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La trampa de nuestra democracia -- Pope Godoy

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Diario de Cádiz

POR las redes sociales circulan diversos documentos donde se habla de «las mentiras del Partido Popular». La actual crispación y ese sordo cabreo que recorre gran parte de la sociedad pueden impedir acercarnos al problema con cierta objetividad. La primera pregunta es obvia: ¿De verdad ha mentido el PP?

Está claro que existe una contradicción entre el programa electoral con que el PP se presentó a las elecciones y muchas de las decisiones políticas que ha ido tomando. Pero esta contradicción no es suficiente. Según nuestro diccionario de la lengua, mentir es «decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa». Ahora bien, ¿tenía diseñado el PP realizar lo que de hecho está realizando o se ha visto obligado por las circunstancias y las diferentes presiones políticas y económicas?

No estoy en condiciones de responder a esta pregunta. Pero vamos a barajar las dos hipótesis. Puede ocurrir que el PP tuviera perfectamente diseñado el programa de gobierno que está llevando a cabo. Como el diseño es duro y afecta a importantes sectores sociales desde el punto de vista numérico, la directiva del PP se lo pensó dos veces y decidió ocultar el verdadero programa electoral, ya que hubiera significado un serio riesgo de perder las elecciones.

Con la actual euforia de la mayoría parlamentaria, se facilita la dinámica persuasiva y se tiene la confianza en que la gente irá encajando la realidad tal como el gobierno se la hace ver, por más dura que le resulte. Se trataría, en este caso, de una táctica de tipo facistoide que puede formularse así: «Los jefes no se equivocan; ¡fiaos de nosotros!».

Todo esto parece un poco brutal. Pero no es raro oír que los programas electorales se hacen para ganar las elecciones pero no para gobernar. Estaríamos aquí ante una primera y monumental perversión de la política, donde se utilizaría el engaño y la mentira de forma consciente y programada para conseguir el poder político.

Quedaría también muy claro que «el bien común» o «el interés general», que son los nobles e irrenunciables objetivos de la verdadera política, yacen definitivamente sepultados bajo el descarado cinismo de la palabrería propagandista, con el oscuro objetivo del beneficio partidista y hasta exclusivamente personal.

Vamos a la segunda hipótesis. El PP creía a pies juntillas en el programa con el que se presentó a las elecciones, pero la cruda realidad posterior le ha obligado a cambiar de diseño y de «programa». En este caso, desde luego, no ha mentido. Sencillamente ha cambiado de programa, obligado por las circunstancias. Es de sobra conocido el refrán de que «rectificar es de sabios».

Acepto esta segunda hipótesis como posible. Pero, en este caso, se me plantea un problema de más hondo calado. Por coherencia política con el electorado, el Gobierno del PP debería convocar un referéndum vinculante (puede hacerlo como compromiso de gobierno) para que el electorado apruebe o rechace un cambio tan desmedido en el programa electoral con el que se presentó a las elecciones.

Aquí sí que se acumulan en tromba todos los interrogantes de nuestra democracia. Porque, vamos a ver: es el propio Gobierno el único que tiene facultad para convocar el referéndum. Es decir, jurídicamente es juez y parte en el asunto… Esto no puede funcionar. Porque la pregunta es obvia: ¿qué Gobierno convoca un referéndum con el serio riesgo de perderlo? Aquí ya no se plantea si ese posible referéndum sería conveniente para la sociedad y suena a cuento chino lo de que el bien de la sociedad prevalece sobre el interés del propio partido.

Estoy diciendo chorradas. Todos los partidos dan por incuestionable que lo que es bueno para «su» partido es bueno para la sociedad. Y la reacción en cadena: cada dirigente de partido da por sentado que lo que es bueno para él es bueno para el partido. Y así, los intereses individuales terminan por sobreponerse a los intereses del partido y los intereses del partido pasan por encima del interés general de la sociedad.

Lo digo con claridad. Asistimos a la perversión intrínseca de la democracia en su situación actual. Esta perversión no invalida la enorme generosidad y el altruismo de tantas personas, militantes y simpatizantes de partidos que desarrollan una dedicación, un entusiasmo y una tenacidad que emociona y fascina. ¡Sin duda!

Por desgracia, toda esa generosidad queda sepultada e invalidada por la percepción global en un gran sector de la ciudadanía. Lo oímos con frecuencia: «¡Todos mienten!».

Estoy convencido de que hay que buscar caminos nuevos para una democracia que merezca este nombre. Un gran reto en época de crisis.

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