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La sociedad como zoológico -- Jaime Richart

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Es posible que a la hora de hacer estos juicios de valor,mi edad sea determinante. Pero no cambiarán mucho las cosas por el hecho de subestimarla. La refutación sólo habrá de venir por argumentos en línea con lo enseñado y aprendido bajo la enseñanza básica y superior en sumisión, en línea con la metodología del aprendizaje. Al final, la autonomía de la voluntad personal decidirá. Pero si se refuta será por la principia petitio, petición de principio, es decir, dar por demostrado en las premisas del silogismo precisamente lo que se pretende probar.

Una clásica petición de principio de primaria era: para ser verdadera una Iglesia, ha de ser universal. Es así que la Iglesia católica es universal, luego es verdadera. En el presente caso la afirmación de que la sociedad es un zoológico, como decía, no puede refutarse salvo a través del prejuicio de la enseñanza y la metodología. Porque siendo como es el ser humano un animal racional, no debiera haber reparos en poner todo el énfasis en su naturaleza animal, considerando la racional esclava de ella.

Permítaseme a este propósito de la falacia petición de principio, la siguiente digresión sobre algo que ha estado en boga durante dos años en las esferas del periodismo y de la comunicación españoles sobre la vicisitud sanitaria del siglo: la pandemia. Las noticias sobre los sucesivos efectos del virus y sus remedios, los sueros, se han basado en dos locuciones que han de haber revuelto el estómago del orbe científico, y de ser repulsiva para toda persona despierta. Una es “evidencia científica”. La otra es “comunidad científica”.

Dos estribillos que a todas luces pretenden anestesiar al oyente, pese a que su único fundamento estriba en la credibilidad que le preste quien los escucha, al medio y al periodista que difunden la noticia, Pues la “evidencia científica” se pondera sólo en el laboratorio, pero no se proclama como un descubrimiento dogmático o un remedio repentino solo para tranquilizar al personal. Y la “comunidad científica” es un ente sin sede, está repartida por todo el planeta y es demasiado amplia como para que toda ella esté de acuerdo en todo respecto a un repentino avatar que ha superado al zoo, sea natural o intencionado.

El ser humano, según las categorías aristotélicas y el sentido común, es más que el animal. De acuerdo. Pero cada día que pasa, a medida que voy acercándome poco a poco al fin de mi propia vida voy también cambiandomi óptica y regulo la lente de observación para examinar cada vez a más distancia cuanto sucede en la sociedad, en el zoo. De modo que mi visióndel ser humano en particular y de la sociedad humana, el zoo, se va haciendo cada vez más borrosa en detalles a los que no presto atención porque no ofrecen novedad al ser siempre invariables. Ilumino exclusivamente los relieves. Y entonces advierto cada vez en ambos, más rasgos de irracionalidad que de racionalidad. Si bien la presumo en individuos aislados que han contribuido a mejorar nuestra vida, absolutamente desconocidos.

Que todo me parezca previsible, que preste cada vez más atención a que la historia es cíclica, que todo se repite en cuanto al hecho principal y la mayoría de las circunstancias que lo rodean no es tanto debido a mi erudición, que también, como a a mi carácter y a la experiencia. Pues, sin pertenecer a la naturaleza del augurio ni tampoco de la adivinanza, resulta fácil prever el futuro, lo que va a ocurrir a partir de una noticia de alcance, con un margen de error relativamente estrecho. En la mayoría de los casos, es tan fácil como saber el número que debe ocupar el espacio en blanco de una secuencia numérica para párvulos. Es más, las excepciones en el mundo animal son muchos más frecuentes que en la sociedad humana. La sociedad humana se reitera hasta la saciedad.

Por ejemplo, aun necesaria, la política es una simple competición miserable de engaños. Y en algunas sociedades, como la española, los políticos ni siquiera la amenizan con ironía o con humor en las sesiones parlamentarias. Y la astucia, que es un artificio para engañar o para evitar el engaño, propio de la política, es entre los españoles demasiado burda o tosca como para que, al menos la ciudadanía despierta no descubra enseguida la maniobra.No se da la sorpresa. Es inaudita.

Y dentro ya de la racionalidad y de la previsibilidad es preciso destacar que es imposible cambiar la realidad ideológica, jurí­dica o política, pues el capitalismo reproduce métodos de produc­ción que vician la ideología. La patronal se opone al sala­rio básico anunciado, y pese a ello el Congreso intenta una ley. Consiguiendo su promulgación se altera la realidad política y jurídica, pero sin la voluntad de cumplirla no se produce ningún efecto. El sistema sancionador no es la solución.
El nivel de una democracia se calcula por el hecho de que toda la ciudadanía esté relativamente insatisfecha. En España media sociedad está absolutamente insatisfecha, mientras la otra mitad rebosa de satisfacción. Pésima señal. Entre los que están satisfe­chos son estos de la patronal y en general quienes pagan salarios miserables. Por eso no sólo no ayudan, es que son un lastre que merecen los peores deseos.

Y es que las infraestructuras, a las que pertenece el mundo labo­ral, influyen sobre las superestructuras cuyos principales actores son los gobiernos. Es decir, dependiendo de cómo se organice la sociedad para producir los bienes que necesita para vivir, así se construye su marco jurídico, político e ideológico. Pero no es posible desde la política en el capitalismo modificar los princi­pios reguladores. Es preciso modificar la mentalidad de los agen­tes de las infraestructuras para que los de la superestructura puedan regular a la sociedad. En España apenas pueden hacer algo los agentes de la superestructura para cambiar, no ya las relaciones de producción sino, lo que es más grave, la mentali­dad que respecto a Europa es asquerosamente obsoleta, y la animali­dad social y políticamente hablando sigue superando con creces a la racionalidad…

13 Febrero 2022

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