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La voz de los pueblos en Roma -- Marco Antonio Velásquez Uribe (Chile)

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La renuncia y sucesión del papa Benedicto XVI han desencadenado una gran cobertura de información. La prensa, las redes y cualquier espacio de conversa crean oportunidad de análisis para contrastar miradas. Se actualiza el juicio histórico acerca del papado y se evalúa con rigor el servicio que la Iglesia presta a la sociedad. Entre juicios autocomplacientes y críticos se despierta un diálogo que a todos interesa. Pocas veces resulta tan evidente la catolicidad de nuestra Iglesia. Es como si el futuro del catolicismo importara universalmente, como si mucho se esperara de la Iglesia.

Entonces, ¿cómo no ver en estos días la expresión tan evidente de un poderoso signo de los tiempos, que acontece justo con el transcurso de los 50 años del Concilio Vaticano II? ¿Cómo no reconocer hoy el tiempo de Dios, que en un Kairós incuestionable va dejando al descubierto tanta incoherencia y vergüenza eclesial, mientras afuera crece el hambre y sed de Dios?

Siendo elocuentes los signos, sólo cabe honestidad para reconocer la existencia de una crisis de grandes proporciones. Rehuir la verdad con referencia a “crisis históricas peores” o que la “asistencia del Espíritu de Dios está garantizada” sólo confirman la gravedad del momento. Cuando mucho se propala el “amor a la Iglesia”, faltan gestos coherentes con tal anhelo, comenzando por quienes detentan mayor responsabilidad en la Iglesia; el papa ya ha hecho lo suyo. El mejor mentís del conformismo ha sido el reconocimiento público de la crisis, nada menos que por boca del papa Benedicto XVI.

Desde Yvest Congar a Carlo María Martini, muchos han levantado su voz para prevenir peligros. Algunos como Juan XXIII se hicieron siervos y escuchando la voz de los tiempos, se abrieron a la modernidad clamando al Espíritu de Dios para aggiornar la Iglesia. La unidad y la comunión del Cuerpo Místico era refrendada con la aprobación abrumadora de los documentos conciliares (sólo un documento alcanzó un 92% de aprobación, el resto fue aprobado con un promedio del 98,9% de los votos).

En plena guerra fría, el mundo entero vibraba con la Iglesia, siendo elocuente la imagen de obispos haciendo fila para confesarse, o el Pacto de las Catacumbas -donde un grupo de ellos renunciaba a sus privilegios para servir mejor; todos gestos coherentes con la letra del concilio. Entre muchos, un paso sideral quedaba trazado: la Iglesia se auto-comprendía como Pueblo de Dios, remitiendo a la Historia de la Salvación; un proceso inacabado que comienza cuando Dios se compadece del sufrimiento de un Pueblo oprimido y responde liberándolo, con Moisés a la cabeza.

¿Qué pasó entre aquella breve primavera y este largo invierno eclesial, que no sólo hiela los huesos, sino que enfría el Espíritu?

José Comblín dirá que pequeñas minorías conciliares unidas al poder de la curia vaticana vieron amenazados sus privilegios, mientras otros se llenaron de pánico ante la evidencia de grandes transformaciones sociales, ante la modernidad, el abandono del ministerio, la reducción de vocaciones y la menor práctica religiosa, fenómenos atribuidos erróneamente al concilio. Lo cierto es que el concilio ayudó a desencadenar la agonía de una larga y pesada cristiandad, dejando atrás quince siglos de un modelo de iglesia de tipo imperial.

Se inicia entonces con Paulo VI un paulatino restauracionismo eclesial, orientado a corregir los peligros del concilio. En 1985 Juan Pablo II convoca a un Sínodo Extraordinario, donde el cardenal Ratzinger asume protagonismo.

Los miedos a la modernidad, al cambio cultural y al comunismo inducen la vuelta atrás. Se considera peligrosa la idea de la Iglesia como Pueblo de Dios, porque remitiría a un concepto sociológico y político. Se establece a cambio el concepto de Iglesia de Comunión, referida a la teología del Cuerpo de Cristo. Si Pueblo de Dios supone relaciones de igualdad; Comunión implica además subordinación y obediencia. Asoma de nuevo la jerarcología advertida décadas antes por Congar. Es la involución del concilio.

Consecuentemente se redoblan la disciplina, el control, el cumplimiento, la obligación, la prohibición, el acuse y la censura; paralelamente va quedando una estela de marginación, soledad, rebeldía, desconfianza y miedo. Se magnifican la función sacerdotal y real de Jesucristo, quedando atrofiada la dimensión profética, mientras la garra escatológica se extingue. El Cuerpo Místico queda herido y dividido. La Ley y el sábado han vencido al hombre. Paralelamente, el escándalo evangélico sucumbe ante el escándalo de la vergüenza.

Las desconfianzas y controles obligan a multiplicar estructuras, el gobierno de la Iglesia se complejiza al extremo, mientras el centralismo debilita a las Iglesias locales. Hay que fortalecer la curia y el servicio diplomático de la Santa Sede. Surge entonces otro peligro: el sostenimiento de tal andamiaje eclesial expone a la tentación de depender de sombríos poderes políticos y económicos.

Mientras tanto, el papa debe guiar o gobernar, ambas funciones parecen incompatibles, ya no es cuestión de edad ni de salud, es cuestión de humanidad.

La Iglesia Católica con 1.200 millones de creyentes, ya no tan fieles, se convierte junto con China en el mayor estado del mundo. La Iglesia -con más de 400 mil sacerdotes, casi 5 mil obispos, unos 100 mil religiosos y religiosas, 35 mil diáconos y más de 110 mil seminaristas- enfrenta una complejidad de gobierno distinta a la de cualquier otro estado. Son 1.200 millones de conciencias que ya no se pueden gobernar humanamente, no por falta de estrategias y modelos de gobierno, tal vez porque Dios así lo quiera, porque sólo así, en la capilaridad de la dispersión humana Él se las arregla para soplar en la conciencia de cada uno de sus hijos la tarea específica que confía personalmente, invitando a trabajar en Su Viña a ese gigante dormido del laicado; porque sólo así, Él se asegura que “a nadie le falte Dios”.

Visto así, parece pretencioso que un grupo selecto de 115 hombres presuman con echarse en la conciencia la responsabilidad del futuro de la Iglesia, sin escuchar la voz del Pueblo de Dios. Hoy, como ayer, hay que escuchar la voz de los pueblos, tanto del Pueblo de Dios como de todos los pueblos, inclusive de aquellos con los que el pueblo católico está llamado a hacer historia y convertirse verdaderamente en sacramento universal de salvación, en anticipo del Reino presente en el mundo. Pero, ¿podrá llegar la voz del Pueblo y cruzar las paredes de la Capilla Sixtina si los electores están encerrados con-clave?

Más factible parece que habiendo sido elegido alguno, ese hombre, sólo con su conciencia, frente a Dios, se llene de ese Santo Temor, de manera que haciéndose humilde escuche la voz del Pueblo, del sensus fidelis.

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