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La tragedia del hambre crónica -- Carlos Ayala Ramírez, director de YSUCA

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Una de las consecuencias del empobrecimiento de personas y pueblos, es el hambre, el hambre crónica. Ahora mismo, millones de hombres y mujeres, niños y niñas, no comen lo suficiente para tener la energía necesaria que les permita desarrollar una vida activa.

Su subnutrición les dificulta el estudio, el trabajo o la práctica de cualquier actividad que requiera esfuerzo físico. Pero no sólo eso, el hambre constante debilita el sistema inmunológico haciéndolos más vulnerables a enfermedades e infecciones.

Según el más reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el número de personas subnutridas que hay en el mundo, un total de 925 millones, sigue siendo inaceptablemente elevado no obstante su reducción con respeto al año 2009.

Las nuevas cifras de la FAO, indican que la población con hambre se ha reducido para este año de 1023 millones a 925 millones. Se considera que la reducción deriva principalmente del control de la crisis económica y del descenso de los precios alimentarios. Hay que recordar que en el Informe del año pasado el aumento de hambrientos más significativo se había registrado en los países desarrollados donde se originaba la crisis económica.

Pero en todo caso, la misma institución reconoce que la nueva cifra debe ser considerada una de las mayores tragedias del mundo. Y es que, para citar un ejemplo, es ciertamente escandaloso que en América Latina y el Caribe hayan más de 52 millones de personas subnutridas. Como escandaloso es también que en nuestro país haya al menos 600 mil personas en esa condición según cifras de este organismo mundial.

La tragedia de los 925 millones de personas que sufren hambre crónica en el mundo, llevó al Director General de la FAO, Jacques Diouf, ha lanzar una campaña destinada a incitar a los líderes mundiales para que actúen con urgencia y firmeza y poner fin a este flagelo. Más de medio millón de personas han firmado ya una petición en Internet que pide a los políticos situar la reducción del hambre como su principal prioridad.

Ahora bien, ¿cómo se puede reducir el hambre? No hemos de esperar una acción mágica ni el engañoso “rebalse” del que se hablaba en tiempos del auge neoliberal, ni tampoco un “milagro” con independencia de la acción humana. La FAO habla de una estrategia de doble vía que aborde tanto las causas estructurales como las consecuencias del problema.

La primera vía incluye intervenciones para mejorar la disponibilidad de alimentos y los ingresos de la población pobre, aumentando sus actividades productivas; la segunda se centra en programas específicos que proporcionen a las familias más necesitadas acceso directo e inmediato a los alimentos a través de la ampliación de redes de de protección social y los programas de asistencia.

Cuando efectivamente se tomen al menos esas medidas y se logre establecer una seguridad alimentaria para todos, quizás podamos pronunciar con alguna propiedad aquella bienaventuranza de Jesús de Nazaret en la versión de Lucas: “Felices los que ahora pasan hambre, porque serán saciados”. Esto implica no sólo situar la reducción del hambre como principal prioridad, sino también buscar la satisfacción universal de las necesidades básicas como principio del desarrollo humano.

De los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio acordados por la ONU en el año 2000, el primero planteaba el compromiso de reducir a la mitad el porcentaje de personas hambrientas desde el 20 al 10 por ciento en 2015. Sin embargo, a cinco años de finalizar el plazo, ese porcentaje se sitúa actualmente en el 16 por ciento.

Previamente, en 1996, una Cumbre Mundial sobre la Alimentación había fijado por vez primera la meta cuantitativa de reducir a la mitad la cifra de personas hambrientas desde aproximadamente los 800 millones que existían en 1990-92 a cerca 400 millones para 2015. Conocidas las nuevas cifras difundidas por la FAO, esa meta parece inalcanzable en el plazo señalado.

Si los poderes predominantes de la economía y la política mantienen los dinamismos de la concentración de la riqueza y de la exclusión social, no sólo no se alcanzará esa meta, sino que la reducción experimentada este año – la primera en 15 años – será insostenible y pudiera volverse a los más de mil millones de hambrientos que teníamos en 2009.

Si esto ocurre, tendríamos que pronunciar con la fuerza que produce la indignación, aquella malaventuranza expresada también por Jesús de Nazaret (según el Evangelio de Lucas): “¡Ay de ustedes, los que ahora están saciados!, porque pasarán hambre”. Una clara amonestación a los promotores y sustentadores de una sociedad injusta, a los pocos que se hartan y consumen sin límite, ignorando a la multitud de hambrientos: 239 millones de África subsahariana, 578 millones de Asia y el Pacífico, 53 millones de América Latina y el Caribe, 37 millones del Cercano Oriente y África del Norte.

Ignorando incluso a los propios hambrientos de los países desarrollados, 19 millones, según el Informe. Tragedia y escándalo del llamado “mundo globalizado”, que en virtud de estos datos ciertamente lo es: ha globalizado el hambre.

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