La violencia de género no espera -- Evaristo Villar

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Diálogo en la Plaza Mayor de Salamanca
En una fría tarde de finales de abril, vísperas del “día de la Madre”, cuatro personas conversan bajo uno de los soportales de la Plaza Mayor de Salamanca. El sol se filtra entre las nubes y se refleja en las piedras doradas de los edificios que embellecen la ciudad.

Clara (periodista feminista): (Mira fijo, golpea la mesa con el índice. Cada palabra cae como un martillo.) “Escuchad: 17 mujeres asesinadas en 2026. Tres criaturas muertas por violencia vicaria. Una niña de tres años ahorcada por su propio padre para castigar a la madre. Y, aun así, un 23% de los jóvenes varones dice que esto es un invento. Un invento. En 2024: 34.000 víctimas registradas, 39.000 condenados. No son cifras: son vidas segadas, historias trituradas, familias quebradas. El negacionismo no es ignorancia: es coartada. Y cada vez que se repite, legitima la violencia.”

Mateo (filósofo): (Juega distraído con una pluma mientras piensa en voz alta, con la mirada perdida en ese “cuadrilátero irregular” de la plaza, “asombrosamente armónico”, como la vio Unamuno.) “No es un error individual, Clara. Es el sistema. Es la lógica del poder que naturaliza la dominación. Pierre Bourdieu habló de la ‘violencia simbólica’: la que no golpea el cuerpo, pero coloniza la mente.

Y Simone de Beauvoir lo dijo con precisión quirúrgica: ‘No se nace mujer, se llega a serlo’. Ese ‘llegar’ ha sido, durante siglos, una pedagogía de la subordinación, una forma de violencia como gesto de poder que se resiste a desaparecer. El negacionismo es el último refugio de ese poder herido. No son casos aislados: es estructura, cultura, lenguaje. Y mientras no lo nombremos así, seguirá reproduciéndose con impunidad.”

Javier (político en activo): (Golpea nerviosamente la mesa con el puño cerrado, enfatizando un punto clave.) “Y desde la política, demasiadas veces, jugamos insensiblemente con este drama. Se usa el dolor como arma electoral, se ignora olímpicamente el miedo y la angustia de las mujeres. Tenemos un Pacto de Estado, renovado en 2025, con 462 medidas y 1.500 millones. Pero de nada sirve si en Madrid y otras autonomías se cierran recursos y se retiran fondos por ideología.

La lucha contra la violencia machista no puede ser moneda de cambio electoral. Mientras unos recortan recursos y otros miran hacia otro lado, las mujeres siguen muriendo. Eso no puede ser la política: es desprecio, insensibilidad y dureza de corazón. Necesitamos blindar ese pacto por ley, hacerlo intocable.

Y exigir responsabilidades a quien lo desmantele, sea del color que sea. A los negacionistas con escaño, declararlos persona non grata: fuera de los espacios donde se decide la protección de las víctimas. No es ideología: es honestidad, justicia, decencia humana.”

Rocío (teóloga): (Se levanta despacio. La voz firme, sin estridencias, pero sin concesiones.) “Y no desviemos el foco: esto no es solo un fallo de instituciones concretas. Es un fracaso colectivo, un crimen. La Iglesia también forma parte de esta sociedad que fracasa y, como tal, comparte responsabilidad con la escuela, la familia, los medios o la política. Durante demasiado tiempo se han transmitido modelos de sumisión, de silencio, de aguante. Y eso no es patrimonio exclusivo de ninguna institución: es una cultura entera que ha normalizado la desigualdad.

Ahora bien, desde el Evangelio también hay que decirlo claro: el mensaje original no legitima la violencia, la desarma. Apuesta por la igualdad. Jesús no condena, libera. Y si la Iglesia, en diferentes ocasiones, ha servido para perpetuar la violencia y el abuso, hoy debe rectificar sin excusas.

