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La sociedad crispada -- José María Castillo, teólogo

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josemariacastillo

Todos estamos viviendo, en nuestras propias carnes, el malestar, la tensión, las preocupaciones y angustias, la inseguridad y, sobre todo, las carencias y estrecheces que se nos han venido encima por causa de la crisis económica y de la incapacidad de los políticos para sacarnos de esta angustia en que nos vemos metidos. Además, todo esto se agrava en una sociedad como la nuestra, marcada por una larga tradición cainita.

La tradición de las «dos españas», la conservadora y la progresista, la de derechas y la de izquierdas, la religiosa y la laicista, etc. El hecho es que este conjunto de factores objetivos y de sentimientos personales nos han abocado a una estado de crispación interna y social, que, algunos días se nos hace sencillamente insoportable.

No soy tan estúpido como para pensar que esto se arregla con recetas de moralina, recomendando a unos que se aguanten, a otros que sean menos egoístas, a los más desgraciados que lleven las cosas con resignación y paciencia… Y así sucesivamente. Tener una conciencia ética y una integridad moral intachables es determinante. Pero el problema está en saber cómo se alcanza eso.
¿Qué hacer, entonces? Volviendo a los recuerdos y relatos de la vida, me acuerdo muchas veces de lo que, estado en El Salvador, me contó un sacerdote que fue muy amigo de Monseñor Romero.

A Romero lo asesinaron el lunes 24 de marzo de 1980. El día anterior, en la homilía del domingo en la catedral, Romero les dijo a los militares que «Dios prohíbe matar». Y por tanto, con tanta libertad como audacia, el arzobispo sentenció: «En nombre de Dios, les digo, les ordeno: ¡cese la represión!».
Al decir estas palabras, Mons. Romero firmó su propia sentencia de muerte. Y él lo sabía muy bien. Esto ocurría por la mañana en la catedral de San Salvador.

Aquella tarde, el sacerdote que me contó lo que sigue, me dijo que fue a visitar al arzobispo. Romero vivía en una habitación pequeña del hospitalito que había para enfermos cancerosos. Y aquella tarde, Romero estaba literalmente hundido. «Tengo miedo, mucho miedo», le dijo al sacerdote. «Me van a matar. Y yo no quiero morir. Le tengo apego a la vida. Y lo peor de todo es que intento rezar, pero no siento a Dios». Con estos sentimientos, Mons. Romero pasó la última noche de su vida. Al día siguiente, cuando estaba diciendo misa en la capilla del hospital, un tirador profesional, desde la puerta de la capilla, le apuntó al corazón y allí lo dejó sin vida, sobre el altar.

Romero había sido un sacerdote y un obispo de mentalidad conservadora. Pero le pasaba lo que le pasó a Jesús: no soportaba ver a la gente sufrir. Y por eso, ante el sufrimiento de los demás, no se cruzaba de brazos, ni se callaba. Eso le costó la vida. ¿Arregló el mundo? No. Pero dejó muy claro que la intolerancia ante el dolor ajeno, ante el desamparo de los que sufren, cuando eso va acompañado de libertad y audacia, eso cambia el giro de la historia. Yo no veo, en este momento, otro camino de solución.

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