesitamos dar conjuntamente pasos adelante. Tenemos que buscar juntos lenguajes y métodos para que el poder transformador del evangelio sea eficaz en nuestra sociedad, escucharnos fraternalmente y reconocer la experiencia y competencia de los laicos en los diversos campos de la actividad humana, para poder conjuntamente reconocer los signos de los tiempos. Los laicos necesitamos ser reconocidos en nuestra actuación en la sociedad cuando intentamos moverla en la dirección de la verdad, de la justicia y del amor.

Se han dado pasos. Si el Vaticano II hablaba de ayuda de los primeros a los segundos, veinte años después, la Christi Fideles Laici habla de “un nuevo estilo de colaboración entre sacerdotes y laicos”. Y en estos años, hay realidades concretas en la Iglesia que apuntan en esa dirección, que generan la esperanza de un modelo de comunidad cristiana donde la colaboración efectiva y cordial de sacerdotes y laicos, desvele el rostro de una Iglesia que hace suyas las esperanzas y las búsquedas de los hombres y mujeres de hoy. Hay diócesis en las que la delegación de apostolado seglar ha recaído en laicos, incluyendo a mujeres; la formación y el acompañamiento espiritual está realizado coordinadamente por laicos y sacerdotes, etc. Pero hay mucho camino que recorrer en la incorporación de los laicos a los procesos de elaboración del pensamiento eclesial, y también, en la incorporación más efectiva en los procesos de decisión de las iglesias locales.

Incidencia de los laicos en la sociedad

La incidencia de los laicos en la sociedad puede visualizarse, a mi entender, en un espacio de tres dimensiones que se identificaría con las tres maneras diferentes de vida activa que distingue la gran filósofa judía Hannah Arendt: la labor o el cuidado de la vida, en especial el cuerpo y las necesidades vitales, el trabajo o hacer cosas que quedan en el mundo, es el ámbito de la utilidad, y por último, la acción o interacción humana entre una pluralidad de iguales que inician algo nuevo, es el ámbito de la libertad. Estos tres ámbitos los vivimos integradamente en nuestras biografías con tiempos más intensos para unos u otros según las circunstancias de cada cual.

Entiendo que la forma de vivir propia de los cristianos para hacerse significativa ha de tener expresiones no aisladas, sino participadas por grupos, pues ha de poder alimentarse con experiencias, apoyos, discernimiento compartido, y además ha de poder mostrarse de manera que no pueda identificarse con la idiosincrasia de individuos o de familias aisladas. Esto supuesto, la incidencia de los laicos en la sociedad, yo diría que puede darse en cada uno de los ámbitos nombrados por Hanna Arendt, siempre que los tres aparezcan suficientemente equilibrados en el conjunto.

Unos podemos aportar un estilo en el cuidado de la vida propia, de los próximos, de las personas más débiles, de niños y enfermos, que pongan de manifiesto cómo ese modo de hacer y de servir, que nace y se sustenta de la fe en Jesús, contribuye a desarrollar zonas muy centrales de lo humano que brotan de un ejercicio en el que no sólo se dan cosas, sino que cada cual se da a sí mismo en las acciones más rutinarias y aparentemente vulgares que exige el cuidado de la vida. El modo de incidir desde esta perspectiva es silencioso, no tiene apariencia, pero sin embargo, genera los hábitos del corazón, que Tocqueville consideró como clave para comprender el secreto de la democracia estadounidense. Esta aportación de los laicos cristianos, en el interior de su propia familia, o en su mundo de relaciones, es la fuente subterránea donde se generan las mejores virtudes y valores sobre los que sustentar una sociedad en la que se pueda vivir humanamente.

En este ámbito, creo, y espero no ser desmentida por comprobaciones empíricas, los laicos cristianos estamos haciendo una gran contribución, y pienso que en la medida en que seamos más conscientes de ella, incidirá de modo más significativo. ¿Por qué no empeñarnos juntos en la creación de experiencias donde los niños, los jóvenes y los adultos que no conocen al Dios de Jesucristo, puedan acercarse a Él? Las propias familias son en este sentido lugar privilegiado. Ámbitos donde encuentren concreciones de cómo la fuerza del Evangelio transforma los criterios con que enjuiciamos los acontecimientos, la escala de valores que tenemos, los intereses por los que nos afanamos, los modos de pensar las cuestiones sociales, políticas, las que afectan a la vida y a la familia. Quizás así, podamos escuchar lo que se decía de los primeros cristianos: “mirad cómo se aman”.

En la sociedad actual, el trabajo además de una permanente fuente de frustraciones y amenazas de alienación y explotación es elemento estructurante de la identidad, de la ciudadanía responsable y de la identidad del laico cristiano. En el ámbito del trabajo productivo, vivimos un tiempo en que ese trabajo promueve una instrumentalización muy generalizada al servicio de un sistema de satisfacción de deseos en el consumo permanente. Y, como he oído decir a un profesor de Ética, “el factor ético se aproxima a la insignificancia”.

Es precisamente en el modo de vivir la actividad laboral donde los laicos tenemos la oportunidad de cargarla de su dimensión ética: un médico, que busca primariamente curar o disminuir el sufrimiento, y sólo secundariamente el dinero y el prestigio, un oficinista que sabe ver tras los papeles personas y situaciones, y no sólo números de expedientes. Y para los cristianos, hay campos de actuación donde el apostar por determinados valores es hacer patente que el trabajo es un modo de participar en la acción creadora y salvadora de Dios. La formación de los laicos, así como las revisiones de vida en todas sus variantes, contemplan estos aspectos.

Por último, la tercera forma, la acción o interacción humana entre una pluralidad de iguales que inician algo nuevo nos introduce en ámbitos culturales y políticos. Un modo es la militancia activa en partidos políticos o en organizaciones sindicales. En los dos ámbitos hay laicos que lo hacen y que reciben apoyo de sus comunidades, asociaciones o grupos cristianos de referencia. También hay organizaciones de Iglesia en la que participan laicos, religiosos y sacerdotes con incidencia significativa, Caritas o Justicia y Paz son buenos ejemplos. Otro modo, hoy importante, es el de participar activamente en la creación y actividad de entidades civiles creadas con fines culturales, empresariales, de desarrollo, comunicativos, educativos, de defensa de derechos o de la misma vida. Es cada vez más frecuente encontrarse con entidades civiles promovidas por cristianos, que actúan como sujetos activos en causas importantes. Su carácter no confesional, les abre las puertas en pie de igualdad con otras entidades similares, y son plataformas eficientes para promover cambios o denunciar determinados abusos. Y además, contribuyen a que la sensación de impotencia generalizada, compatible con fantasías de omnipotencia, deje paso a la experiencia positiva de lograr que algo se mueva en la dirección del Reino.

En nuestro momento cultural y social, necesitamos sostenernos en el convencimiento de que no son las modas ni las reformas de ingeniería social a las que nos tienen acostumbrados, las que tienen la última palabra. La semilla del Evangelio que se transforma durante la noche y emerge como espiga o como árbol donde se cobijan los pájaros, que actúa como la sal que al deshacerse da sabor y cauteriza, como la luz que posibilita ver posibilidades nuevas en la marginación y en la carencia, nos abre a horizontes nuevos. Horizontes que nos estimulan a seguir recorriendo caminos que conducen a la paz y a la justicia, a la creación de condiciones de vida más humanas para todos, al encuentro con el Dios padre de Jesús, fuente de sentido y de esperanza para todos.

(*) Camino Cañón Loyes, Presidenta del Foro de Laicos (Conferencia Episcopal Española)

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