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La vergüenza de las tertulias de televisión -- Álvaro Ruiz de Vergara

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Pienso seriamente que si, en general, las universidades españolas están en débito con toda la población civil, con sus proyectos, con la solución de sus necesidades y problemas, con el déficit de creatividad que toda ciudadanía requiere para no estancarse, sino para ir hacia adelante, las facultades de Información y Periodismo, en concreto, no es que tengan un débito, sino una deuda que no hace sino crecer hasta convertirse en una bola de imposible manejo. Un ciudadano medio se debe de preguntar si es que regalan, o venden, o rifan, los títulos de periodistas. Eso un ciudadano medio. Si es otro un poco mejor amueblado en cultura, escritura o simplemente gramática, quedará, además de consternado, enrabietado.

Me refiero más a los así autollamados periodistas que pueblan y ocupan a gritos y empujones verbales los platós televisivos. Generalmente, las tertulias radiofónicas, por lo menos las únicas que conozco en RN, son, periodísticamente, más, aceptables, sin ser una maravilla. Critico a los tertulianos televisivos, sobre todos, por la incompetencia en varios frentes:

La puramente gramatical. Si existiera la praxis de que a los tres gazapos gordos, por contrato, el tertuliano perdía el puesto, el asunto estoy seguro que se podría arregla. Expresiones clara e inequívocamente erróneas como “el más mayor”, (no hace falta ser un doctor en gramática para saber que la palabra mayor ya tiene involucrada en su seno la partícula más; basta con decir “l mayor”, no valiendo la excusa de que la mayoría de los parlantes españoles, sobre todo en Madrid, han convertido un adjetivo comparativo en un sustantivo, “los más mayores=viejos, como sinónimos. Pero un periodista, o comunicador, debe de ser un profesional del bien hablar). O las expresiones de comentaristas de fútbol como “en este área, por en esta área, extendiendo el obstáculo de la cacofonía del artículo “el”, a todos los artículos determinados esta, esa, que no tienen la a final con acento fónico. Pero dudo de que los tertulianos a los que me refiero entiendan, simplemente, el léxico que estoy empleando. (Y hay muchas más expresiones que no voy a poner en retahíla para no cansar).

La sintáctica. En este terreno, el desbarajuste es caótico, grandioso y esperpéntico. Da la impresión de que temas como concordancias, régimen de jerarquía entre oraciones compuestas, principales y subordinadas, con sus reglas de dependencia y de jerarquía, ni siquiera las han visto, ni en clase de gramática, ni en las aulas de periodismo. El atraco a la lógica y claridad meridiana del español-castellano es inaudito, y, pienso, académicamente criminal. ¿Por qué la gente habla cada vez peor nuestra lengua? Porque cuando la oye a “nuestros profesionales”, -me da un poco de vergüenza usar esta expresión-, la escucha masacrada, decapitada y enredada. Cuando no cabe duda de que el español-castellano es una de las lenguas más diáfanas y cristalinas del mundo mundial.

La informática de comunicación. Demasiadas veces no tratan de auténticas informaciones, sino de rumores, o de hallazgos menores, como si fulano y mengana ha salido de casa con tal perfume, o se ha dado un revolcón con mengano o fulana. Encima, enfatizan con grandes caracteres superpuestos en la pantalla, con palabras como ¡¡¡ESCLUSIVA!!!, lo que no es sino una insignificancia, Y, además, con frecuencia, noticias prendidas por tenues hilos.

La vergüenza de las tertulias de televisión (II)

4º) La endeblez del modo de opinar. En nuestro país, en general, a todos nos gusta opinar de todo. Pero una cosa es el círculo amigo de compañeros y asiduos en la barra del bar, y otra, muy diferente, las opiniones expresadas ante cientos de miles de televidente, o incluso millones. Se echa en falta, en nuestros tertulianos, varias cosas importantes:

a) En primer lugar, conocimiento suficiente: no hace falta que sea el máximo, pero suficiente, del tema a opinar. Hay tertulianos, que son, por desgracia los más, que son capaces de hablar apodícticamente, hasta de matemática cuántica.

b) En segundo lugar, mesura y equilibrio: las opiniones expresadas en el grito, en la exageración, en la desmesura, deberían ser eliminadas ipso facto en la apreciación del espectador. Pero los que idean los programas de televisión, también las tertulias, conocen perfectamente el insignificante, o a veces nulo, mecanismo de análisis y exigencia crítica de los componentes de la audiencia de cada programa. Me parece infame, y desleal, contar con esa falta de rigor de los televidentes, pero así funciona ese medio. El que opina debe de demostrar que quiere tener en cuenta todos los detalles de las diferentes posibilidades de opinión sobre todo en asuntos en los que puedan salir malparadas las personas. Pero es en estos casos cuando la exageración y la falta de rigor se hacen más ostentosas.

5º) La absoluta parcialidad en las opiniones. Esta es una afirmación especialmente delicada, si bien me atrevo a decir que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, se cumple. Cuando se propone el asunto a debatir, y vemos la composición de la mesa de tertulianos, si hay seis, nos equivocaremos como mucho en uno en nuestras previsiones de dirección y contenido de la opinión de cada uno. Si son ocho, el mayor desvío serán dos. Es sorprendente que los tertulianos, que se repiten inmisericordemente en las radios y televisiones, tengan siempre las opiniones favorables, o desfavorables, en los mismos temas, o personas, o partidos, o situaciones. Tanta parcialidad les debería llenar de vergüenza. Pero dan la impresión de que les pagan bien, (yo dirá que demasiado bien, para la calidad de sus aportaciones), manteniendo su papel y la firmeza de sus opiniones.

6º) La dureza con los contrarios, -en política o en ideología-, y la benevolencia con los afines. A los que piensen que estoy exagerando los invito a que ojeen u poco, -¡tampoco se me pasen, que se me pueden contaminar!-, algunas de las tertulias, no importa en qué cadenas. Antes excluiría la TVE, la primera, pero cada vez menos lo puedo hacer, con la colección de convencidos por la causa que han ido apareciendo. Y que presten atención a los que dicen sobre el asunto del que escribí anteayer: sobre el control de las rede sociales. Y la diferencia del rigor exigido dependiendo de la línea por la que caminen esas redes.

(Y aprovecho para alertar a los televidentes de una tertulia especialmente nociva, yo diría que corrosiva. Que, para más inri y vergüenza, se produce en una cadena televisiva, propiedad mayoritaria de la CEF, (Conferencia Episcopal Española): se trata de la denominada “El cascabel al gato”, y la última visita que le cursé significó para mí un una tonelada de estiércol sobre mi cabeza. Ni sé si los obispos conocen el estilo, el tenor, y la insoportable suciedad del programa. Si lo conocen, no me alcanza mi rigor intelectual para entender semejante dejación de sus responsabilidades pastorales).

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