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La significativa autoridad del papa -- José María Castillo, teólogo

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Hay gentes para quienes es más grave cuestionar al Papa que cuestionar el Evangelio. Me refiero a las personas que se ponen nerviosas y hasta se irritan, si se pone en duda o se critica una afirmación del Papa, mientras que curiosamente no tienen la misma reacción si se dice que tal frase o tal pasaje del Evangelio no dice lo que siempre se ha dicho que dice.

Es más, en las costumbres y tradiciones de la Iglesia se han introducido palabras, usos y costumbres que están literalmente contra el Evangelio. Pero no por eso se ponen nerviosos los que llegan a insultar a quien dice algo contra el Papa. ¿Por qué ocurre esto? Una pregunta seria, muy seria. Porque, en el fondo, si esto es así (y vemos que lo es), esta situación nos viene a decir que las cosas se han puesto de tal manera, en la Iglesia, que el papado ha asumido una importancia que ya no se le concede al Evangelio.

La cosa no es de ahora. Viene de lejos. Para no remontarnos a tiempos demasiado lejanos, vamos a tomar, como punto de partida, lo que sucedió con motivo de la Ilustración y la Revolución. El orden antiguo había sido radicalmente trastornado por el filosofismo del s. XVIII, por la Revolución francesa y por Napoleón. Se hacía necesaria y urgente una restauración del orden perdido.

Y para eso, nada más eficaz que las ideas del catolicismo más tradicional. Resulta programático, en este sentido, lo que dijo F. Lamennais: «¿De qué se trata? De reconstruir la sociedad política con la ayuda de la sociedad religiosa, que consiste en la unión de los espíritus por medio de la obediencia al mismo poder». Los hombres de Iglesia del s. XIX estaban persuadidos de que todos los trastornos socio-políticos, que había acarreado el s. XVIII, tenían un fundamento religioso.

Y ese fundamento no era otro que la Reforma del s. XVI. Este planteamiento había sido formulado desde 1791 por Burke y más tarde por Novalis, Fr. Schlegel, Görres, Baader y Möhler. La Revolución francesa, pensaban estos autores, no hizo sino aplicar, en el dominio político, el principio del libre examen que habían propugnado los Reformadores al rechazar la autoridad de la Iglesia (Y. Congar).

Esta manera de ver las cosas llevaba consigo una consecuencia: puesto que la Revolución no había hecho nada más que traducir al dominio de lo temporal un error dogmático, por eso la Revolución era considerada como una herejía. De ahí la necesidad de oponerse al desorden revolucionario mediante un principio capital: la soberanía y la infalibilidad del Papa. Un autor decisivo del s. XIX, Joseph De Maistre lo dijo de forma terminante.

«No hay moral pública ni carácter nacional sin religión, no hay religión europea sin cristianismo, no hay cristianismo sin catolicismo, no hay catolicismo sin papa, no hay papa sin la supremacía que le corresponde». Y de forma más tajante, el mismo De Maistre escribió en su famoso libro Du Pape: «Sin Soberano Pontífice no hay cristianismo». Más aún, en una frase lapidaria, De Maistre llega a afirmar: «No puede haber sociedad humana sin gobierno, ni gobierno sin soberanía, ni soberanía sin infalibilidad». Es exactamente la misma tesis que se encuentra en Lamennais: «Sin papa, no hay Iglesia; sin Iglesia, no hay cristianismo; sin cristianismo, no hay sociedad: de suerte que la vida de las naciones europeas tiene su fuente, su única fuente, en el poder pontificio».

A veces, pienso que todo esto tiene mucha más actualidad de lo que imaginamos. También ahora, en tiempos de cambios y de inseguridad, hay gente que necesita una tabla de salvación que les dé la paz y la seguridad de la que carecen. Y se agarran, como los católicos fervientes del s. XIX, a la autoridad que más sosiego les produce. Y esa autoridad no es otra que la del Papa.

A fin de cuentas, sigue siendo cierto lo que, con magistral agudeza y profundidad, dijo Fedor Dostoyevsky en la leyenda de El Gran Inquisidor, de Los Hermanos Karamazov (V, 5): «Te lo repito: no hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad». Y así es. Lo que más terror nos produce (sin darnos cuenta de ello) es la idea de tener que cargar con el peso insoportable de la libertad.

Mucha gente ha depositado esa libertad en la autoridad que más seguridad les da. Y esa autoridad no es otra que la del Papa. Por eso, ahí está el contraste: el Evangelio nos enfrenta al proyecto de la libertad, mientras que el Papa nos tranquiliza las conciencias al precio (bastante llevadero) de la obediencia. Y son muchos los que anteponen la «mentalidad sumisa» a la «libertad evangélica». Me sospecho que esto es lo que explica por qué hay personas respetables que ofenden y hasta insultan a quien les pone en duda la necesaria e indudable sumisión que es su fuente de paz y bienestar

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