Toca asumir la propia responsabilidad y actuar en consecuencia. Muchas comunidades y movimientos cristianos, como La Revuelta de Mujeres en la Iglesia, ya lo están haciendo. Su denuncia radical del patriarcado en la Iglesia y su plantón contra el feminicidio no les impide acoger con ternura a todas las víctimas. Como dijo el papa Francisco: ‘La violencia contra la mujer es una profanación de Dios que nace de mujer’.”

Clara: (Asiente y coge la mano de Rocío en un gesto de alianza.)
“Ahí está el punto: responsabilidad compartida. Porque el contexto internacional no espera. El Convenio de Estambul de 2011 marca el camino y aquí seguimos a medio gas. En Francia o Alemania, la educación afectivo-sexual es obligatoria; aquí, media juventud no la recibe. Luego nos sorprendemos del machismo que crece. El negacionismo campa a sus anchas en las redes. Las denuncias falsas, según los jueces, no llegan al 0,1%. Ese bulo es gasolina para el odio y olvido para las víctimas.

Tenemos que contrarrestarlo con campañas virales de verdad y con leyes que persigan los discursos de odio. Cuando una mujer es violentada o sádicamente sacrificada, todas y todos somos humillados y vencidos. No podemos mirar hacia otro lado. Como decía Albert Camus: ‘La injusticia en cualquier parte es una amenaza en todas’. Se acabó la ambigüedad.”

El silencio cae como una losa. La plaza sigue viva, pero en la mesa todo pesa. Clara mira la piedra; Mateo deja la pluma; Javier se lleva las manos a la sien; Rocío cierra los ojos. No es una pausa vacía: es conciencia.
Entonces, en voz baja, regresan.

Javier: (Suspira, levanta la cabeza.) “¿Qué hacer, entonces? Unidad. Sin fisuras. Y perseguir al negacionista con datos, no con insultos. Sabemos que el mito de las denuncias falsas es eso: un mito. Pero el ruido mediático lo sobredimensiona. Hay que combatirlo con decisión y pensamiento crítico.”
Mateo: (Recoge la pluma y la guarda en el bolsillo.) “Y educar radicalmente desde la raíz. Desde la familia y la guardería hasta la universidad. Enseñar a reconocer la desigualdad, a desmontar la dominación, a nombrar el respeto.

La violencia nace del miedo a perder privilegios. No podemos permitir que un solo niño crezca creyendo que la pornografía es normal o que controlar a tu pareja es amar. Como dijo Mahatma Gandhi: ‘La violencia es el miedo a los ideales de los demás’. Aquí hay miedo a la igualdad. Si no cambiamos la cultura, no cambia nada.”

Rocío: (Abre los ojos, suelta la mano de Clara y sonríe con tristeza.)
“Y reconstruir el sentido del otro, de la otra. Ni posesión ni control. Amar es reconocer la dignidad de la mujer, no someterla. Eso nos interpela a todas las personas e instituciones: religiosas, civiles, educativas. Nadie queda fuera. O asumimos esta responsabilidad común o seguiremos asistiendo al humillante y bárbaro sacrificio de la mujer por la fuerza del machismo.”
Clara: (Se endereza en la silla, aprieta los labios.) “Y denunciar sin tregua.

Romper el silencio. No dejar pasar ni un comentario machista, ni una broma humillante, ni un discurso de odio, ni una sumisión patriarcal. La democracia no se defiende en abstracto: se defiende en la vida concreta de cada mujer. Sabemos bastante de lo que hay que hacer. Lo que falta es hacerlo sin excusas, sin pausas, sin miedo. De forma coherente y constante. Es una tarea generacional, pero también una exigencia moral.”

El sol se esconde tras las torres de la Clerecía. La plaza sigue respirando. En uno de los soportales queda algo encendido: una conciencia que ya no admite dilaciones. La pregunta ha cambiado. Ya no es “qué hacer”, sino “por qué seguimos esperando”. Y la respuesta, incómoda y urgente, es una sola: ahora.